jueves, 24 de noviembre de 2016

Ce n´est pas mal


Ce n´est pas mal. Morir con las botas puestas. Y al ser posible en un hotel de cinco estrellas de la capital. Y para mayor regodeo llevándose a la tumba el odio de la chusma que, no lo olvide nadie, es un capital infinitamente más preciado que el respeto de los justos. 

Porque esa es una cuestión que siempre me ha parecido de la mayor relevancia: ¿qué hay que hacer para ganarse el odio de la chusma? Sin duda hay que estar en posesión de algún tipo de don divino. Como Jesucristo que en buena medida es lo que es gracias a los escupitajos que le lanzaba el populacho cuando subía de excursión por el monte Calvario. Claro, un don divino y unas cuantas bagatelas humanas para redondear. Por ejemplo, haber nacido en una familia acaudalada y en vez de ser relleno de revistas del corazón haberse dedicado a culminar un par de carreras universitarias. ¡Insoportable, por Dios! Porque el dinero, pase, que los ricos también lloran, pero si encima es inteligente y voluntarioso, eso, ya, pide apedreo. 

El apedreo de la chusma, combustible indispensable para ascender a los cielos y descender al tercer día convertido en Redentor. Y la chusma sin saberlo, porque no sabe nada de nada que no sea odiar. Es el papel que le reserva la naturaleza. Y yo la comprendo perfectamente porque soy fisiólogo de profesión y sé que, por ejemplo, se necesita de una cierta intoxicación de anhídrido carbónico para que los pulmones se lancen a respirar con fuerza. Así, sin el odio de la chusma las élites que tiran del carro del progreso tenderían a la molicie y en cuatro días todos en coma. Justo a lo que aspiran los odiadores por aquello del consuelo de los necios.

Una más, en definitiva, de las grandes contradicciones de la naturaleza humana: conseguir lo contrario de lo que se pretende. Aquello a lo que odias, lo engrandeces. Aquello que comprendes, lo estabilizas. Aquello que amas, lo destruyes. Y no por otra cosa es que las élites cada vez lo sean más y la chusma cada vez pinte menos. Cuestión todo del manejo de los odios y los amores. De saber o no, de poder o no, verse en los espejos que siempre tenemos delante de nosotros.

Pero, en cualquier caso, no está nada mal lo de morir con las botas puestas en un hotel de cinco estrellas de la capital. Es un buen comienzo para una nueva vida de Mesías.
 

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