miércoles, 30 de noviembre de 2016

Divagando



Tierra de Campos

Sólo amo la naturaleza cuando está domesticada. Animales irracionales, los menos y al ser posible en el establo o en el plato. De los racionales, no más de diez por kilómetro cuadrado. Árboles, todos los que quieran si son para dar madera, sombra y fruto. Los campos, roturados y regados. Las malas hierbas, ornamentando las cunetas. 

Es un sueño que hago realidad muchas mañanas cuando agarro la bicicleta y abandono la ciudad. Pedaleo contra el frío y en escasos minutos ya sólo me vigilan las rapaces, esa policía de los dioses. Libre de urgencias, llego al primer reparo y busco por si hay una taberna. Si la encuentro, me introduzco en ella y pido una pitanza. Y mientras doy cuenta de ella dejo que me cuenten como fueron las últimas cosechas. 

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Amanecer en Calle Mayor

Me tiene muy intrigado cual puede ser la causa de la atracción que tiene esa antena solitaria para las cigüeñas. Apenas empieza a caer la tarde y ya se ocupa. Bastante después, empiezan a llegar otras que se ubican por las prominencias de los alrededores. Aquí y allá, un montón de ellas en posición siempre de inferioridad respecto de la pionera. De pronto, aparece planeando una que va directa al meollo. Se arroja sobre la pionera por ver si la desplaza. Pero nunca lo consigue. Y se larga desolada a perderse en el horizonte apagado. Luego, quizá, otra, o la misma, lo vuelve a intentar. Pero el poder está agarrado a su silla con garfios de hierro. Si hubiesen migrado, me digo, como es su obligación, se evitarían conflictos entre ellas. Pero la molicie que les procura la urbe les ha hecho caprichosas. Metáforas animales, en cualquier caso. Ya hay demasiadas. 

martes, 29 de noviembre de 2016

Perros

Cuando murió Franco, ¿recuerdan?, los locutores de la televisión -sólo había una- rivalizaban por ver quién era el que la decía más gorda. Hubo uno que, llevado de su fervor por la coyuntura, dijo que la televisión se había convertido en reclinatorio y altar. Fue una afirmación que al instante me taladró los sentidos para quedar gravada a fuego en el disco de la memoria. Difícil conseguir metáfora con semejante conjunción de retorcimiento, cursilería, meapilismo y, sobre todo, de fidelidad perruna que, a la postre, es lo que mejor define la relación del dictador con sus paniaguados. Ya saben que los perros resisten mucho junto a la tumba de su dueño. Todos los días nos lo recuerdan los periódicos con tintes admirativos y laudatorios. Seguramente tiene que ver en ello la nostalgia por la Edad de Oro, cuando no existía las palabras tuyo y mío -nos lo recuerda D. Quijote-, más que nada porque al ser todo del mismo no hacían falta para nada. 

Ahora, en estos días que corren, se murió otro dictador y las televisiones afines, Cubavisión y Telesur, andan a ver cual de las dos se esmera más en lamer el culo del interfecto. Todo, ambiente bon enfant. Los perritos falderos, que eran unos cuantos millones, compiten por ver quien sobresale con su anécdota entrañable. No faltan los milagros, claro, pero lo que más abunda es la moraleja moral, valga la redundancia. Escuché una, por cierto, que de inmediato pensé que valdría la pena deconstruir: alguien contaba que, preguntado el tirano por lo que se necesitaba para ser su amigo, éste contestó sin pensárselo dos veces que sólo ser decente. 

Ser decente, ni más ni menos. Tremenda contradicción, compañero, ser amigo de un matarife y decente a la vez. Porque esa es la cuestión, que se mire por donde se mire, el señor Castro era un matarife de lo peor que dio la historia en los últimos años. El tipo, siguiendo aquel consejo que le dio un monje a un rey catalán, cortaba la cabeza a todo el que sobresalía. Un procedimiento que no falla, desde luego. Y por donde se puede deducir que para el señor Castro, como para cualquier otro matarife, no había otra forma de ser decente que el no sobresalir. 

Y en habiendo llegado hasta aquí, a esta extraña forma de relacionar la amistad con la decencia y el sobresalir que es consustancial al tirano, cabe preguntarse, por aquello del conócete a ti mismo, de qué manera conjugo yo esos tres conceptos en mi diaria cotidianidad. ¿Acaso me considero un tipo decente? Y si es que sí, ¿exijo que mis amigos lo sean? Y lo principal, claro, ¿en que me baso para tales apreciaciones? Porque sabido es que al margen del mayor o menor respeto que tengamos por las tablas de la ley en nuestra pretendida decencia hay siempre un regusto de superioridad moral. Una pulsión tiránica, por así decirlo, que necesita de mucha técnica socrática para ser identificada y, después, controlada. Y en tanto llega esa dificultosa epifanía solemos llevar muy mal que nos hagan sombra. Es muy frecuente, por tanto, que nos dediquemos a escrutar al que nos supera por ver si así encontramos algún demérito en él que nos permita seguir albergando nuestro sentimiento de superioridad. Necesitamos, para resumir, matar al que sobresale. Que no otra supongo que debe ser la esencia de la inmadurez. 

Sea como sea, después de un rato tratando de reflexionar sobre estas cosas lo único que uno saca en limpio es que la única relación de amistad pura para los no evolucionados es la del hombre con el perro. No hay, creo, mejor metáfora del impulso tiránico. La fidelidad acrítica.  

lunes, 28 de noviembre de 2016

La notoriedad


Dice mi querido amigo Montaigne que la advertencia de que nos conozcamos a nosotros mismos debe ser de muy importantes efectos, porque ese Dios de ciencia y luz hizo inscribirla en el frontón de su templo en Delfos como queriendo darnos a entender que eso es todo lo que nos tiene que aconsejar. Platón, por su parte, nos dice que la prudencia no es otra cosa que la ejecución de esa ordenanza. Y si van a casa de Jenofonte encontrarán allí a Sócrates que nunca se cansa de desmenuzar este concepto. 

Conócete a ti mismo. Sí, pero cómo. Las dificultades y las oscuridades de cada ciencia sólo son percibidas por quienes se adentran en ella. Porque, además, hace falta cierta inteligencia para darse cuenta de qué es lo que uno ignora y, también, hace falta empujar una puerta para saber que nos está cerrada. No es fácil, desde luego, superar esa platónica sutilidad que consiste en no preguntarse, tanto porque uno cree que sabe, como porque ignora lo que no sabe. Y así es, por este no entender nada de nada, que diría Sócrates, por lo que casi todo el mundo vive satisfecho de sí mismo pensando conocerse todo lo que es necesario e, incluso, un poquito más. Sin embargo, algunos, como yo sin ir más lejos, hemos hecho del aprendizaje de esta ciencia nuestra profesión. Y es tal la profundidad y variedad que en ella encuentro, que el único fruto de este esfuerzo no es otro que darme cuenta de la enormidad de todo lo que me falta por conocer.

Total, que así las cosas, y dado que la Gracia Divina ha resuelto concederme una manutención más que de sobra holgada, no encuentro yo en que otra ocupación pudiera obtener mayores réditos y satisfacciones que en la de empujar la puerta de mi alma por ver si cede siquiera un pequeño resquicio por el que atisbar algo de lo que hay por dentro. Porque a lo mejor así suena la flauta y descubro los íntimos mecanismos por los cuales hago y digo con tal frecuencia tantas tonterías de las que luego arrepentirse. Es decir, ese sentimiento humillante que tira la autoestima por los suelos a la vez que invita a levantarla por métodos expeditivos que por lo general son tonterías mayores que las que intentas olvidar.

