Toda esta mierda que estamos viviendo y de la que la famosa pandemia de marras no es más que otra vuelta de tuerca, me parece a mí que no va a poder acabar de otra manera que en el más absoluto caos. Porque no es muy diferente a lo que pasó hace unos ochenta años, cuando a la gente le dio por pensar que era mucho más cómodo que alguien se encargarse de todos sus asuntos para, así, tener las manos libres para poder ir todas las noches al cabaret.
Afortunadamente, lo mismo ahora que hace ochenta años, tenemos la astronomía y, también, los faros de la costa para orientarnos en medio de la tormenta. Los viejos pensadores y los nuevos. De los viejos no diré nada porque ya dije bastante, pero de los nuevos sí que quiero señalarles uno que pienso les pudiera ser de mucha utilidad si le frecuentasen: me estoy refiriendo al Instituto Juan de Mariana. Les recomiendo que empiecen por saber algo del tal Juan de Mariana. Les dará una pista sobre la orientación filosófica del Instituto que lleva su nombre.
Conferencias, entrevistas, simposiums, congresos... y todo con un denominador común, la promoción de la libertad individual y, por tanto, de la despolitización de la vida común. Porque ese es nuestro drama actual, la perdida de libertad a causa de la sobrepolitización. Como decía Boadella, no podrás discutir con tu mujer ni siquiera en el dormitorio porque tan pronto empiece la disputa saldrá de debajo de la cama la cabeza de Jordi Pujol dispuesta a intermediar en el asunto. ¡Dios mío, pero es que no se han dado cuenta de la cantidad de coches policía que hay por todas las partes! Y no para perseguir delicuencia, no, ni mucho menos, solo están para perseguir actitudes que no se corresponden con lo que se ha dado en llamar corrección política. Le pegas una patada a un perro que te está dando por el saco y alégrate si te caen menos de seis meses de cárcel. Y así todo, es decir, justo al revés de todo lo que nos enseñaron de niños a los de mi edad, cuando esperábamos una crecida del río para ir a deshacernos de los animales que nos sobraban.
El caso es que hoy me desayuné con la entrevista a un tal Benegas que ha escrito un libro al que ha titulado "la ideología invisible". Lo que les vengo contando. Llenar las primeras planas con la noticia de que a una trans no le deja entrar en los servicios de hombres... o mujeres, que yo, ya, en estas cosas me pierdo. Esa es la cuestión, mantenernos entretenidos con chorradas mientras la oligarquía políticoempresarial se pega la gran vidorra con la más absoluta impudicia. O es que no recuerdan las fotos del presidente Sánchez de palacio en palacio mientras el personal deambulaba acojonado por las estaciones balnearias. Le dicen presidente, pero en realidad es el CEO de una empresa que gestiona entre el cuarenta y cincuenta por ciento del producto interior bruto nacional. Coloca y descoloca gente a su antojo, así que se pueden suponer el ejército de chupaculos que tendrá a su disposición. De hecho, parece que esas fotos, en contra de toda lógica, han favorecido su imagen... los chupaculos han hecho su trabajo.
En fin, con este tipo de cosas siempre me acuerdo de aquel libro de Thomas Mann en el que narraba el proceso creativo de su Doktor Faustus. Lo escribió, ya, en sus postrimerías más postreras, exilado en EEUU y recostado en un sofá, la única postura que soportaba debido a su cáncer de pulmón terminal. Pues bien, en ese libro, aparte de lo relativo a la música que, como supongo sabrán, es la protagonista principal del Doktor Faustus, Mann se explaya a gusto sobre la situación en Alemania previa al estallido de la guerra. O sea, más o menos, lo que les vengo diciendo, gente que delega responsabilidades para poder ir al cabaret. Es decir, en lo que estamos.
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