Pocas cosas hay en la vida que me hagan disfrutar más que deshacerme de cosas que andaba arrastrando por una sentimentalidad equivocada. Bueno, esto de sentimentalidad equivocada supongo que suena a pleonasmo, porque ¿conocen ustedes alguna sentimentalidad que sea acertada? Digamos que suena a imposible metafísico. Pero, en fin, lo que sea, que no voy a entrar ahora en filosofías baratas. Porque lo que cuenta es que los dioses me proveyeron con el don del desapego hacia todo lo que considero que no tiene alma, o tiene muy poca, cual es el caso de los animales, incluidos los racionales afectados de hemiplejia moral por su adscripción a cualquier ideología que, desengáñense de una vez, no las hay buenas ni malas: son todas una pura mierda.
Perdón por la digresión, pero es que es tanta la turbación de placer que hay en mí cuando me pongo a tirar por la ventana pertenencias que otrora fueron valiosas, que se me va la olla y no puedo centrarme en todo el gozo que poseo. Es, más o menos, lo mismo que le pasó a Calixto la primera vez que tuvo acceso a las bragas de Melibea, que no de otro suceso he extraído tan alambicada explicación. Pero, en fin, volviendo a lo sustancial del asunto en cuestión: el desprendimiento de lo inútil, es decir, de algo que, siguiendo la lógica del minimalismo bauhausiano, es feo. Todos esos adornos por las fachadas de las casas que tanto gustan a los turistas, ¿para qué sirven?, se lo diré, para que cuando entran en el natural proceso de deterioro caigan sobre la cabeza de cualquier viandante. Sí, lo inútil no solo es feo, sino también peligroso. Sí, señores, es muy peligroso aferrarse a lo que para nada sirve, porque tiene tendencia a crecer y crecer y, a la postre, convertirse en un ancla que, de puro pesada, no hay forma de levantar para emprender la navegación. Por así decirlo, el attachment a lo inútil te inutiliza la vida. ¡Esas fastuosas posesiones! ¡Esas bibliotecas rimbombantes! Ese etc. casi infinito con el que en un supremo acto de inocencia queremos apuntalar nuestro prestigio.
Así es que, por decirlo a la francesa, je suis en train de demenager. Y, como no podría ser de otra manera, pretendo hacerlo lo más ligero de equipaje posible. En realidad, diría que mi afición al demenagement no tiene otra finalidad que el obligarme a aligerar mi equipaje. Porque, ¡madre mía, cómo engorda a nada que te quedes dos días en el mismo sitio! Y si no andas listo te acaba pasando como lo de aquella película en la que la única solución que encontraron a la obesidad de la madre muerta fue quemar la casa porque haber pagado a una funeraria para que la sacase de allí se salía de toda consideración.
En definitiva, que tire todo lo que tire todavía sigo muy gordo. Y al final, cuando muera, intuyo que mis hijas le pegarán fuego a todo menos a la pasta. Más o menos como hicimos mis hermanas y yo con todas aquellas lindezas que habían acumulado nuestros padres. ¡Tanto objeto de buen gusto! Luego resulto que lo único que creíamos salvable era una imitación. Pero, bueno, ellos vivieron toda su vida creyendo que tenían un tesoro, y eso es lo que cuenta, porque les dio cierta seguridad. En fin, vamos a ver como se desarrollan los acontecimientos de adelgazamiento en curso.
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