En realidad, ya desde de la noche de los tiempos, el hombre sabe de qué va este rollo de la vida. Fue muy sencillo el hallazgo: sólo hizo falta que unos cuantos señoritos sintiesen el zarpazo del aburrimiento para dar con la clave. O sudabas o te morías. Había por tanto que dar con la ascensión infinita. Con la agonía inextinguible. Con la montaña mágica de cima incierta.
Tao fue siempre una noción sin nombre.
Cuando hubo necesidad de mencionarlo, entonces, se le dio un nombre.
El que sabe dar nombres debería saber que existe lo innombrable.
Conociendo esto, conoce lo que no perece.
Dieron siete vueltas al planeta, cazaron cien mil leones, levantaron torres hasta el cielo, y sólo constataron que, al finalizar, les quedaba tiempo por delante. Tiempo vacío. Agujero negro que les atraía hacia sí. Y empezaron a presentir donde estaba la montaña que buscaban.
Sin ir más allá de nuestra puerta,
Podemos conocer el mundo entero.
Sin asomarnos a ningún balcón,
Contemplar el Tao del cielo.
Cuanto más nos alejamos,
Menos conocemos.
Luego el Sabio todo lo conoce sin trasladarse;
Todo lo ve sin haber mirado;
Todo lo cumple sin haberlo ejecutado.
Empezar la ascensión apoyado en cualquier espejo. Todos, absolutamente todos sirven, para avanzar unos pasos y perder el resuello. Parar a tomar aliento y restañar las heridas. Y vuelta a empezar. El secreto es no rajarse.
El que conoce a los otros es hábil;
El que se conoce a sí mismo sabio.
El que conquista a los otros es fuerte;
El que se conquista a sí mismo, poderoso.
El que sabe contentarse es rico.
El que mantiene su propósito es firme.
El que no se desvía, permanece.
El que puede morir, más no perece, tendrá longevidad.
Y colorín, colorado, si vivimos de ilusiones este rollo es muy pesado.
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