domingo, 6 de noviembre de 2016

El hechicero

El Santo Padre de Roma, título que, ya de por sí, nadie que se pare a pensarlo podrá evitar el descojonarse, ha dicho: no entiendo por qué los Estados tienen dinero para rescatar bancos y no lo tienen para atender a los refugiados. Bueno, es lo que se puede esperar de un Santo Padre peronista, y acaso también perista, que dé a Dios lo que es de Dios y, también, lo que es del Cesar. 

Pues bien, quizá no ande descaminado y a los hechos me remito. Si tomásemos como centro este mismo sitio en el que estoy escribiendo y desde él trazásemos un círculo de cien metros de radio nos encontraríamos que en su interior hay al menos una docena de templos a cual más cuidadosamente conservado y, también, más vacío de fieles. Una ecuación, por tanto, que exige incluir els diners del Cesar para ser resuelta. Y, si no, ¿díganme ustedes cómo?

Personalmente, no me molesta nada, sino más bien lo contrario, que el Estado se esfuerce por conservar el patrimonio eclesiástico. Esas torres en mitad de la llanura son una referencia inestimable. Las veo en la lejanía y puedo calcular lo que tardaré y me cansaré antes de llegar al próximo reparo. Y una vez en él puedo respirar el aire de cohesión y trascendencia que su sombra cobija. Esos mamotretos anacrónicos son en gran medida el quién soy y de dónde vengo de las comunidades. El tótem en el que está esculpida su historia. Decenas de generaciones celebraron en ellos sus rituales de paso. Son, todavía, los cimientos sólidos que necesita una comunidad que aspira a proyectarse más allá del presente. Eso sí, sin necesidad ya de un hechicero que les dirija, y ahí está el sentido de la evolución. Paradojas de la vida, nada como la sólida tradición para acunar espíritus libres y abiertos a las novedades que lo son. 

El Santo Padre Peronista es ya, por tanto, el hechicero que nos sobra. Nos podemos arreglar de maravilla con un discreto funcionario que conozca las reglas de los ritos. Y, sobre todo, que en boca cerrada no entran moscas. Por no hablar de lo poco que tienen que ver los cojones con el comer trigo. En fin, con un tipo que sepa besar el suelo por donde el Cesar pasa.    

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