Nunca me ha importado reconocer que soy un fiel televidente. No sé las horas que la veo al día, quizá no muchas, pero es raro el día que no practico. Películas, reportajes, debates, entrevistas. Bien es verdad que la televisión de aquí procuro que ni de refilón salvo cuando son películas o algún documental. Por lo general me engancho a las generalistas internacionales que emiten en inglés. No es que lo entienda todo, ni mucho menos, pero creo que me hago una bastante aproximada idea de lo que se está cociendo en la pantalla. Y así pasan los días con sus más o sus menos hasta que llega una de esas temporadas en las todo es menos y da la sensación que nunca se va a tocar fondo: es, por ejemplo, cuando hay elecciones presidenciales en EEUU. ¡Por Dios bendito, qué tostón! En fin, hoy es el pick de la saga; a partir de mañana todo será declinar para volver a lo normal. ¡Alabado sea el Señor!
En realidad, tal como yo lo veo, estos episodios tan aburridos no son otra cosa que una exaltación de la falsedad. Y además sin la menor gracia. Al menos yo no se la pillo. Venir con la milonga esa de que se está eligiendo a la persona -antes se decía al hombre- más poderosa del planeta es de una ingenuidad rayana en la estulticia. Para tomar cualquier decisión, el elegido para el cargo tendrá que contar con el consejo cuando no la aquiescencia de cientos de personas. Al final no será más que un busto parlante comunicando lo acordado.
En este mundo presente que los entendidos de la cosa llaman postfactual, nuestra principal tarea de ciudadanos libres ha venido a ser la de siempre pero quizá multiplicada por cien, es decir el penoso procedimiento de separar el grano de la paja. A mano, claro está. Es tanta la virulencia que lleva el ferrocaril, que a nada que te distraes ya te han vendido una moto completamente averiada. Ya lo dice un tal Bauman que por lo visto es un señor con mucho predicamento en el mundo de las ideas: "hoy en el mundo todas las ideas de felicidad acaban en una tienda". Así es todo, las fabulaciones se toman por hechos si es que el rollo propuesto te va y, por contra, los hechos, si no te gustan, les tomas por fabulaciones conspiranoicas. Alucinarían ustedes si supiesen el porcentaje de población mundial que piensa que lo de los americanos en la luna fue un montaje. Lo mismo que el noventa por ciento de los catalanes piensan que Colón y Cervantes, y Santa Teresa, ¡qué carajo!, nacieron en Cataluña.
Así las cosas, si Nietzsche levantase la cabeza se apresuraría a cambiar su tesis de la voluntad de poder por otra más llevadera, y eso, lo que dice Bauman, ligada a las tiendas, la voluntad de creer. ¡Y viva la pepa!
No hay comentarios:
Publicar un comentario