Todo este revuelo que hay montado con lo de Trump y similares, en mi humilde pero por lo general acertada opinión, no es más que más de lo mismo y tiro porque me toca. ¿Recuerdan ustedes algún periodo de esta ya larga época de bonanza en la que los periódicos y los políticos en la oposición y los cenizos al por mayor, no estuviesen tocando a rebato por los enormes peligros que se ciernen en lontananza? Pueden estar seguros de que, como en el cuento, cuando llegue el lobo nos pescará desprevenidos. Porque es ley de vida.
Sin embargo, uno no es tan necio como para no darse cuenta de que hay un problema real y no menor para el que la política, por más que lo trabaja, no tiene la menor solución: la bonanza prolongada irremisiblemente acaba por generar una gigantesca montaña de aburrimiento. Sí señores: esto es aburrido de cojones. Y perdonen por la malsonancia, pero no se me ocurre palabra que pueda expresar mejor las dimensiones de la catástrofe espiritual que asola a las multitudes.
Combatir el aburrimiento a palo seco se me antoja una tarea de titanes. Ir de acá payá a ver cosas bonitas e interesantes, sí, entretiene un rato, pero hay que echarle mucha inocencia para, más pronto que tarde, no caer en la cuenta de que te estás tragando placebos. Ya lo dijo el poeta, que una ciudad son todas las ciudades. Y no digo ya un aeropuerto, un hotel, una playa o un museo. Para mostrar emociones por usar de esas cosas hay que haber pasado antes por el Actor´Studio de New York. La realidad no puede ser, en cualquier caso, otra que más tedio.
Y no digamos ya toda esa infraestructura ideológica que se ha montado alrededor de la más elemental de las necesidades biológicas: el aporte calórico. Hacer de la necesidad, no virtud sino arte. ¡Pero hombre de Dios, si a las veinticuatro horas de comido ya todo eso es mierda! Seamos serios y llamemos a las cosas por su nombre. Convertir un medio, la comida, en un fin, el refinamiento, es otra ilusión más de las que se despierta astragado. Como celebración, pase, pero una celebración es una celebración, es decir, de Pascuas a Ramos.
En general, todo ese entretenimiento para el que antes hay que sacar un tiket acaba en rollo macabeo. Esa es la tragedia, que, como diría Chuck Norris, un hombre sólo puede ser un hombre cuando afronta un peligro. Cuando arriesga para vencer una dificultad. Recuerdo un día que, andando de peregrinaje por Las Hurdes, me senté en el poyo de una casa junto a una señora que, de inmediato, se puso a contarme historias de cuando era joven. De como todos los años salía del pueblo en cuadrilla para ir a buscar trabajo en la recolección. Penalidades sin cuento, pero aquello era una épica y eso, a la postre, es lo único que cuenta a la hora de dar sentido a la vida. O de librarse del tedio, si mejor quieren.
La épica genera adrenalina y deja recuerdos imperecederos. Es por tanto, bálsamo de la autoestima. Y en eso reside todo el asunto, que con la bonanza se acaba la épica por obligación y sólo resiste la que es por afición. Y por afición es muy difícil distinguir lo auténtico del sucedáneo. Y así es que de tanto gato por liebre venga tanta frustración y tanto tocar a rebato. ¡Qué viene Trup! Cuando lo que en realidad viene es otro Black Friday con todo su puto aburrimiento. ¡Ay, Dios, qué vida ésta!
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