El Señor Cayo, en su predio humilde y solitario, solo dependía de sí mismo. Pero claro, llegó la socialdemocracia y mandó parar. Muy viejo ya, se puso malo y, en vez de ser tratado por el médico de cabecera habitual, vinieron unos energúmenos con una ambulancia y se lo llevaron a un hospital de la lejana ciudad. ¡Qué absurdo todo! ¿No le podían haber dejado morir en casa con unos mínimos cuidados? Pues no, al parecer no. Así lo han dispuesto esos políticos que tienen soluciones para todo, pero que ignoran que a mil metros de altura no se pueden plantar ciertos árboles frutales porque, sencillamente, hiela en mayo. En fin, sin duda el escritor más visionario que tuvimos en España el siglo pasado fue Delibes.
El asunto de la dependencia, ¿se han parado por un solo momento a pensar en el casi infinito número de cosas de las que dependen para poder sobrevivir? Esta mañana, por poner un ejemplo, he encendido el ordenador y, ¡maldición!, google no funcionaba. Al final, tocando teclas por aquí y por allá durante media hora he conseguido una restauración parcial que me permite escribir esto. Me he creado esta necesidad que exige que mil cosas que no dependen de mí funcionen a la perfección. Podría escribir en un cuaderno con un lapicero y todo sería igual menos lo principal, es decir, la vanidad, la más estúpida y cruel de todas las dependencias.
Anoche estuvimos viendo El Manantial, la película basada en la novela de mismo nombre de Ayn Rand. La protagonista, en sus comienzos, blasona de desapego porque aspira a la libertad. Es una niña bien que al parecer no es consciente de todo lo que depende y piensa que tirar por la ventana una estatua griega que ha comprado en un viaje por Europa es el colmo del desapego. Dice la muy ingenua que no quiere ligarse a nada ni a nadie, claro está, hasta que aparece el apuesto arquitecto en la figura de Gary Cooper. Yo es que me meo de risa con las ingenuidades de los niñatos. Todos progres, por supuesto.
En resumidas cuentas, que uno se pone a pensar en todo aquello de lo que depende y, por añadidura, de aquello de lo que podría prescindir y, entonces, es la desesperación al caer en la cuenta de que solo se vive para mantener operativas las dependencias. Sí, la única realidad es que, cuanto más nos sofisticamos, más nos esclavizamos. Así que mejor dejarlo porque no hay escapatoria posible al instinto de sofisticación.
El Sr, Cayo se sentaba al caer la noche en un taburete frente al fuego y esperaba la venida del sueño pensando en las tareas del día siguiente. Prácticamente todo lo que necesitaba lo podía manufacturar el mismo. Era como un robinsón al que, en vez de una huella de pie en la arena de la playa, vino a sacar de su encantamiento la sirena de una ambulancia. Podría haber muerto con la misma libertad con la que vivió, pero los socialdemócratas no están dispuestos a tolerar lo que para ellos son malos ejemplos. ¡Qué gentuza, por Dios!
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