Así las cosas, no me quiero engañar. Mi afán de notoriedad, pretendida terapia de una autoestima pachucha, sólo encuentra alivio en la evitación de los ámbitos en los que la notoriedad se cultiva. En la vida social, que, con cuentagotas, so pena de mayores sufrimientos. Y así tendrá que ser mientras la reflexión que debiera promover la soledad no dé con la carencia que me hace tan vulnerable. Tan hipersensible al sentido del ridículo. En fin, este camino sin fin cuyo fin ya se vislumbra.

viernes, 25 de noviembre de 2016

Lao-Tse

Pues sí, otro que muere en la cama. Con una gigantesca diferencia: el nuestro nos había metido en la modernidad y este les ha retrotraído a la Edad Media. Nuestra salida, por tanto, fue un camino de rosas y este va a ser de espinas. Y, si no, al tiempo. En cualquier caso, que la historia se apiade de su recuerdo, porque como se ponga en plan justiciero... lo que no quieras que se sepa, no lo hagas, me aleccionaban de niño.

Por mi parte sólo espero que Cuba Visión siga emitiendo por el Astra. Porque no creo que haya en el mundo en estos momentos música en estado más puro. Entre Cuba y los gitanos se reparten todo lo que hay de interés es ese aspecto decisivo de la vida.

En fin, lo que cuenta es que todo acaba por llegar sin que para nada haga falta pisar el acelerador. Un axioma que es de lo más conveniente no perder nunca de vista.

jueves, 24 de noviembre de 2016

Ce n´est pas mal


Ce n´est pas mal. Morir con las botas puestas. Y al ser posible en un hotel de cinco estrellas de la capital. Y para mayor regodeo llevándose a la tumba el odio de la chusma que, no lo olvide nadie, es un capital infinitamente más preciado que el respeto de los justos. 

Porque esa es una cuestión que siempre me ha parecido de la mayor relevancia: ¿qué hay que hacer para ganarse el odio de la chusma? Sin duda hay que estar en posesión de algún tipo de don divino. Como Jesucristo que en buena medida es lo que es gracias a los escupitajos que le lanzaba el populacho cuando subía de excursión por el monte Calvario. Claro, un don divino y unas cuantas bagatelas humanas para redondear. Por ejemplo, haber nacido en una familia acaudalada y en vez de ser relleno de revistas del corazón haberse dedicado a culminar un par de carreras universitarias. ¡Insoportable, por Dios! Porque el dinero, pase, que los ricos también lloran, pero si encima es inteligente y voluntarioso, eso, ya, pide apedreo. 

El apedreo de la chusma, combustible indispensable para ascender a los cielos y descender al tercer día convertido en Redentor. Y la chusma sin saberlo, porque no sabe nada de nada que no sea odiar. Es el papel que le reserva la naturaleza. Y yo la comprendo perfectamente porque soy fisiólogo de profesión y sé que, por ejemplo, se necesita de una cierta intoxicación de anhídrido carbónico para que los pulmones se lancen a respirar con fuerza. Así, sin el odio de la chusma las élites que tiran del carro del progreso tenderían a la molicie y en cuatro días todos en coma. Justo a lo que aspiran los odiadores por aquello del consuelo de los necios.

Una más, en definitiva, de las grandes contradicciones de la naturaleza humana: conseguir lo contrario de lo que se pretende. Aquello a lo que odias, lo engrandeces. Aquello que comprendes, lo estabilizas. Aquello que amas, lo destruyes. Y no por otra cosa es que las élites cada vez lo sean más y la chusma cada vez pinte menos. Cuestión todo del manejo de los odios y los amores. De saber o no, de poder o no, verse en los espejos que siempre tenemos delante de nosotros.

Pero, en cualquier caso, no está nada mal lo de morir con las botas puestas en un hotel de cinco estrellas de la capital. Es un buen comienzo para una nueva vida de Mesías.
 

Lost its F**king Mind

Azul: Hilary
Rojo: Donald

Conclusión a primera vista: la costa, grandes ciudades y zonas industriales, "progresistas" y el campo "reaccionario". Supongo que habrán captado lo de las comillas. 

Lo siguiente sería preguntarse por los motivos de que esto sea así. Pues bien, echo un vistazo al periódico de cabecera de la petit provence y en tres noticias encuentro lo que pudiera ser un avance de explicación del siniestro fenómeno. Ya saben que Marx, no Groucho sino el otro que todavía era más gracioso, teorizó sobre el cretinismo de la vida rural; algo debía encontrar en los pueblos que se resistía a su famosa cuadratura del círculo.

La primera noticia, a la que he llegado mediante un link de un periódico de la capital, es que el gobierno nacionalsocialista de Cantabria ha dejado de subvencionar la cobertura de banda ancha en las zonas más apartadas de la región. Total sólo afecta a unas doscientas personas. Supongo que habrán pensado que el gasto por voto no les surt a compte. Así, que una de dos, que se muden o que se aguanten. 

La segunda noticia es de tal importancia que es cabecera del periódico. La Consejería de Medio Ambiente ya tiene casi ultimado el mapa de los murciélagos de la región. Una proeza científica para la que se han presupuestado 118.ooo € del ala, nunca mejor dicho. 

La tercera también va de 118.000 €, pero no del ala sino de multa, junto con dos años de cárcel que le han caído a un ganadero de la parte alta de la región que quiso proteger a sus ganados de las alimañas por los procedimientos habituales, es decir, poniendo cebos envenenados. Consecuencia de lo cual fue que murieran cuatro buitres leonados, once milanos reales, cuatro zorros, cinco perros y un gato. Gran tragedia, por tanto, de orden ecosistemático que hace que sea merecidísima la pena que ha puesto el tribunal al desaprensivo ganadero... al que por ciento también se le añade la prohibición de ejercer su oficio durante dos años. Lo iba a tener difícil estando en la cárcel. 

Bueno, de buitres leonados, milanos reales, zorros y no digamos perros y gatos, yo, que conozco bien el medio, les puedo asegurar que hay para dar y tomar. Como de cigueñas, que ahora estoy viendo unas cincuenta con solo mirar por la ventana. Sí, así es, estos años de animalismo rampante han traído como consecuencia una superabundancia de alimañas en detrimento de las especies más débiles que, no es por nada, pero son las que mejor cantan. 

Al final, la cosa va de que las reglas del juego las hacen los señoritos de la ciudad y los que se tragan el marrón son los cazurros del campo. Ya me dirás tú, uno de la ciudad hablándole a uno del campo de animales. De traca. Lo que va de la teoría a la práctica. Pero no sólo eso, porque el que conoce el campo actual sabe que la mayoría de los agricultores y ganaderos han pasado por los correspondientes centros de formación profesional. Ya les he contado que en las granjas se emplean las derivadas para calcular la alimentación idónea. Así que el que venga un señorito de la ciudad con milongas de murciélagos no le puede caer muy bien a un cazurro del campo que paga cuota de satélite para optimizar su cosecha.

Sí, ya lo decía Plutarco describiendo la sociedad de su tiempo, que la gente del campo necesita orden estricto para salvaguardar sus cosechas. Cosechas de las que por cierto se alimentan los de las ciudades. Así que nada de veleidades. Alimañas, de las irracionales y de las otras, las justas. ¿O sea, que voy a tener que pagar yo para que un señorito de la ciudad venga en su 4x4 oficial a contar murcielagos? ¡Anda ya! Yo voto al que diga que va acabar con toda esa mandanga. Aunque luego no haga nada. Pero por lo menos, le pongo al señorito que no distingue su culo de un agujero en el suelo por unos días. 

En fin, allá cada cual, pero ojo con dárselas de superior porque sabes quien es Estravinsky porque, al final, lo quieras o no, para que lleguen esos maravillosos steak a los restaurantes del Village tiene que haber cazurros expertos en cebos envenenados y cosas por el estilo. 

