sábado, 19 de noviembre de 2016

Pleasing Things

Ayer soplaba del suroeste con mediana intensidad, así que lo tuve claro: ir hasta Husillos sería un paseo triunfal y la vuelta no supondría gran problema debido a que estaría protegido del viento casi todo el rato por la gran cantidad de árboles que bordean la carretera por su lado derecho. Efectivamente, soy un estratega sombrío, gracias a lo cual evito cantidad de quejas por contratiempos sobrevenidos. 

En el bar de Husillos había calma. De vez en cuando entraba un paisano, echaba al coleto su ración de alcohol, y salía silencioso. En la tele, los Morancos hacían sus acostumbradas gracias. Pedí la manutención y me fui a una mesa con el Diario Palentino por compañía. Ténganlo por seguro: en una provincia la mejor prensa es la local; entre la ternura y lo práctico. Por cierto que me enteré que a los de Astudillo les han prohibido jugar con el toro ensogado. Otra tradición que se va al carajo. ¡Pobres pueblos!

Terminada la colación salí al exterior y me senté en unos bancos que hay allí al socaire a seguir con lo de Sei Shönagon. Pleasing Things. Cosas que le producen placer. Encontrar la segunda parte de una historia de la que la primera le había encantado. Por lo general, dice, me defrauda. Es lo que tiene el exceso de expectativas. También disfruta mucho cuando alguien importante esta dirigiéndose a una concurrencia y sólo la mira a ella. Chorradas así como de niña sedienta de autoestima. Pero, de pronto, me encuentro con la siguiente perla: 

"Me doy cuenta de que es algo pecaminoso en mí, pero no puedo evitar sentir un gran placer cuando me entero de que a una persona que detesto le ha ocurrido una desgracia." 

No por poco confesada deja de ser una de las sensaciones placenteras más universal. Por mucho que tratemos de ocultarlo tras bonitas máximas cristianas, la cruda realidad es que decir que detestas o, simplemente, que no te gusta alguien, es estar albergando un deseo íntimo de que a esa persona se la lleve el diablo. Que se estrelle con el coche o le diagnostiquen un cáncer. Luego, al enterarnos, decimos que, pobre, que no es que no se lo haya estado buscando, pero no me gusta hacer leña del árbol caído, y bobadas por el estilo, que sólo son palabrería para despistar a los demás, y a uno mismo, de los inmundos sentimientos que alberga nuestra alma. Por eso me parece muy valiente la confesión de Sei. 

Y en esas reflexiones estaba cuando llegó un BMW y se bajo una señora por los cincuenta vestida con bata blanca. Entró al bar dejando el motor del coche en marcha. Me cagué en sus muertos, pero haciendo de tripas corazón seguí en lo mío. 

"Todavía es más placentero para mí cuando a una persona que quiero le sucede algo bueno. Más placer, incluso, que si me sucediese a mí."

La primera oración, vale. La segunda inmediatamente me sugirió: prevención a destiempo, malicia arguye. Y aunque fuese verdad, que no, ¿qué necesidad hay de publicarlo? Es de una elegancia perruna, husmeaojetes. La baja condición del adular con mentiras. Quizá si Sei se hubiese metido en el tunel del tiempo y hubiese llegado hasta La Rochefoucauld, no habría metido la pata:

"Cada ser humano se prefiere a sí mismo incluso cuando parece sacrificarse por otro, y ese pecado original de amor propio corrompe cualquier esfuerzo virtuoso."

 Y así fue que ya no podía más con el ruido del motor y me preparé para marchar. Pero en ese instante salió la señora de la bata y le dije que por qué dejaba el motor encendido. Con una sonrisa de oreja a oreja y un gestito  con los dedos indice y pulgar me manifestó que porque sólo era un momentito. Veinte minutos de nada. Bueno, si se iba yo me quedaba, pero, ¡maldición!, en ese momento aparcó un tractor y también dejó el motor encendido. No lo pensé más y me largué. Cincuenta metros más allá, frente a la puerta del consultorio médico, estaba el BMW de marras. La doctora, claro, pensé juntando las piezas del puzzle. En fin, bastante desgracia tiene la pobre, medicucha de mala muerte.         

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