Estuvimos comiendo al sol en el El Paso, uno de los pocos restaurantes de carretera que ha sobrevivido a las autopistas. Recuerdo haber comido allí alguna vez, hace cincuenta años o así, cuando el tráfico por delante era un infierno. Ahora, pasan cuatro gatos, gente de la zona, y algún camionero que ha cogido cariño al lugar y sale de la autopista por Gama para volver a ella, ya restaurado, por Beranga. Sea como sea, el caso es que ha sobrevivido y, ello, da qué pensar. Pensar sobre todo en las leyes inamovibles de la ciencia económica que no son muy diferentes a las de describiera Darwin en su teoría de la evolución.
Porque esa es la cuestión, que hay gente que sabe navegar en cualquier tipo de aguas y otra que sucumbe al primer embate adverso. El caso es que había allí una colla de lugareños por los sesenta-setenta que no paraba de alborotar. Se notaba de lejos que aquello era un hábito cotidiano. La hora del vermout, que se decía antes. Bueno, ahora es vino lo que se bebe, mucho más saludable sin duda. Una ronda por barba es lo suyo. Y una inocente broma a la camarera caribeña cada vez que por allí pasa. Es la alegría de vivir según la costumbre del país. Es el rato coribante de esos hombres que, por lo demás, llevan vidas ordenadas y productivas.
Sí, El Paso, qué duda cabe, es un monumento vivo. También, por lo solitario del lugar, podría considerarse santuario. Por detrás, rozando el aparcamiento, pasa el ferrocarril y la autopista, y luego, ya, los eucaliptales se apoderan del paisaje. Por delante, la antigua carretera y, más allá, las verdes praderas prolongándose indefinidamente por las suaves colinas. Y muy de vez en cuando, rompiendo la monotonía, una que fue alquería y hoy, o es ruina, o casa de esparcimiento. Porque es que hay que ver lo que puede cambiar el mundo en cincuenta años: entre todo aquel verdor no se veía vestigio alguno del que fuera símbolo por antonomasia de la región: la vaca.
Por lo demás, la vida sigue. Opresiva para los unos y normal para los otros. Y no han tenido problemas para llegar, nos preguntó el tipo con el que habíamos quedado en Noja. Ninguno, le contesté. Pues dicen..., prosiguió. Ya, le corte, pero es que nosotros no vemos la televisión. Después, por la autopista, todos los paneles anunciaban el estado de alarma y los controles de carretera. Pero no vimos ninguno. El tráfico parecía el normal de cualquier día laborable. A la gente que tiene cosas que hacer no se la acojona tan fácilmente. ¡Ay, que diferente sería el mundo si más gente tuviera cosas que hacer! Cosas reales, o sea, más allá del mero entretenimiento... el imposible reposar del guerrero que no guerreó.
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