Matos se quedó huérfano a una edad temprana. Así fue que, por unas cosas u otras, ya vivía solo y libre como el viento en un piso de Salamanca a los diecisiete años. Algo, más bien poco, le vigilaba un tío suyo que era militar. Yo lo conocí por la cincuentena e hice buenas migas con él. Solíamos coincidir a la hora de la comida en El Bardo y de allí nos íbamos al Novelty a tomar café y hacer tertulia. Trabajaba en una concesionaria y tenía como hobby la escultura. Pero lo más característico de él era que a la caída de la noche se colocaba una de sus camisas rosadas y se iba de copas hasta bien entrada la madrugada. Y no era raro que durmiese acompañado porque tenía un porte elegante y unas maneras refinadas según me confesaron algunas mujeres. Pero si le traigo a colación hoy es porque la lectura del "Oráculo manual y arte de prudencia" me trae a la memoria la que era para mí su característica más relevante: según me contó, antes de cumplir los veinte ya había leído Siddartha de Hermann Hesse y, con esa lectura, ya se dio por satisfecho por los restos en lo que hace a la búsqueda de la verdad. A partir de entonces, sus únicas lecturas fueron los balances en la concesionaria y cualquier periódico en tanto llegaban los contertulios. En resumidas cuentas, que me fui de Salamanca sin despedirme de él y cuando volví unos años después y pregunté en el Novelty por él solo supieron darme vagas respuestas. Un camarero que le recordaba sugirió que bien podría ser que hubiese muerto. En fin, la vida.
El caso es que ahora pienso que si hubiese leído el "Oráculo manual" a una edad temprana y le hubiese entendido como Matos entendió Siddartha, seguramente no hubiese tenido en adelante la menor necesidad de volver a leer libros y mi vida hubiera transcurrido por senderos mucho más apacibles y productivos. Porque en el Oráculo está todo lo que un hombre necesita saber. Incluso, siguiendo la lógica de mayeutica socrática, no diría que necesita saber sino que sabe y solo necesita que alguien le recuerde lo que sabe. Que no otra cosa hace el Oráculo: recordarte lo que sabes por obvio.
Así que, en lo sucesivo, me parece, voy a leer muy poco más allá de los aforismos del Oráculo. Lo voy a llevar siempre conmigo para recurrir a él de la misma manera que hacen los protestantes pentecostalistas con la biblia, que la abran por la página que la abran siempre encuentran un párrafo apropiado para apaciguar sus inquietudes del momento. Que no otra cosa es lo que necesitamos en esta vida, algo que nos apacigüe para que podamos vivirla. O soportarla, si mejor quieren.
Y eso es todo.
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