En resumidas cuentas, ya lo advierte la canción:  


                        Yo soy un hombre del campo.
                        No entiendo ni sé de letras (bis). 
                        Pero, pero soy de una opinión 
                        pero soy de una opinión 
                        que el que me busca me encuentra. 

miércoles, 23 de noviembre de 2016

Rifle, Pony and Me



Hace más o menos treinta años que empecé con lo de la música y tal es hoy el día que puedo decir que todavía no he conseguido tocar nada que suene como Dios manda. Claro que empezar con una cosa así de sofisticada a los cuarenta años es, como dicen los catalanes, para hacérselo mirar. Lo que sea, en fin, pero una cosa sí que les puedo asegurar, que lo único que he hecho en esta vida a lo que no puedo poner ningún reproche es precisamente esta especie de locura que consiste en querer diferenciar los sonidos y encontrales un orden apropiado para que suenen como me dé la gana en cada momento. Ya digo, poco he conseguido hasta ahora sobre el particular, pero estoy muy satisfecho con ello porque ese poco ha traído aparejada una larga serie de beneficios de tipo espiritual que son los que, a la postre, hacen la vida deseable. 

Se me ha ocurrido contarles esta intimidad porque he visto en un periódico una lista de actores que también son músicos. Marlon Brando, Clint Estwood, Audrey Hepburn, Woody Allen, Cary Grant, Eddie Murphy, Hugh Laurie, Jeff Bridges, Marilyn Monroe, Paul Newman, de lo mejorcito en cualquier caso. 

El caso es que cuando aquella mítica Edad Dorada, hasta antes de ayer como quien dice, que tanta nostalgia les produce a los quejicas, el estudio de la música era pieza central de cualquier educación académica. El Triviun, el Cuadrivium y todo aquello. Comparada con la gramática y la aritmética, las otras dos piedras angulares, la música parecería una enseñanza tirando inútil. O puramente dionisiaca. Pero no, nada más lejos, su dios es precisamente Apolo, el de la lejanía clarividente. Hay que haber andado un poco en esto para darse cuenta hasta qué punto un aprendizaje tan sofisticado influye en la forja del carácter. El penoso avanzar hacia un objetivo incierto exige disciplina, voluntad y concentración, por un tubo. Y mientras tanto, cuando tomas un respiro y miras por la ventana ves a los amiguitos jugando a la pelota en el parque. Y eso, desde luego, ayuda a tomar conciencia de sí mismo. De ser individuo, sujeto de limitaciones a juzgar por la desventajosa relación entre el esfuerzo y el rendimiento a corto y mediano plazo. Cualquier otro aprendizaje en el que te empeñes te producirá beneficios tangibles en un plazo mucho menor. 

Al aprendizaje de la música, es en definitiva, el pacto con el diablo que tan bien supo explicarnos Thomas Mann en su Doctor Faustus. Avanzar por el lenguaje de las emociones hasta convertirlo en el de la razón pura. Al final, toda sensación está producida por una mecanismo perfectamente identificado y, por tanto, es fácilmente reproducible. Por eso el Doctor Faustus al final se queda en blanco, porque ya no tiene nada que añadir a su comprensión de la realidad. 

El domingo pasado caí sobre una de esas series policiacas que están de moda. Bonitos paisajes, una protagonista angustiada, unos secundarios guapos, más de lo mismo en definitiva, pero no me podía desenganchar: era por la música. Para mí, a estas alturas, tres cuartas partes del arte cinematográfico reside en la música. Sin ella, se me antoja, la manipulación psicológica del espectador sería mínima.  



martes, 22 de noviembre de 2016

La lógica

Por lo que he podido informarme a lo largo de la vida creo que no ha habido mantra más repetido a lo largo de la historia que el de la famosa perdida de valores morales de la generación presente con respecto a la anterior. Como muestra baste aquella famosa proclama de D. Quijote: "Yo soy aquel que por el querer de los dioses ha venido a esta Edad de Hierro a restaurar en ella aquella famosa Edad de Oro...". La dichosa Edad de Oro que está siempre presente en las cabezas de los que no saben conjugar la memoria con el entendimiento. O la experiencia con el juicio. Algo infinitamente más común de lo que a primera vista pudiera parecer. Supongo que algo, aunque quizá no mucho, tendrá que ver en ello aquello que apuntaba Damborenea en la dedicatoria de su libro sobre la lógica. Decía: "A Iker, Asier, Edurne, Aitor, Ander, Ainhoa, etc., que nadie les enseñó de estas cosas en la escuela ni en la universidad."

Tengo mis dudas de que se pueda hacer mucho con un sistema operativo que viene limitado de fábrica. Sin embargo, debo hacer de tripas corazón y pensar que nada merece más la pena que dedicar todos los esfuerzos a ampliar esos límites. Porque estoy convencido de que una simple pulgada que se gane ya hace el mundo mucho mejor. Y de hecho, pulgada a pulgada ganada, vivimos en un mundo que sólo el cerebro aguado de los viejos y los locos, puede pensar que es peor que el de los antiguos superhéroes. 

Lo cual no quita para que, como todo en la naturaleza, las relaciones humanas sufran sus sobresaltos con sus correspondientes regresiones a la noche de los tiempos. Cuando uno ve las imágenes de cien, ochenta años atrás, se diría que son de la edad de piedra. Todas aquellas matanzas por un quítame allá esas pajas. Qué pudo ser lo que llevó a la humanidad a aquel monstruoso sin sentido. Sólo lo explica el delirio colectivo. Quizá algún gas alucinógeno que los dioses desparramaron por la tierra como castigo por tanto pecado de soberbia. Ya le pasó a Prometeo. Y también a Faetón. 

Porque está en la lógica de la cosas que de todos los pecados es el de soberbia el que más preocupa a los dioses que se vaya de rositas. Y por eso no se va nunca. El que la hace la paga. Y en tanto no satisface su deuda el águila imperial no deja de roerle las entrañas. Esa es la justicia divina, y por eso el mundo es cada vez mejor digan lo que digan los que ya se les averió el sistema operativo.  

lunes, 21 de noviembre de 2016

¡Ay, Dios, qué vida ésta!

Todo este revuelo que hay montado con lo de Trump y similares, en mi humilde pero por lo general acertada opinión, no es más que más de lo mismo y tiro porque me toca. ¿Recuerdan ustedes algún periodo de esta ya larga época de bonanza en la que los periódicos y los políticos en la oposición y los cenizos al por mayor, no estuviesen tocando a rebato por los enormes peligros que se ciernen en lontananza? Pueden estar seguros de que, como en el cuento, cuando llegue el lobo nos pescará desprevenidos. Porque es ley de vida. 

Sin embargo, uno no es tan necio como para no darse cuenta de que hay un problema real y no menor para el que la política, por más que lo trabaja, no tiene la menor solución: la bonanza prolongada irremisiblemente acaba por generar una gigantesca montaña de aburrimiento. Sí señores: esto es aburrido de cojones. Y perdonen por la malsonancia, pero no se me ocurre palabra que pueda expresar mejor las dimensiones de la catástrofe espiritual que asola a las multitudes. 

Combatir el aburrimiento a palo seco se me antoja una tarea de titanes. Ir de acá payá a ver cosas bonitas e interesantes, sí, entretiene un rato, pero hay que echarle mucha inocencia para, más pronto que tarde, no caer en la cuenta de que te estás tragando placebos. Ya lo dijo el poeta, que una ciudad son todas las ciudades. Y no digo ya un aeropuerto, un hotel, una playa o un museo. Para mostrar emociones por usar de esas cosas hay que haber pasado antes por el Actor´Studio de New York. La realidad no puede ser, en cualquier caso, otra que más tedio. 

Y no digamos ya toda esa infraestructura ideológica que se ha montado alrededor de la más elemental de las necesidades biológicas: el aporte calórico. Hacer de la necesidad, no virtud sino arte. ¡Pero hombre de Dios, si a las veinticuatro horas de comido ya todo eso es mierda! Seamos serios y llamemos a las cosas por su nombre. Convertir un medio, la comida, en un fin, el refinamiento, es otra ilusión más de las que se despierta astragado. Como celebración, pase, pero una celebración es una celebración, es decir, de Pascuas a Ramos. 

