martes, 29 de noviembre de 2016

Perros

Cuando murió Franco, ¿recuerdan?, los locutores de la televisión -sólo había una- rivalizaban por ver quién era el que la decía más gorda. Hubo uno que, llevado de su fervor por la coyuntura, dijo que la televisión se había convertido en reclinatorio y altar. Fue una afirmación que al instante me taladró los sentidos para quedar gravada a fuego en el disco de la memoria. Difícil conseguir metáfora con semejante conjunción de retorcimiento, cursilería, meapilismo y, sobre todo, de fidelidad perruna que, a la postre, es lo que mejor define la relación del dictador con sus paniaguados. Ya saben que los perros resisten mucho junto a la tumba de su dueño. Todos los días nos lo recuerdan los periódicos con tintes admirativos y laudatorios. Seguramente tiene que ver en ello la nostalgia por la Edad de Oro, cuando no existía las palabras tuyo y mío -nos lo recuerda D. Quijote-, más que nada porque al ser todo del mismo no hacían falta para nada. 

Ahora, en estos días que corren, se murió otro dictador y las televisiones afines, Cubavisión y Telesur, andan a ver cual de las dos se esmera más en lamer el culo del interfecto. Todo, ambiente bon enfant. Los perritos falderos, que eran unos cuantos millones, compiten por ver quien sobresale con su anécdota entrañable. No faltan los milagros, claro, pero lo que más abunda es la moraleja moral, valga la redundancia. Escuché una, por cierto, que de inmediato pensé que valdría la pena deconstruir: alguien contaba que, preguntado el tirano por lo que se necesitaba para ser su amigo, éste contestó sin pensárselo dos veces que sólo ser decente. 

Ser decente, ni más ni menos. Tremenda contradicción, compañero, ser amigo de un matarife y decente a la vez. Porque esa es la cuestión, que se mire por donde se mire, el señor Castro era un matarife de lo peor que dio la historia en los últimos años. El tipo, siguiendo aquel consejo que le dio un monje a un rey catalán, cortaba la cabeza a todo el que sobresalía. Un procedimiento que no falla, desde luego. Y por donde se puede deducir que para el señor Castro, como para cualquier otro matarife, no había otra forma de ser decente que el no sobresalir. 

Y en habiendo llegado hasta aquí, a esta extraña forma de relacionar la amistad con la decencia y el sobresalir que es consustancial al tirano, cabe preguntarse, por aquello del conócete a ti mismo, de qué manera conjugo yo esos tres conceptos en mi diaria cotidianidad. ¿Acaso me considero un tipo decente? Y si es que sí, ¿exijo que mis amigos lo sean? Y lo principal, claro, ¿en que me baso para tales apreciaciones? Porque sabido es que al margen del mayor o menor respeto que tengamos por las tablas de la ley en nuestra pretendida decencia hay siempre un regusto de superioridad moral. Una pulsión tiránica, por así decirlo, que necesita de mucha técnica socrática para ser identificada y, después, controlada. Y en tanto llega esa dificultosa epifanía solemos llevar muy mal que nos hagan sombra. Es muy frecuente, por tanto, que nos dediquemos a escrutar al que nos supera por ver si así encontramos algún demérito en él que nos permita seguir albergando nuestro sentimiento de superioridad. Necesitamos, para resumir, matar al que sobresale. Que no otra supongo que debe ser la esencia de la inmadurez. 

Sea como sea, después de un rato tratando de reflexionar sobre estas cosas lo único que uno saca en limpio es que la única relación de amistad pura para los no evolucionados es la del hombre con el perro. No hay, creo, mejor metáfora del impulso tiránico. La fidelidad acrítica.  

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