domingo, 22 de noviembre de 2020

Tan malogrado

"El malogrado" es una novela de Thomas Bernhard. El argumento vine a ser algo así: tres jóvenes promesas del piano van a recibir clases a casa de un maestro consumado. Uno de los alumnos es Glen Gould y otro "el malogrado". ¿Y por qué se malogra siendo una notable promesa? Pues muy sencillo, porque ve tocar a Glen Gould y comprende que la distancia que les separa, y les separará siempre, es inmensa. Se da cuenta de que, por comparación, siempre será un pelanas. Y por eso desiste de su empeño. Absurdo en cualquier caso, pero es lo que tiene haber sido mal educado o haber nacido con el gen de la ambición desmesurada, que supongo que también le habrá a juzgar por la cantidad de gente que padece esa anomalía psíquica. 

Y es que les hay que tienen una rara idea de lo que es la excelencia. Para ellos nunca será suficiente si no sirve para destacar con nitidez en el firmamento de las estrellas. Para nada les basta el estar ahí recreándose en sus propias habilidades. Es, en definitiva, como si estuviesen convencidos de que solo siendo los incontestables primeros en lo que fuera que que fuese iban a ser capaces de trasmitir su material genético. Digamos que es una patología porque acaba matando, pero si tomamos por patológico lo que se sale de lo normal, entonces, nos maravillaríamos al comprobar hasta que punto es patológico el saberse conformar con los dones que los dioses concedieron. Destacar, al parecer, nunca es suficiente para nadie: hay que destacar y mantenerse en el destaque. Y por eso es que rara sea la estrella que no acabe drogándose en un estéril empeño por conservar su brillo. 

Y no se crean que esto es cosa de los hollywoodienses, ni mucho menos; en mayor o menor grado que tire la primera piedra el que esté libre de ello. Todo el mundo tiene su "realce rey" con el que hacerse notar. Y quizá en ello estribe lo que llamamos la sal del mundo. O el gramo de locura que nos hace a todos especiales. Aunque, bien es verdad, a unos más especiales que a otros. 

En resumidas cuentas, que me levanté hoy con la mente en blanco y sin saber cómo ni por qué me vi de pronto escuchando, y viendo, videos de Joe Pass. Me fascina como toca la guitarra. Esa sensación de facilidad. Como algo que sale de dentro de forma natural, Para mí Joe es al jazz lo que Diego del Gastor es al flamenco. La misma elegancia o, si mejor quieren, distanciamiento apolíneo. Un, como el que no quiere la cosa. Luego, en sus vidas personales, ¡vaya usted a saber! Por lo visto Joe tuvo sus más y sus menos con las drogas y la mujeres. De Diego solo sé que nunca quiso salir de Morón y que murió en la habitación de una pensión teniendo por toda pertenencia un par de trajes, un diccionario y un manual para hacer sombras con las manos. Bueno, y una guitarra seguramente peor que cualquiera de las dos que tengo yo... tan malogrado como soy, que es que si tuviese dos dedos de frente ya se las habría regalado a cualquier  gitano.  

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