En general, todo ese entretenimiento para el que antes hay que sacar un tiket acaba en rollo macabeo. Esa es la tragedia, que, como diría Chuck Norris, un hombre sólo puede ser un hombre cuando afronta un peligro. Cuando arriesga para vencer una dificultad. Recuerdo un día que, andando de peregrinaje por Las Hurdes, me senté en el poyo de una casa junto a una señora que, de inmediato, se puso a contarme historias de cuando era joven. De como todos los años salía del pueblo en cuadrilla para ir a buscar trabajo en la recolección. Penalidades sin cuento, pero aquello era una épica y eso, a la postre, es lo único que cuenta a la hora de dar sentido a la vida. O de librarse del tedio, si mejor quieren. 

La épica genera adrenalina y deja recuerdos imperecederos. Es por tanto, bálsamo de la autoestima. Y en eso reside todo el asunto, que con la bonanza se acaba la épica por obligación y sólo resiste la que es por afición. Y por afición es muy difícil distinguir lo auténtico del sucedáneo. Y así es que de tanto gato por liebre venga tanta frustración y tanto tocar a rebato. ¡Qué viene Trup! Cuando lo que en realidad viene es otro Black Friday con todo su puto aburrimiento. ¡Ay, Dios, qué vida ésta! 

domingo, 20 de noviembre de 2016

La vieja y el perro

Lo único que me gustaría saber ahora es si la hija de la señora a la que cortaron la luz y se murió tiene perro y le saca todos los días a husmear ojetes y mear en las esquinas. Apuesto a que sí. 

Indudablemente si esa hija se hubiese ocupado de su madre a los de Podemos les hubiesen fastidiado la parranda de una tarde.  Y eso es lo que nadie está dispuesto ni a admitir ni a permitir. Porque los hijos tienen su vida y el Estado y sus Empresas sus obligaciones. Incluso la de limpiarnos el culo. 

Ayer, por circunstancias de la vida, me vi forzado a ver un programa de la televisión estatal sobre los deberes escolares. De verdadera traca. Ni uno sólo de los intervinientes se atrevió a sugerir que de las puertas de su casa para adentro cada cual es muy libre de organizarse como quiera. Que no de otra cosa que de esa organización es de donde sale ese famoso ascensor social del que tanto se habla ahora y que, conviene recordar, no sólo sube sino que también baja. Pues no, como en aquella famosa canción, la chusma pide "que se la den entera". O sea, la vida completamente organizada, como para poder meterse ya en la tumba a esperar a que llegue el día de la ascensión a los cielos. 

Pues bien, después de ese maravilloso trabajo de investigación institucionalizada, tuve la suerte de ver una gran película. La bicicleta verde. Trata de la vida de una niña inteligente en una sociedad de zoquetes. La de Arabia Saudí en concreto. La parábola es clara, cuando alguien es inteligente ama la libertad; cuando no lo es quiere que le pastoreen. Miren a su alrededor sin complejos y verán como la fórmula no falla. Sí, la falta de inteligencia es la capacidad absoluta para organizar lo más fácil de todo, es decir, el mal absoluto, la muerte en vida, el saudismo, el podemismo, el socialdemocratismo, ect., ya saben a qué me refiero. 

En fin, para resumir, o cuidas de tus viejos o paseas el perro. Tu eliges. 

sábado, 19 de noviembre de 2016

Pleasing Things

Ayer soplaba del suroeste con mediana intensidad, así que lo tuve claro: ir hasta Husillos sería un paseo triunfal y la vuelta no supondría gran problema debido a que estaría protegido del viento casi todo el rato por la gran cantidad de árboles que bordean la carretera por su lado derecho. Efectivamente, soy un estratega sombrío, gracias a lo cual evito cantidad de quejas por contratiempos sobrevenidos. 

En el bar de Husillos había calma. De vez en cuando entraba un paisano, echaba al coleto su ración de alcohol, y salía silencioso. En la tele, los Morancos hacían sus acostumbradas gracias. Pedí la manutención y me fui a una mesa con el Diario Palentino por compañía. Ténganlo por seguro: en una provincia la mejor prensa es la local; entre la ternura y lo práctico. Por cierto que me enteré que a los de Astudillo les han prohibido jugar con el toro ensogado. Otra tradición que se va al carajo. ¡Pobres pueblos!

Terminada la colación salí al exterior y me senté en unos bancos que hay allí al socaire a seguir con lo de Sei Shönagon. Pleasing Things. Cosas que le producen placer. Encontrar la segunda parte de una historia de la que la primera le había encantado. Por lo general, dice, me defrauda. Es lo que tiene el exceso de expectativas. También disfruta mucho cuando alguien importante esta dirigiéndose a una concurrencia y sólo la mira a ella. Chorradas así como de niña sedienta de autoestima. Pero, de pronto, me encuentro con la siguiente perla: 

"Me doy cuenta de que es algo pecaminoso en mí, pero no puedo evitar sentir un gran placer cuando me entero de que a una persona que detesto le ha ocurrido una desgracia." 

No por poco confesada deja de ser una de las sensaciones placenteras más universal. Por mucho que tratemos de ocultarlo tras bonitas máximas cristianas, la cruda realidad es que decir que detestas o, simplemente, que no te gusta alguien, es estar albergando un deseo íntimo de que a esa persona se la lleve el diablo. Que se estrelle con el coche o le diagnostiquen un cáncer. Luego, al enterarnos, decimos que, pobre, que no es que no se lo haya estado buscando, pero no me gusta hacer leña del árbol caído, y bobadas por el estilo, que sólo son palabrería para despistar a los demás, y a uno mismo, de los inmundos sentimientos que alberga nuestra alma. Por eso me parece muy valiente la confesión de Sei. 

Y en esas reflexiones estaba cuando llegó un BMW y se bajo una señora por los cincuenta vestida con bata blanca. Entró al bar dejando el motor del coche en marcha. Me cagué en sus muertos, pero haciendo de tripas corazón seguí en lo mío. 

"Todavía es más placentero para mí cuando a una persona que quiero le sucede algo bueno. Más placer, incluso, que si me sucediese a mí."

La primera oración, vale. La segunda inmediatamente me sugirió: prevención a destiempo, malicia arguye. Y aunque fuese verdad, que no, ¿qué necesidad hay de publicarlo? Es de una elegancia perruna, husmeaojetes. La baja condición del adular con mentiras. Quizá si Sei se hubiese metido en el tunel del tiempo y hubiese llegado hasta La Rochefoucauld, no habría metido la pata:

"Cada ser humano se prefiere a sí mismo incluso cuando parece sacrificarse por otro, y ese pecado original de amor propio corrompe cualquier esfuerzo virtuoso."

 Y así fue que ya no podía más con el ruido del motor y me preparé para marchar. Pero en ese instante salió la señora de la bata y le dije que por qué dejaba el motor encendido. Con una sonrisa de oreja a oreja y un gestito  con los dedos indice y pulgar me manifestó que porque sólo era un momentito. Veinte minutos de nada. Bueno, si se iba yo me quedaba, pero, ¡maldición!, en ese momento aparcó un tractor y también dejó el motor encendido. No lo pensé más y me largué. Cincuenta metros más allá, frente a la puerta del consultorio médico, estaba el BMW de marras. La doctora, claro, pensé juntando las piezas del puzzle. En fin, bastante desgracia tiene la pobre, medicucha de mala muerte.         

viernes, 18 de noviembre de 2016

Vivre a demi

Salí de casa con niebla, pero pronto levantó y a la altura de la adecuación de Grijota tuve que parar para aligerar la indumentaria. Iba por el camino del tren secundario haciendo paradas para comentar con los operarios que le están dejando niquelado. Señalizando y plantando en sus bordes todo tipo de árboles y plantas aromáticas. Pensaba que yo ya no lo veré en todo su esplendor, pero es la intención y la tendencia lo que cuenta: la voluntad expresa de un mundo mejor en el que el esfuerzo será el motor de la alegría. 

