Me envía Isi el enlace a una conversación sobre el nihilismo entre dos filósofos argentinos. Más que nada me sirve para autoconfirmarme en mis convicciones. Señalan en un determinado momento que no hay diferencias en lo que a actitud nihilista hace entre el terrorista que puso las bombas en un concierto de rock y los jóvenes que acuden a ese concierto. No puedo estar más de acuerdo con tal apreciación. Esos jóvenes y esos adultos que van a que la bomba les estalle junto a las pirámides o en un resort de Phuket, como narra Houelebecq en una de sus novelas. Por cierto que, para debelador del nihilismo, Houelebecq; me extraña mucho que no le hayan citado los locuaces argentinos.
El nihilismo, en definitiva, no es más que la muerte de Dios. O del sentido trascendente de la vida. O más sencillo, si quieren, del mero no saber posponer la satisfacción de los deseos. Es decir, la entronización incuestionable del aquí te pillo, aquí te mato. No hay otra educación en las familias y en los colegios. El premio siempre por delante del merecimiento. Y claro, así están las casas, que hay que irse de ellas porque te echan los premios que ya no caben en las estanterías y armarios.
¡Y qué le vamos a hacer!, como le gustaba decir a Borges cada vez que le planteaban una irracionalidad arraigada en la sociedad como verdad incuestionable. Lo mejor en tales casos es hacerse a un lado para que te salpique lo menos posible cuando pete. Porque lo cierto es eso, que la irracionalidad, o la ficción, siempre acaban petando. Y, entonces, a por otra. Y todas hieren hasta que la última te mata, por decirlo a la barojiana manera.
Pues sí, la trascendencia. ¿En que consiste en términos prácticos? Pues muy sencillo, en persistir en el esfuerzo para sacar una empresa hacia delante. El que no está en eso es un nihilista por necesidad. De lo contrario se suicidaría. Porque puede que en los conciertos o en las pirámides o en Phuket te estalle bajo el culo la bomba de un terrorista, pero si te quedas en casa sin saber qué hacer puedes estar seguro de que te estallará la bomba del aburrimiento y se te llevará por delante sin remisión.
En fin, que, si no hubiese Dios, habría que inventarlo.
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