miércoles, 23 de noviembre de 2016

Rifle, Pony and Me



Hace más o menos treinta años que empecé con lo de la música y tal es hoy el día que puedo decir que todavía no he conseguido tocar nada que suene como Dios manda. Claro que empezar con una cosa así de sofisticada a los cuarenta años es, como dicen los catalanes, para hacérselo mirar. Lo que sea, en fin, pero una cosa sí que les puedo asegurar, que lo único que he hecho en esta vida a lo que no puedo poner ningún reproche es precisamente esta especie de locura que consiste en querer diferenciar los sonidos y encontrales un orden apropiado para que suenen como me dé la gana en cada momento. Ya digo, poco he conseguido hasta ahora sobre el particular, pero estoy muy satisfecho con ello porque ese poco ha traído aparejada una larga serie de beneficios de tipo espiritual que son los que, a la postre, hacen la vida deseable. 

Se me ha ocurrido contarles esta intimidad porque he visto en un periódico una lista de actores que también son músicos. Marlon Brando, Clint Estwood, Audrey Hepburn, Woody Allen, Cary Grant, Eddie Murphy, Hugh Laurie, Jeff Bridges, Marilyn Monroe, Paul Newman, de lo mejorcito en cualquier caso. 

El caso es que cuando aquella mítica Edad Dorada, hasta antes de ayer como quien dice, que tanta nostalgia les produce a los quejicas, el estudio de la música era pieza central de cualquier educación académica. El Triviun, el Cuadrivium y todo aquello. Comparada con la gramática y la aritmética, las otras dos piedras angulares, la música parecería una enseñanza tirando inútil. O puramente dionisiaca. Pero no, nada más lejos, su dios es precisamente Apolo, el de la lejanía clarividente. Hay que haber andado un poco en esto para darse cuenta hasta qué punto un aprendizaje tan sofisticado influye en la forja del carácter. El penoso avanzar hacia un objetivo incierto exige disciplina, voluntad y concentración, por un tubo. Y mientras tanto, cuando tomas un respiro y miras por la ventana ves a los amiguitos jugando a la pelota en el parque. Y eso, desde luego, ayuda a tomar conciencia de sí mismo. De ser individuo, sujeto de limitaciones a juzgar por la desventajosa relación entre el esfuerzo y el rendimiento a corto y mediano plazo. Cualquier otro aprendizaje en el que te empeñes te producirá beneficios tangibles en un plazo mucho menor. 

Al aprendizaje de la música, es en definitiva, el pacto con el diablo que tan bien supo explicarnos Thomas Mann en su Doctor Faustus. Avanzar por el lenguaje de las emociones hasta convertirlo en el de la razón pura. Al final, toda sensación está producida por una mecanismo perfectamente identificado y, por tanto, es fácilmente reproducible. Por eso el Doctor Faustus al final se queda en blanco, porque ya no tiene nada que añadir a su comprensión de la realidad. 

El domingo pasado caí sobre una de esas series policiacas que están de moda. Bonitos paisajes, una protagonista angustiada, unos secundarios guapos, más de lo mismo en definitiva, pero no me podía desenganchar: era por la música. Para mí, a estas alturas, tres cuartas partes del arte cinematográfico reside en la música. Sin ella, se me antoja, la manipulación psicológica del espectador sería mínima.  



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