Paré en Villamartín a tomar refresco. Me senté en un banco del paseo y saqué de la mochila un librito de la colección Mille Et Une Nuits titulado "De l´expérience". De Montaigne. Hace muchos años que le tengo y no sé las vueltas que le habré dado, pero sin duda unas cuantas. Es de lo más reconfortante que te recuerden obviedades que nunca paras de olvidar por pura desidia. 

"Ce n´est rien que faiblesse particulière qui nous fait nous contenter de ce que d´autres ou que nous-mêmes avons trouvé en cette chasse de connaissance; un plus habile ne s´en contentera pas. Il y a toujours place pour un suivant, oui et pour nous-mêmes, et route par ailleurs. Il n´y a point de fin en nos inquisitions; notre fin est en l´autre monde. C´est signe de raccourcissement d´esprit quand il se contente, ou de la lasitude. Nul esprit généreux ne s´arrête en soi: il pretend toujours, et va outre ses forces; il a des élans au-delá de ses effets; s´il ne s´avance et ne se presse et ne s´accule et no se choque, il n´est vif qu´a demi: ses poursuites sont sans terme, et sans forme; son aliment cést admiration, chasse, ambiguité."

Lo de siempre, en fin, la agonía como único método. Todos los demás, que nadie se engañe, n´est que vivre a demi. Aunque, tengo que reconocer que para muchos, la inmensa mayoría quizá, a demi les basta y aún les sobra. En el espíritu de cada uno está la medida. 

En Mazariegos abandono el camino del tren secundario y tiro hacia Fuentes. Sigo por la carretera plana, recta e impoluta y, a la derecha, veo la laguna repleta de bichos. Diría que son patos. En realidad me trae al pairo lo que sean. No veo en ello más que un ciclo que se repite por enésima vez. Los pájaros van y vienen lo mismo que yo tiro pedos. No comprendo, la verdad, toda la infraestructura que han puesto por allí para observarlos. De hecho, nadie la usa. Nunca vi a nadie por allí. Quizá de vez en cuando lleven a los niños de un colegio. Para fumarse las clases más que nada.

Sigo adelante con mis reflexiones y siempre con la referencia, al frente, de la fastuosa torre de la iglesia. Llego por fin y me dirijo al Refugio. La puerta esta cerrada, empujo y cede. Entro y en aquel reducido espacio están los de siempre, media docena o así de payeses, meditabuntos ante la copa de orujo. Pese a la bonanza del día, parece que para ellos ya comenzó el invierno. Saludo y me responde una salva de gruñidos. Bueno, en realidad yo allí iba por lo del pincho de tortilla que sé que es de calidad diez. Lo pido, me lo zampo, me despido, otra salva de gruñidos y con la misma voy a sentarme al sol en la placita que hay allí al lado.  

Sigo leyendo: 

"Il y a plus de affaire à interpréter les interprétations qu´à interpréter les choses, et plus de livres sur les livres qui sur outre sujet: nous ne faisont que nous entregloser. Tout fourmille de commentaires; d´auteurs, il en est grand cherté. 

Le principal et plus fameux savoir de nos siècles n´est-ce pas de savoir entendre les savants? N´est-ce pas la fin comune et dernière de toute étude?

Nos opinions se entent les unes sur les outres. La premier sort de tige à la seconde, la seconde à la tierce. Nous échellons ainsi de degré en degré. Et il advient de là que le plus haut monté a souvent plus d´honneur que de mérite; car il n´est monté que d´un grain sur les épaules du pénultième." 

Nada de particular, en fin, salvo por la insistencia en lo penoso y lento de la ascensión hacia una cima inexistente. Sólo hitos en el camino. Paro en Mazariegos con la intención de echar una cabezada en un banco de la desierta Plaza Mayor. Cuando empiezo a modorrear un puto ratonero aparece por una puerta dispuesto a echarme de allí. No me hago de rogar y sigo mi camino. En el poco rato que estuve tumbado se levantó un viento del oeste que me vino como de molde para rematar los últimos kilómetros sin apenas sufrimiento. Es lo que tiene la suerte, que lo que quita por un lado te lo da por otro. Y por eso nunca conviene desesperar. Porque es inútil además.  

jueves, 17 de noviembre de 2016

Cual digan dueñas

Ayer hizo un día 10. Subí a los alcores y, desde allí, parecía que pudiese abarcar el mundo infinito. Tal era la sutileza del aire. Su transparencia. Llegué relajado a La Casa de la Pradera, que así llaman al kan de Dueñas. Como era pronto, pedí un verdejo y salí a beberlo bajo el sol en la recoleta terraza. Saqué el libro que llevaba en la mochila y me puse a leer. Curiosamente es un libro que trata mayormente de dueñas. De las relaciones de un arcipreste con las dueñas en concreto. Se le resistían al hombre, pero él insistía: 

"En amor de una dueña, fui un tiempo cogido,
y de su amor entonces no estuve arrepentido;
buenas palabra daba; pensaba ser querido,
mas nada hizo por mí ni hubiese consentido." 

Bueno, si ayer les decía que el Libro de la Almohada es el libro de "La Mujer", hoy les digo que el Libro del Buen Amor es el libro de "El Hombre". Siempre pensando en lo mismo:

"Como dice Aristóteles -y es cosa verdadera-,
el hombre por dos cosas trabaja: la primera,
por tener mantenencia, y la otra cosa era
por poderse juntar con hembra placentera."

Y en esas estando, apareció en aquel mundo de hombres una dueña echando sonrisas a diestro y siniestro. Subieron al instante los decibelios. La tirana naturaleza que no perdona. Para el hombre siempre es tiempo de berrea. 

Pasé dentro a comer. Aquello estaba animado. Y eso que, si uno se fija, puede comprobar la que es quizá la mayor revolución de los últimos años: la clase mecánica no bebe vino en las comidas. Yo como soy clase pasiva, sí. Tan pronto me senté eché mano a la frasca de tintorro que había sobre la mesa cabe el pan. Pan y vino mientras llegaban las judías pintas. Después manos de cerdo. Yo, como el Abad de Lábraz, ya de niño quería ser cerdo para comerme las manos. ¡Cómo estaban, Dios mío! ¡Qué fiesta de los sentidos! Culminé con cuajada y salí a la terraza a tomar el café.

Seguí con el Arcipreste:

"No sé de astrología, ni soy de ella maestro,
ni sé del astrolabio más que buey de cabestro;
más, porque cada día veo pasar aquesto,
por eso yo os lo digo, y veo también esto:

muchos nacen en Venus, y lo más de su vida
es amar mujeres, nunca se les olvida;
trabajan y se afanan sin ninguna medida,
y los más no consiguen la cosa más querida.

en este signo tal creo que yo nací;
siempre luché en servir dueñas que conocí;
el bien que ellas me hicieron siempre lo agradecí;
a muchas serví mucho y nada conseguí.

Puesto que ya he probado que este mi signo es tal,
en servir a las dueñas sólo quiero pugnar,
pues, aunque no se pruebe la pera del peral,
el estar a la sombra es placer comunal." 

Y con esto y un poco más, di por concluida la comedia y salí pitando en busca de una adecuación para echar una sonata.  

En fin, espero que nadie me ponga cual digan dueñas por estas cosas que les cuento 

miércoles, 16 de noviembre de 2016

La mujer

"No puedo soportar a una mujer que lleva mangas de diferente anchura. Si viste varias capas de ropa, el peso añadido en uno de los lados hace que todo el conjunto se incline y parezca poco elegante; si está vestida con ropas de tejidos gruesos, el desigual peso impide que cierren adecuadamente por delante, y todo esto es muy desagradable. Cuando una mujer lleva vestidos con diferentes mangas toda su ropa debe ser cortada en el mismo estilo.

Las ropas más elegantes, después de todo, son las que tienen las mangas iguales como han sido desde siempre. No me importa que ambas mangas sean muy anchas, aunque tal estilo resulta muy extraño para las cortesanas en las ceremonias oficiales.

La moda de la diferente anchura de las mangas es igual de poco atractiva tanto para mujeres como para hombres, ya que produce un efecto desgarbado. Sin embargo hoy día todo el mundo viste así, lo mismo para las ceremonias oficiales que para un vestido veraniego. Desde luego que la gente importante y que marca tendencias viste de una forma poco apropiada."

