domingo, 29 de noviembre de 2020

¡Vive Dios!

Todo parece indicar que otra vez van a ser los franceses los que enciendan la mecha revolucionaria. O por lo menos, los que den la sensación de haberla encendido. Al parecer el gobierno de los encantadores Macron y su señora, ha promulgado una ley con la que se pretende poner a la policía a salvo del escrutinio público. O sea, más puertas al campo, porque en las redes sociales hay multitud de vídeos mostrando como los polis tabassan, es decir, muelen a palos, a cualquier manifestante al que han conseguido arrinconar. Y es que, salvo las criptomonedas, nada se puede ocultar hoy. Pero los gobernantes son los que son, o sea, los más tontos de la clase. O los menos estudiosos si mejor quieren ustedes. No se han enterado todavía de que la tecnología, en la misma medida que sirve para controlar a los ciudadanos, limita también el poder de los gobiernos. Al respecto es muy ilustrativa una ley que pretende implementar el tandem Sánchez-Iglesias por medio de la cual se insta a los ciudadanos a que declaren al fisco su patrimonio en criptomonedas. Más tontos y no nacen, como se suele decir. 

Pero bueno, a lo que íbamos, que a los franceses nada les pone tanto como tomar Bastillas. Por un lado, dejan que el poder sea casi absoluto: tengan en cuenta que no hay país en el mundo en el que el Estado controle mayor porcentaje del PIB. Pero, por otro lado, cuando ese poder se muestra impotente para mantener la joie de vivre de la ciudadanía es inevitable que las cabezas empiecen a rodar patíbulo abajo. Supongo que es lo natural cuando el pueblo está acostumbrado a abusar de la mantequilla, ya sea para los platos a la bourguignon, ya sea para bailar un tango en París. Tanta lubricación hace que los engranajes del sistema acción, reacción, funcionen como la seda. 

Curioso pueblo, desde luego, el que se siente orgulloso de haber sido protagonista del episodio más sangriento e irracional de la historia contemporánea, el que se conoce como "los años del terror" en los que el principal entretenimiento del pueblo llano era acudir a las plazas públicas a ver guillotinar a personajes relevantes. Hasta al mismísimo Lavoisier le dieron boleta, que mira que hay que estar obcecado para llegar a tanto. Es como si a los franceses todo eso de la moral al uso, en lo que hace a la vida personal, se la sudase. El bien y el mal, c´est quoi ça? Al respecto, les recomiendo que echen un vistazo a una serie policiaca que ponen en Paramount Channel llamada Candice Renoir. Y luego, ya, para redondear, les invito a que echen otro a las series policíacas americanas del canal Energy. Es lo que va del desenfado a la angustia en lo que a los protagonistas hace. Claro que hay que tener en cuenta que Candice ejerce su profesión en los alentours de Cap d´Adge, donde Le Corbusier construyo su famoso cabanon y, también, donde Houellebecq situa las aventuras del psicópata Bruno, el verdadero protagonista de su novela Las Partículas Elementales. 

Candice es, por supuesto, absolutamente competente en su trabajo, pero en lo que hace a su vida personal es la típica historia de amor y masacre. N´epargne rien pour avoir de la joie de vivre, lo cual exige un peaje que paga desenfadadamente. Bien es verdad que ese peaje se lo cobra una sociedad que parece tener como divisa en su frontispicio aquello de que tire la primera piedra el que esté libre de pecado. 

Bueno, sean como sean los franchutes, lo que parece evidente a la luz que arroja youtube es que están en el trance de volver a tomar la Bastilla. Ya, hasta al Banco de Francia han prendido fuego. Oye, aquí, parecen decir, o jugamos todos o rompemos la baraja. Y esa es la cuestión, que hoy día hay en Francia, y en todo el mundo, unas oligarquías que quieren jugar ellas solas. Y eso no se lo vamos a consentir, ¡vive Dios!

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