miércoles, 25 de noviembre de 2020

De hoz y coz

Vine por la autopista y no sabría decir si había más o menos tráfico que un lunes de noviembre de cualquier año sin plandemia. En cualquier caso, pocas habrá en Europa que tengan menos. Los paneles, invariablemente, advertían del estado de alarma y los controles de carretera. Ya digo, para acojonar al personal, pero todo se queda en nada. No vi en todo el trayecto un solo coche de policía. Sin duda el gobierno en curso ha decidido no hacerse más enemigos inútilmente: las encuestas mandan. 

Me llegué hasta el Mercadona que tengo a dos manzanas, pero estaba cerrado por reformas. Así que reposté en el Ceraduey que hay casi enfrente. Increíble, pero cierto, todo lo que me traje de frutas y verduras por menos de diez euros. Así que, por mucho que digan los agoreros de la segunda parte contratante, todavía andamos lejos de parecernos a Cuba o Venezuela. Afortunadamente. 

Los bares están cerrados. Solo funcionan los restaurantes en su modalidad take away. Pero la gente se las ingenia. En la esquina del Bariloche siempre hay corrillos haciendo  cháchara y tomando refrigerios. Los piden por la puerta semiabierta y luego los apoyan en las mesas apiladas. Tampoco aquí se ve a la policía actuar. 

Por lo demás, sigo metido de hoz y coz en las clases de jazz de Jens Larsen y los acertijos matemáticos de Salvatore Vargas. Bueno, y de vez en cuando echo una ojeada a un aforismo del Oráculo manual: siempre, aunque lo haya leído ya cien veces, me da para un rato de cavilaciones. ¡Leches, qué cabeza la de el de Belmonte de Calatayud! Aunque, por lo visto, nació allí por casualidad, porque su padre era médico y se aposentaba en donde mejor cuadraba a sus intereses. En cualquier caso, de muy jovencillo ya andaba por los internados de aquel entonces, o sea, los seminarios. Hijo de médico de pueblo e internados a edad temprana: me suena esa historia. 

En otro orden de cosas, debido a la benignidad del clima, Perséfone ha osado sacar ya la cabeza del Hades. El campo oscila entre el verdor del cereal incipiente y los diversos ocres, o lo que sean, de las tierras recién labradas. Pensaba al observarlo, mientras conducía, en los adjetivos que podrían venir como de molde a tanta belleza. Y me acordaba de Pla que seguramente hubiera dicho enlluernador, o aclaparador. Y un francés, éblouissante. Y un inglés, mind blowing, es decir, overwhelmingly impressive. Y aquí se acaba toda mi poliglosia al respecto del deslumbramiento que siempre me ha producido el campo castellano en permanente mutación. 

Eso debe ser lo me atrae de estas tierras, la permanente mutación. El dios Proteo, para que nos entendamos. Cambiar de forma, o de color, a conveniencia, Según la cotización de las commodities. Si sube la belza o alfalfa, veremos grandes manchas verdes diseminadas entre el oro del cereal en sazón. Sí hay demanda de biocarburantes, será el amarillo de los girasoles entre los ocres de la tierras recién roturadas. Sí, el campo castellano es proteico, es decir, no solo cambia de forma a conveniencia sino que esa conveniencia está fundada en una inequívoca visión de futuro. Y de ahí su eternidad. Porque solo permanece lo que continuamente cambia para adaptarse a los mercados. La flexibilidad, que le dicen. En fin, no sé como me las voy a arreglar si cambio todo esto por la monotonía de los verdes improductivos. No sé... 

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