Les parecerá que los párrafos que les acabo de trascribir son una bobada, pero seguramente dejarán de pensar así cuando sepan que fueron escritos en la última década del primer milenio. Pertenecen al "Libro de la Almohada" de Sei Shönagon, una dama de compañía de la Emperatriz del Japón por aquellos ya lejanos años. 

El Libro de la Almohada, que yo desconocía, me lo envió Jacobo hace años. Desde entonces es uno de mis preferidos y sería felicísimo si, como Jacobo, pudiese leerlo en su lengua original. Pero me tengo que contentar con una versión en inglés que desde luego me parece infinitamente mejor que la que conozco en español, editada, por cierto, por Borges. Pero, en fin, pelillos a la mar, que lo que importa es la cantidad y calidad de la información histórica que contiene, pero, sobre todo, su capacidad para sugerir la reflexión sobre multitud de asuntos universales y eternos de la humanidad que nunca encuentran, ni seguramente encontrarán nunca, su punto de reposo. Porque, les diré, si hubiese sido yo el encargado de titular este libro sin dudarlo le hubiese llamado "La Mujer". 

"Cierto día escribí un poema en mi diario que me dejó particularmente satisfecha. Desgraciadamente una de mis doncellas lo vio y se puso a recitarlo con pésima gracia. Realmente es horroroso cuando alguien destroza un poema por recitarlo con un sentimiento inapropiado."

La mujer, por lo menos las que yo conozco, o creo conocer, son todas así. Obsesionadas siempre con los pequeños detalles, las pequeñas preferencias, las pequeñas sensibilidades. Y el odio por lo burdo. Sobre todo por la chusma. Por eso su relación con los hombres nunca consigue encajar como las piezas del lego. Porque al hombre, por lo general, le trae sin cuidado todo lo que no sea dominar el mundo. Por estas manifiestas diferencias supongo que es que se dice en la relaciones entre los géneros que el hombre posee y la mujer se entrega. Se dice, claro, para crujir de dientes de las viragos que, en lo que hace a las eternas lolítas, no hay nada que objetar y más que fuera. 

El caso es que en lo que a mí respecta creo que nunca dí con nada que me diese tanta noticia sobre el verdadero ser de la mujer. De la mujer eterna. Y por eso, cada sí y cada no, tomo y retomo este libro -muy parecido en su factura por cierto, al Cuaderno Gris de Pla o las Crónicas del desasosiego de Pessoa- para ver si consigo, que buena falta me hace, mejorar un poco el conocimiento del género contrario para, así, ganar en empatía, que le dicen ahora, y no tener que discutir tanto. 

martes, 15 de noviembre de 2016

Trumpología

He visto que en varios periódicos anuncian a grandes titulares que el abuelo de Trump era proxeneta. Bueno, la periodista de la que parte la noticia dice que en realidad, proxeneta no, simplemente tenía hoteles y salones, como los de las películas del oeste, en los que había chicas de meter. Pero da igual que fuera lo que fuese porque la labor de zapa ya está hecha. Remontarse por los linajes lo mismo sirve para un roto que para un descosido en el mundo de los iletrados. Siempre sale de todo y, si no, que me lo digan a mí que lo mismo tengo uno que dejó construidos bellos puentes en los ríos de la Rioja que otro que fue propietario del famoso cabaré Las Columnas en la calle Las Cortes de Bilbao. El ying y el yang, que le dicen.

La realidad de todo esto que está pasando es que el tal Trump no tiene precio. Entre los miedos que mete a los unos y las esperanzas a los otros hay caldo de cultivo para miles de historias con gancho. En definitiva: los medios se forran sin tener que estrujarse el coco. De lo que vaya a pasar, sólo Dios lo sabe, porque las circunstancias moldeadoras de la realidad son tan imprevisibles como el clima: más allá de una semana todo son conjeturas. Acuérdense, no ya de Reagan, si no del mucho más cercano Bush Jr. que a los cuatro días de llegar le tiraron las Torres Gemelas y lo que iba ser aislacionismo se convirtió en mandar soldados a todas las cocinas del mundo. 

Pero hay una cosa que sí sabemos que está pasando y es que hay una revolución en curso de proporciones desconocidas. Ahora no son decenas ni centenas de millones los seres humanos que quedan descolocados: son miles de millones. Uno de entre los más destacados artífices de esta nueva epifanía, Elon Musk, ha sugerido que sería bueno dar un sueldo a todo el mundo para paliar los estragos de la digitalización. Y esto es, en definitiva, lo que tienen que gestionar Trump y sus colegas de todos los colores del arco iris, el entretenimiento, y las frustraciones por tanto, de miles de millones. Miles de millones alimentados, calentados y vestidos, escupiendo su hastío hacia el cielo. Pulsión suicida colectiva, para que nos entendamos. Que nos guíe hacia el precipicio el que parece más dotado para ello: el más loco. 

En fin, no creo yo que de todo esto tan vistoso vaya a salir nada que no sea un periodo corto de cierta volatilidad en los mercados. Ya lo dijo Nosequién, que las tragedias de antaño son las comedias de hogaño. Antes se mandaban a las levas de soldados a morir a tiros en las playas de Normandía y, ahora, se manda a las levas de turistas a morir de hastío en las playas de levante. Los métodos varían, pero el resultado siempre es el mismo: apartar a la gente que sobra para que no estorbe. 

Interesante momento en cualquier caso y no para rasgarse vestiduras creo yo.  

lunes, 14 de noviembre de 2016

Resaca

En realidad, ya desde de la noche de los tiempos, el hombre sabe de qué va este rollo de la vida. Fue muy sencillo el hallazgo: sólo hizo falta que unos cuantos señoritos sintiesen el zarpazo del aburrimiento para dar con la clave. O sudabas o te morías. Había por tanto que dar con la ascensión infinita. Con la agonía inextinguible. Con la montaña mágica de cima incierta. 

Tao fue siempre una noción sin nombre.
Cuando hubo necesidad de mencionarlo, entonces, se le dio un nombre.
El que sabe dar nombres debería saber que existe lo innombrable. 
Conociendo esto, conoce lo que no perece.

Dieron siete vueltas al planeta, cazaron cien mil leones, levantaron torres hasta el cielo, y sólo constataron que, al finalizar, les quedaba tiempo por delante. Tiempo vacío. Agujero negro que les atraía hacia sí. Y empezaron a presentir donde estaba la montaña que buscaban. 

Sin ir más allá de nuestra puerta,
Podemos conocer el mundo entero.
Sin asomarnos a ningún balcón,
Contemplar el Tao del cielo.
Cuanto más nos alejamos,
Menos conocemos.
Luego el Sabio todo lo conoce sin trasladarse;
Todo lo ve sin haber mirado;
Todo lo cumple sin haberlo ejecutado. 

Empezar la ascensión apoyado en cualquier espejo. Todos, absolutamente todos sirven, para avanzar unos pasos y perder el resuello. Parar a tomar aliento y restañar las heridas. Y vuelta a empezar. El secreto es no rajarse. 

El que conoce a los otros es hábil;
El que se conoce a sí mismo sabio.
El que conquista a los otros es fuerte;
El que se conquista a sí mismo, poderoso.
El que sabe contentarse es rico.
El que mantiene su propósito es firme.
El que no se desvía, permanece.
El que puede morir, más no perece, tendrá longevidad. 

