domingo, 8 de noviembre de 2020

Garbanzos con hinojo

 Ayer cuando paseábamos por la costa se nos ocurrió recoger unos ramos de hinojo para guisarlos con garbanzos. Y en ello estábamos cuando se paró un coche con dos sonrientes chavales para preguntarnos el porqué de esa recogida. Les dijimos nuestro propósito. Porque eso solo lo sabemos los gitanos, dijeron. Efectivamente, yo solo he comido ese guiso una vez y fue en casa de un gitano. Fue en Pitiegua, en mitad de la Armuña, en la cabaña que se había construido, escondida en un pinar, el mejor guitarrista flamenco que he conocido, Ramón. Les conté la anécdota y ellos remataron diciéndonos que el hinojo estaba bueno con todo. Bueno, hoy lo comprobaremos. 

El caso es que los gitanos son, si quieren, un tanto desastres, pero no nos engañemos, en múltiples aspectos nos dan cien vueltas a los payos. Sobre todo en el aspecto de la autenticidad. María, que los ha tratado mucho en las escuelas, dice que son los niños más queridos. Y sobre todo tratados con naturalidad. Participan, prácticamente desde que están en el útero materno, de todo el ritual familiar. Nadie les envía a la cama; si tienen sueño cualquier sitio es bueno para dormir un rato. Y la fiesta sigue a su alrededor. Apenas saben andar y ya tienen aprendido el cemento que les cohesiona: las palmas y las cadencias andaluzas. O frigias, si mejor quieren. O españolas, que también así las llaman por el mundo adelante. Porque los gitanos no se reúnen alredor del fuego para chismorrear. Se reúnen para dar rienda suelta a sus emociones por medio de la música y el baile. Y no vean a qué grados de sofisticación llegan en ese despliegue. Porque hay un palo flamenco para cada estado de ánimo. Así es que lo natural en una fiesta es que los palos vayan cambiando en función de la necesidad anímica del interprete, que todos los asistentes lo son en algún momento.

Sí, la ignorancia de los payos respecto de los gitanos es de calibre homérico. Y si los payos son progres, ya, mejor dejarlo. Recuerdo allá por los setenta y tantos o así cuando salieron a la luz los Chunguitos. La de malos chistes que escuche sobre ellos. Y lo peor de todo es que me hacían gracia. Y así hasta por los ochenta y tantos que pasaba consulta en un barrio con muchos gitanos. Fue cuando decidí recurrir a los servicios de Juan Trilla. Con él aprendí los rudimentos del flamenco. Claro, con casi cincuenta que tenía por entonces comprenderán que este justificado que mis progresos fuesen magros. Pero bueno, ayer por ejemplo, puse el video de ¡Ay, qué dolo! y lo pude acompañar con la guitarra perfectamente. Y es que, me gusta el jazz, y la bossa, y, salvo el reguetón, el rap y cosas por estilo, podría decir que toda la música, empezando por la de los pájaros, pero es que los Chunguitos... sus canciones son buenas a rabiar. Que no es por nada que Rosalía haya tenido su mayor éxito con "si me das a elegir", una de tantas de las suyas. 

En fin, vamos a ver como nos sientan hoy los garbanzos con hinojo.

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