Efectivamente, en estos tiempos que corren, a efectos de cigüeñas, todos los días son San Blas. Porque ya no van y vienen que era lo bonito. Hay quien lo achaca al calentamiento global que, todo hay que decirlo, es una especie de cajón de sastre en el que lo mismo cabe un roto que un descosido. No les vamos a llevar la contraria porque buenas ganas. Aunque, ayer, al ver el despliegue, pensé que más bien que global es local, porque se me ocurrió que quizá las cigüeñas tomaron tales posiciones por estar algún grado más elevada la temperatura en el centro que en los aledaños donde suelen reposar. Por ser mayor la concentración de calefacciones en el centro y no por otra cosa. Y es que esta noche, curiosamente, ha sido la primera del otoño en que los termómetros han alcanzado el cero.
Por otra parte, la vaguería cigueñil también puede que esté relacionada con la facilidad para alimentarse que por aquí encuentran. No hace mucho vi por la televisión local a un lobo haciendo de comensal con una cigüeña en el estercolero de Zamora. No les separaba ni un metro. Y tan pichis los dos. Calor y comida, pues dolche farniente. Para qué, entonces, pegarse esos viajes tan penosos. Y así es, que va uno de gira por los campos de la Nava y acaba pensando que más que nada son una jodida plaga. Como las ratas o las palomas. O los perros en lo que a mi concierne.
El caso es que entre la comida fácil, el calentamiento global o local, que no sé, los centros de interpretación de la cigüeña que crecen como hongos en los pueblos con sus nidos prefabricados, y tal, el mítico animal no se siente ya motivado para ir a Paris a por niños, lo cual debiera ser motivo de profunda reflexión y, más que nada, por el espinoso asunto de las pensiones. ¿Acaso, no debiéramos probar a ponérselo un poco más difícil?
En fin, el mundo va como va y todo es metáfora de todo. Y al final pasa lo que pasa, que quitas los deberes escolares y de rebote las cigüeñas se niegan a traer los niños de París.
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