Y colorín, colorado, si vivimos de ilusiones este rollo es muy pesado.

sábado, 12 de noviembre de 2016

Animalismo

Estaba el otro día tomando un café con leche en la taberna de Villamartín y no me quedaba más remedio que escuchar a unos Estentores que hablaban de pillar liebres. Que si pasan por el majuelo, que si ya apenas hay, que si el año pasado sólo ocho en todo el pueblo, me maravillaba lo que les daba de sí un tema para mí tan aburrido. Me recordaron mucho a los Proscritos de Alar. Para ellos los animales no sólo suponían alimento sino, sobre todo, elementos de confrontación con los que poner a prueba y calibrar las capacidades de supervivencia en un medio hostil. Convertían los paseos por el campo en un continuo rastreo de señales de vida oculta al común de los mortales. Nada muy diferente a lo que hace un semiólogo cuando tiene un texto de Eurípides entre las manos. Cada cual, así, tratando de despojar el lenguaje de los signos de todos sus disfraces para dar con su auténtico significado. 

Estaba pensando en estas cosas porque no puedo ser insensible al machaque de los medios de comunicación con lo que se ha dado en llamar cultura del animalismo. Insisten hasta la saciedad los animalistas, como hacen los que quieren convencerse a sí mismos de algo, que los animales tienen conciencia y por tanto sienten y sufren. Pues mira tú qué bien. Y después de tan sabia constatación, ¿qué? Efectivamente los animales reconocen a sus dueños y señores, huyen de los peligros, chillan si les golpeas, rastrean a sus presas como los Proscritos y los semiólogos y, por lo demás, nunca podremos saber a ciencia cierta la concepción que tienen del futuro más allá del inmediato, pero tenemos más que fundadas sospechas de su absoluta ceguera al respecto, que no otra es la gigantesca distancia que nos separa de ellos a los humanos, más o menos, supongo, la misma que a los humanos nos separa de la idea que nos hemos construido de Dios. 

Así los cosas, lo verdaderamente importante, creo yo, a la hora de considerar nuestra relación con los animales es el hambre que tienes en el momento que te pones a pensar en ellos. Ayer, sin ir más lejos, después de pedalear veinte kilómetros entre la niebla y con un frío glacial, llegué al kan de Dueñas con hambre de diez semanas. El camarero, amable a más no poder, me dijo que la paella estaba buena. Pues paella, le dije. Luego, me recomendó costillas. Pues costillas. Efectivamente la paella estaba muy buena, con todos sus animalitos marinos. Luego me trajo un cacho de costillar que no cabía en el plato, con sus patatas fritas, claro está. Me rechupé los dedos con los dos platos y, desde luego, en ningún momento tuve el menor movimiento de conmiseración hacia los animales que me estaba comiendo. Sólo disfrutaba con la plena satisfacción del deseo más primario, el de garantizarse la supervivencia. Una verdadera fiesta, desde luego. 

Después, saciado como iba, a la altura del Soto Alburez me paré a contemplar las evoluciones de una pareja de rapaces que planeaban sobre la vega con una facilidad, o elegancia, olímpica. Puede que fuesen águilas ratoneras, o quizás reales. Nunca me paré a saber identificar esas cosas por parecerme un conocimiento irrelevante para mí. Lo que sí me gustó ver, porque me hizo pensar, fue la conmoción de la fauna del entorno que las rapaces habían producido. Hasta las gallinas de un corral que por allí había desaparecieron de la vista por arte de birli-birloque. Naturaleza en estado puro a la hora de comer: aquí te pillo, aquí te zampo. En eso consiste todo: el pez gordo se come al chico.

Por eso me dan mucha pena los animalistas. Y el Papa Francisco también. Hermano lobo, ¡ya te digo! Quizá a la que pasen unos millones de años la especie haya mutado hacia el espíritu puro, pero en tanto llega esa utopía celestial sólo un trastorno mental severo te puede hacer inmune, cuando tienes hambre, a las delicias de un costillar de cerdo a la brasa. 

viernes, 11 de noviembre de 2016

Milonga.

No me vengas con esa milonga. O como decían las Cabanas, unas señoras en cuya casa pasé parte de mi infancia y adolescencia en régimen de pupilo, lamento de cabrón. Cosa de argentinos que es que no hay quien les gane a parecer que tienen toda la razón cuando no tienen ninguna. Lamentos de cabrón, cornudos y apaleados, eso es lo que cantan las milongas y los tangos. Y por esa habilidad, o mal gusto, es por lo que nada extraña que pasase lo que pasó el siglo pasado en el país que de entre los más ricos del mundo se fue a los de cola. Porque sabido es que no hay sitio por donde más se vaya la fuerza que por la boca. 

Pero el caso es que el que mucho habla, al menos, crea lenguaje. Y así ha sido que los argentinos han dado al mundo la palabra milonga como sinónimo de no estar diciendo cosa de sustancia cuando parece que se está desatando el nudo gordiano de la incomprensión. El aparente triunfo absoluto de la razón cuando sólo es el de los sentimientos. La típica impostura, en definitiva, del querer vivir del cuento. 

Pues bien, circula por ahí una milonga que cada vez que la escucho me parto de risa. Y es esa que canta que la generación de nuestros hijos va a ser la primera que va a vivir peor que la de sus padres. Discúteselo tú a una pandilla de tertulianos y acabarás con la yugular como un bebedero de patos. Los niños ya no tienen empleos de por vida. Les es difícil quedarse a vivir en la ciudad que les vio nacer. No se podrán comprar un piso hasta que sean viejos. Una batería de razones incuestionables que, eso sí, parecen todas salidas del argumentario de un manual del perfecto muerto viviente. Para esos tertulianos parece ser que los de la generación de los padres actuales, la mía, han pasado por la vida chupándose el dedo. 

Hay que ser muy imbécil, la verdad para no darse cuenta hasta que punto la generación de nuestros hijos es privilegiada con respecto a la nuestra. Para empezar tienen que realizar un esfuerzo mucho menor para tener el mundo a su alcance. El mundo a su alcance, es decir el acceso al conocimiento. Los medios de aprendizaje que tienen hoy los chavales son los equivalentes a los nuestros multiplicados por cien. El que no aprende hoy es porque es un necio y tiene por padres a unos verdaderos insensatos. La gente normal, desde luego, en mayor o menor medida, aprovecha las oportunidades y no por otra cosa es que el mundo de ahora es mil veces mejor que el de mi infancia. ¡Pero, por Dios, si los jóvenes de ahora ni siquiera saben lo que son los sabañones!

Milongas y más milongas de tanto mirarse el ombligo. De tanto no saber reconocer que estás muerto cuando no te estás esforzando por aprender algo nuevo. De tanto echar la culpa a los demás de lo que sólo tú la tienes. De tanto creer, en definitiva, que el niño de papá y mamá es el rey del universo. 

jueves, 10 de noviembre de 2016

Mi querido Arcadi

Si hay algo que me deprime de mala manera, mi querido Arcadi Espada, es ver a uno de mis referentes intelectuales preferidos lloriqueando como una señorita a la que ha dejado el novio porque Trump ha ganado las elecciones. Harías mucho mejor, pienso, revisando tus artículos a propósito del referido patán por ver si hay algo en ellos de lo que arrepentirse. Porque nadie es perfecto. Ni tú, ni yo, ni Obama el elegante, ni mucho menos el periódico en el que escribes, especializado, como todos por otra parte, en hacer publicidad de las diez mejores motos averiadas del mercado que no te puedes perder este otoño. Perros, golfes, castillos, playas, patatas bravas, lo que sea, el caso es incitar a la gente sin cesar a que tenga la cabeza en cualquier sitio que no exija pensar. De lo de que los corruptos son los otros, mejor no hablar porque en eso sois líderes. Y, bueno, a veces pienso que todo eso que a ti te gusta llamar bullshit -yo prefiero kid stuff- no es otra cosa que la madre del cordero populista. 

Si, mi querido Arcadi, te admiro con sinceridad, pero no son pocas las veces que me descorazonas cuando creo detectar en tus escritos incoherencias de parvenu. Sí, no puedo estar más de acuerdo contigo cuando dices que hablamos con nuestros hechos. ¿Recuerdas Factual? Todavía me debes 50 euros del ala. Pero te los perdono con gusto y volvería a picar si me los volvieses a pedir para otra aventura similar. Obras son amores, decía mi padre. Y, también, dime de qué presumes. Pero el que más le gustaba era el de prevención a destiempo. Se usaban mucho los refranes cuando yo era niño. Pero a lo que iba, te noto a veces un poco parvenu con lo de tus gustos exquisitos. Nada que ver con lo de Sostres. A él se le nota la cuna. Y la coherencia, por tanto. ¿Y sabes lo que pienso de todo esto?, que no hay delito de socialdemocracia más grotesco que el de un parvenu presumiendo de exquisito. 

