Los que me conocen saben que soy de los que creen que el mundo es, sino infinitas, sí miles de veces mejor de lo que era. Sólo con ver las estanterías de cualquier supermercado, tomar un tren, conducir por una carretera, ir a un hospital, una escuela, por no hablar de las viviendas, con su calefacción, cuarto de baño, ascensor... un sin fin de mejoras con las que nuestros abuelos ni soñaban. Lo cual no quita para que la percepción del personal sea demoledora respecto del presente. Ayer mismo, paré a la ida en la adecuación de Baquerín. Había allí un señor escuchando la radio y de inmediato se estableció una fluida conversación. Había vivido en San Adrià del Besos donde yo trabajé varios años, así que ya se pueden imaginar lo fácil que resultaba seguir el hilo. Hasta que me cansé de tantas referencias a La Mina y San Roc los dos barrios canallas que ponen sitio a San Adrià por el oeste y el este. El tío estaba desolado con la juventud de estos tiempos que corren y presagiaba un futuro muy negro para la patria. El botellón, claro, le traía a mal traer. Seguro, pensé, que tiene hijos ninis porque, si no, no se explica tanto sufrimiento.
Es evidente que tener hijos ninis es un cristal de un color por el que todo lo que miras lo ves horroroso. Y no es para menos porque no creo que haya peor suerte para unos padres. Mejor muertos pensarán la mayoría aunque no se atrevan ni a planteárselo. El nini paseando el perro a media mañana, un clásico de nuestras ciudades que se ha convertido en plaga. Por cierto que hoy leo que a uno de esos que pasean el perro, no sé si nini o no, le han acuchillado y muerto, por dejar las cagadas del perro en la calle. Y también leo que han abierto una clínica de acupuntura para perros. Vistas así las cosas tiene cierta razón el señor de Baquerín.
Efectivamente la opulencia, crea mucha miseria moral. El otro día por la noche, cenando opíparamente con inmejorable compañía tuvo que salir el tema. Unos íntimos estaban paralizados en casa porque su perro no se acababa de morir. Pues que le pongan una inyección, dije. En mala hora. ¡Anda que no tenían razones cordiales para no tomar tal decisión! ¡Por Dios, una gente que parece cultivada, pero que sin duda no lo es mucho! ¿En qué pantanos mentales andarán metidos para hacer de un perro moribundo el eje de sus vidas siquiera un instante? Pero si es un animal, les dije. Mejor les hubiese mentado a su madre. No lo pude entender y me estropeó la noche. Hay que cuidar las compañías, concluí.
En fin, pelillos a la mar, dejé al de Baquerín y seguí camino a Castromocho. Allí en el Bar Sindical me zampé un bocata de chorizo que no se lo saltaba un gitano, con perdón, y un café con leche. Mientras estaba en ello pensaba que sin duda Estentor debía haber salido hacia Troya desde algún pueblo español. No por nada sino porque a pesar de un techo tan alto e insonorizdo el estruendo que metían cuatro tipos que había junto a la barra era ensordecedor. Pagué 2,60 € por el piscolabis y salí a la plaza. Allí un tipo se me acercó a pegar la hebra. La bicicleta crea afinidades electivas. Me animó a seguir hasta Villarramiel.
En Villarramiel la gente estaba en la hora del vermout. Parece un pueblo agradable a más no poder. Y rico por demás. Estuve un rato en un banco de un jardín público observando al personal. Padres jóvenes con niños. Nunca se les valora lo suficiente, pensaba. Y ellos que ejecutan esa hazaña de forma inconsciente porque, si no, ni a arrastras. Hasta que ya cansado de reconsiderar lo mil veces reconsiderado decidí emprender el regreso que no era moco de pavo.
Al llegar de nuevo a la adecuación de Baquerín iba francamente cansado. Llevaba cincuenta y pico en las piernas. Me tumbé en una mesa y no tardé en caer en la inconsciencia. No sé lo que llevaría así, acaso diez minutos cuando me despertó un desesperado guirigay de pájaros. Abrí los ojos y vi una rapaz sobrevolando el lugar. Cincuenta metros más allá, en unas ruinas de adobe estaban los causantes del alboroto, una manada de tordos. Me acordé de los curetes y coribantes cuando hacían un ruido infernal a instancias de Rea para que Cronos no escuchase los llantos del infante Zeus. Ya saben, cuando nació Zeus, su madre Rea en vez de dárselo a Cronos para que se le comiera como a los anteriores hijos le dio una piedra envuelta en pañales. Cronos se la tragó sin chistar pensando que otra vez más se había librado de ser destronado. Sabía bien de que iba el asunto porque él mismo había cortado los cojones a su padre Urano de un tajo. El pobre Urano. Claro que de aquel tajo y sus espumosas consecuencias nació Afrodita y ya en adelante todo el mundo fue Troya. Pero esto es una larga historia que no voy a contar ahora.
Seguí, camino. Por Villamartín ya no podía con el culo. Paré un rato y estuve con lo del elogio a la locura que en realidad es a la necedad. ¡Mi querido Erasmo!
Cuando llegué a casa el cuentaquilómetros marcaba 74,700. Una buena razón para entender por qué me pareció que mi butaca era la mejor del mundo. Al rato me di cuenta de que tenía un hambre feroz. A D. G. en la nevera había una Florette en su variedad fusillis con espinacas. ¡Qué delicia!
Bueno, vamos a ver donde la echamos hoy.
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