"No puedo soportar a una mujer que lleva mangas de diferente anchura. Si viste varias capas de ropa, el peso añadido en uno de los lados hace que todo el conjunto se incline y parezca poco elegante; si está vestida con ropas de tejidos gruesos, el desigual peso impide que cierren adecuadamente por delante, y todo esto es muy desagradable. Cuando una mujer lleva vestidos con diferentes mangas toda su ropa debe ser cortada en el mismo estilo.
Las ropas más elegantes, después de todo, son las que tienen las mangas iguales como han sido desde siempre. No me importa que ambas mangas sean muy anchas, aunque tal estilo resulta muy extraño para las cortesanas en las ceremonias oficiales.
La moda de la diferente anchura de las mangas es igual de poco atractiva tanto para mujeres como para hombres, ya que produce un efecto desgarbado. Sin embargo hoy día todo el mundo viste así, lo mismo para las ceremonias oficiales que para un vestido veraniego. Desde luego que la gente importante y que marca tendencias viste de una forma poco apropiada."
Les parecerá que los párrafos que les acabo de trascribir son una bobada, pero seguramente dejarán de pensar así cuando sepan que fueron escritos en la última década del primer milenio. Pertenecen al "Libro de la Almohada" de Sei Shönagon, una dama de compañía de la Emperatriz del Japón por aquellos ya lejanos años.
El Libro de la Almohada, que yo desconocía, me lo envió Jacobo hace años. Desde entonces es uno de mis preferidos y sería felicísimo si, como Jacobo, pudiese leerlo en su lengua original. Pero me tengo que contentar con una versión en inglés que desde luego me parece infinitamente mejor que la que conozco en español, editada, por cierto, por Borges. Pero, en fin, pelillos a la mar, que lo que importa es la cantidad y calidad de la información histórica que contiene, pero, sobre todo, su capacidad para sugerir la reflexión sobre multitud de asuntos universales y eternos de la humanidad que nunca encuentran, ni seguramente encontrarán nunca, su punto de reposo. Porque, les diré, si hubiese sido yo el encargado de titular este libro sin dudarlo le hubiese llamado "La Mujer".
"Cierto día escribí un poema en mi diario que me dejó particularmente satisfecha. Desgraciadamente una de mis doncellas lo vio y se puso a recitarlo con pésima gracia. Realmente es horroroso cuando alguien destroza un poema por recitarlo con un sentimiento inapropiado."
La mujer, por lo menos las que yo conozco, o creo conocer, son todas así. Obsesionadas siempre con los pequeños detalles, las pequeñas preferencias, las pequeñas sensibilidades. Y el odio por lo burdo. Sobre todo por la chusma. Por eso su relación con los hombres nunca consigue encajar como las piezas del lego. Porque al hombre, por lo general, le trae sin cuidado todo lo que no sea dominar el mundo. Por estas manifiestas diferencias supongo que es que se dice en la relaciones entre los géneros que el hombre posee y la mujer se entrega. Se dice, claro, para crujir de dientes de las viragos que, en lo que hace a las eternas lolítas, no hay nada que objetar y más que fuera.
El caso es que en lo que a mí respecta creo que nunca dí con nada que me diese tanta noticia sobre el verdadero ser de la mujer. De la mujer eterna. Y por eso, cada sí y cada no, tomo y retomo este libro -muy parecido en su factura por cierto, al Cuaderno Gris de Pla o las Crónicas del desasosiego de Pessoa- para ver si consigo, que buena falta me hace, mejorar un poco el conocimiento del género contrario para, así, ganar en empatía, que le dicen ahora, y no tener que discutir tanto.
No hay comentarios:
Publicar un comentario