viernes, 4 de noviembre de 2016

Yo, la estulticia

"Para que el hombre pudiese tomar resoluciones dignas de él -pues está llamado a manejar los asuntos de la vida- debiera agraciársele con un poquito más de razón. A tal fin me llamó Júpiter a deliberar y, como en las demás cosas, le di un consejo digno de mí. Le sugerí que le diera una mujer -animal en verdad estulto e inepto, pero lleno de gracia y dulzura-. Su presencia en el hogar sazona y endulza con su necedad la rigidez del talante varonil. La duda que Platón parece abrigar sobre si se ha de catalogar a la mujer entre los animales racionales o los brutos, no busca más que mostrar la superlativa estupidez de su sexo. Y si alguna mujer, por casualidad, quiere ser tenida por sabia, no consigue más que ser doblemente estúpida, como si -mal que le pese a Minerva- alguien arrastrara a un buey a luchar en la palestra. Pues, en efecto, todo el que contra la naturaleza violenta su modo de ser y adopta unas cualidades aparentes, duplica su defecto. Ya lo dice el refrán griego: <<Una mona es una mona, aunque se vista de púrpura>>, y una mujer será siempre mujer, es decir, necia, cualquiera que sea la máscara que adopte. 

Creo, no obstante, que las mujeres no son tan tontas como para enfadarse conmigo por el simple hecho de que yo misma, mujer, la Estulticia, les reproche su necedad. Pues si lo piensan bien, se darán cuenta de que gracias a la estupidez son en muchos aspectos más afortunadas que los varones. Tienen en primer lugar el encanto de su belleza -que ellas saben estimar por encima de todo- con cuyo hechizo tiranizan a los mismos tiranos. ¿No es acaso el talante de cordura el que impone al varón esa apariencia de desaliño, la piel de oso, la barba hirsuta y el aspecto prematuro de viejo? ¿No mantiene la mujer las mejillas tersas, la voz fina, la tez delicada, recuerdo constante de la perpetua juventud?

¿Y qué otra cosa buscan en esta vida más que agradar lo más posible a los hombres? ¿Con qué fin, si no, tanto cuidado, tanto maquillaje, baño y peinado, tantas cremas y perfumes, y ese componerse, pintarse y ensombrecer la cara, los ojos y el cutis? Y pregunto, ¿no es esa loca coquetería la que las hace imponerse a los hombres? Nada hay que los hombres no toleren a las mujeres. Y ¿a cambio de qué? Sólo el placer. Sólo su loca coquetería es lo que les agrada en ellas. Pues nadie negará -piense de ello lo que quiera- la sarta de tonterías que dice un hombre a una mujer y las bobadas que hace cuando trata de conquistarla y poseerla." 

Mi querido Erasmo, qué los dioses te perdonen. A quien se le ocurre ir por ahí haciendo de sofista. ¿Es que, acaso, no tuvimos ya bastante con Luciano? Ten en cuenta que a los niños hoy ya no se les separa de sus madres nunca para que no se pueda caer en la nefanda costumbre de obligarles a hacer deberes escolares en casa. Que jueguen toda la tarde en el jardín a resguardo de cualquier aburrimiento engendrador de curiosidades destructivas. Imagínate que dan en caer sobre ti y acaban por entenderte. Qué economía de mercado iba a resistir una sociedad de hombres libres y de criterio independiente. A quién le iban a vender todas esas esas motos averiadas si todos supiesen distinguir lo que va del signo al significado. No, el mundo necesita imperiosamente defenderse de malignos como tu. El mundo necesita, en definitiva, masas de gente caprichosa que nunca se sacie de soma. Masas ingentes de epsilons, sí, que limpian con agrado las letrinas porque saben que eso les permitirá ir de veraneo a la Rivera Maya. Porque, ¿sabes?, alguien tendrá que limpiar las letrinas, ¿no?, entre otras muchas tareas muy necesarias y que para nada se benefician de que, quienes las ejecutan, posean profundos conocimientos semiológicos. No, mi querido Luciano, digo Erasmo, el mundo necesita de partidos socialistas, feminismos y todo tipo de ideologías que so capa de defensa del igualitarismo contribuyen decisivamente al mantenimiento de las imprescindibles diferencias entre los humanos, garantía, a la postre, de la salud del sistema. Un mundo de sabios, ¡qué barbaridad! ¿Quien se iba a reproducir entonces? En cuatro días se cerraba el chiringuito. No, no, por todos los dioses omnipotentes, que triunfe la necedad en el mundo para que todos seamos felices. Cada uno a su manera, que ya lo cantaba como los mismísimos ángeles el bueno de Frank Sinatra.  

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