En fin, ya lo he dicho. Espero que no te lo tomes a mal. Por lo demás, ¿qué quieres que te diga?, a mí todos esos autores de Edge me parecen de perlas. Pero ya puestos, para saber lo pasa por dentro de nuestro cerebro prefiero a Gracián que, si además, lo sazonas con un poco de Bukowski, ni te digo. Y a ver si quedamos un día para ir a tomar un bocadillo de chorizo a Gascón de Nava. Pero en bicicleta, eh. 

miércoles, 9 de noviembre de 2016

Vamos a ponernos fachas



Socialdemócratas para el cambio


¡El mundo se derrumba! El demonio se ha puesto a los mandos. La pobre gente asustada vende ya sus minúsculos valores en bolsa a la desbandada. Y ahí están las rapaces acechando para comprarlas mañana por la mitad de su precio. Pasado mañana volverán a subir y los socialdemócratas encontrarán más munición en el nuevo ensanchamiento del gap entre ricos y pobres. Y eso será todo. 

Personalmente, ya puestos, me alegro del resultado. Porque es que, además, es lo que quería Clint Estwood. El hombre. Los valores varoniles. Cada cosa en su sitio. Tiempo habrá para las mujeres cuando aprendan a controlar sus emociones. Sobre todo la bulimia. ¿Porque como vas a confiar tus asuntos a una persona que no sabe manejar los suyos? 

Esa Hilary, por Dios, qué cosa más blanda. Y más greedy. ¿Es que no tuvo ya bastante con todo lo que tuvo? ¿Acaso es que nunca se mira en el espejo? Quizá sí, pero no se ve. Ya saben, el drama de los vampiros. El síndrome de la abuela. Que se conforme con el cuello de su nietecita y nos deje en paz a los demás.

La América del Rifle ha vuelto a hablar. Que nadie se meta en mis propiedades. Porque estoy armado. Porque esa es la cuestión, hasta que punto estás dispuesto a confiar en el Estado como garante de tus derechos. Es muy peligroso dejarse pastorear. Mejor no me ayudes tanto que ya sé yo como apañarmelas. 

En fin, un hito más para pararse a pensar, lo que a fin de cuentas es lo único que importa. 

lunes, 7 de noviembre de 2016

Voluntad de creer

Nunca me ha importado reconocer que soy un fiel televidente. No sé las horas que la veo al día, quizá no muchas, pero es raro el día que no practico. Películas, reportajes, debates, entrevistas. Bien es verdad que la televisión de aquí procuro que ni de refilón salvo cuando son películas o algún documental. Por lo general me engancho a las generalistas internacionales que emiten en inglés. No es que lo entienda todo, ni mucho menos, pero creo que me hago una bastante aproximada idea de lo que se está cociendo en la pantalla. Y así pasan los días con sus más o sus menos hasta que llega una de esas temporadas en las todo es menos y da la sensación que nunca se va a tocar fondo: es, por ejemplo, cuando hay elecciones presidenciales en EEUU. ¡Por Dios bendito, qué tostón! En fin, hoy es el pick de la saga; a partir de mañana todo será declinar para volver a lo normal. ¡Alabado sea el Señor! 

En realidad, tal como yo lo veo, estos episodios tan aburridos no son otra cosa que una exaltación de la falsedad. Y además sin la menor gracia. Al menos yo no se la pillo. Venir con la milonga esa de que se está eligiendo a la persona -antes se decía al hombre- más poderosa del planeta es de una ingenuidad rayana en la estulticia. Para tomar cualquier decisión, el elegido para el cargo tendrá que contar con el consejo cuando no la aquiescencia de cientos de personas. Al final no será más que un busto parlante comunicando lo acordado. 

En este mundo presente que los entendidos de la cosa llaman postfactual, nuestra principal tarea de ciudadanos libres ha venido a ser la de siempre pero quizá multiplicada por cien, es decir el penoso procedimiento de separar el grano de la paja. A mano, claro está. Es tanta la virulencia que lleva el ferrocaril, que a nada que te distraes ya te han vendido una moto completamente averiada. Ya lo dice un tal Bauman que por lo visto es un señor con mucho predicamento en el mundo de las ideas: "hoy en el mundo todas las ideas de felicidad acaban en una tienda". Así es todo, las fabulaciones se toman por hechos si es que el rollo propuesto te va y, por contra, los hechos, si no te gustan, les tomas por fabulaciones conspiranoicas. Alucinarían ustedes si supiesen el porcentaje de población mundial que piensa que lo de los americanos en la luna fue un montaje. Lo mismo que el noventa por ciento de los catalanes piensan que Colón y Cervantes, y Santa Teresa, ¡qué carajo!, nacieron en Cataluña. 

Así las cosas, si Nietzsche levantase la cabeza se apresuraría a cambiar su tesis de la voluntad de poder por otra más llevadera, y eso, lo que dice Bauman, ligada a las tiendas, la voluntad de creer. ¡Y viva la pepa!  

El observatorio

Ayer, al atardecer, una nube de cigueñas se abatió sobre el centro de la ciudad. Desde mi ergástula las podía ver a cientos posicionándose primero sobre las antenas de telefonía, después sobre las de televisión, siguiendo por las pequeñas prominencias de los respiraderos de los baños y terminando, cuando ya no quedaban resaltes que ocupar, en el borde del edificio más alto. Pensé que podría alquilar mis habitaciones como observatorio ornitológico.  Dada la existencia de todas esas masas ingentes de entusiasmados con los animales no me habría de faltar clientela. Una cosa tan tonta, ya ven, y que podría dar para un largo documental cosido con conjeturas. 

Efectivamente, en estos tiempos que corren, a efectos de cigüeñas, todos los días son San Blas. Porque ya no van y vienen que era lo bonito. Hay quien lo achaca al calentamiento global que, todo hay que decirlo, es una especie de cajón de sastre en el que lo mismo cabe un roto que un descosido. No les vamos a llevar la contraria porque buenas ganas. Aunque, ayer, al ver el despliegue, pensé que más bien que global es local, porque se me ocurrió que quizá las cigüeñas tomaron tales posiciones por estar algún grado más elevada la temperatura en el centro que en los aledaños donde suelen reposar. Por ser mayor la concentración de calefacciones en el centro y no por otra cosa. Y es que esta noche, curiosamente, ha sido la primera del otoño en que los termómetros han alcanzado el cero. 

Por otra parte, la vaguería cigueñil también puede que esté relacionada con la facilidad para alimentarse que por aquí encuentran. No hace mucho vi por la televisión local a un lobo haciendo de comensal con una cigüeña en el estercolero de Zamora. No les separaba ni un metro. Y tan pichis los dos. Calor y comida, pues dolche farniente. Para qué, entonces, pegarse esos viajes tan penosos. Y así es, que va uno de gira por los campos de la Nava y acaba pensando que más que nada son una jodida plaga. Como las ratas o las palomas. O los perros en lo que a mi concierne. 

El caso es que entre la comida fácil, el calentamiento global o local, que no sé, los centros de interpretación de la cigüeña que crecen como hongos en los pueblos con sus nidos prefabricados, y tal, el mítico animal no se siente ya motivado para ir a Paris a por niños, lo cual debiera ser motivo de profunda reflexión y, más que nada, por el espinoso asunto de las pensiones. ¿Acaso, no debiéramos probar a ponérselo un poco más difícil?

En fin, el mundo va como va y todo es metáfora de todo. Y al final pasa lo que pasa, que quitas los deberes escolares y de rebote las cigüeñas se niegan a traer los niños de París.