viernes, 11 de noviembre de 2016

Milonga.

No me vengas con esa milonga. O como decían las Cabanas, unas señoras en cuya casa pasé parte de mi infancia y adolescencia en régimen de pupilo, lamento de cabrón. Cosa de argentinos que es que no hay quien les gane a parecer que tienen toda la razón cuando no tienen ninguna. Lamentos de cabrón, cornudos y apaleados, eso es lo que cantan las milongas y los tangos. Y por esa habilidad, o mal gusto, es por lo que nada extraña que pasase lo que pasó el siglo pasado en el país que de entre los más ricos del mundo se fue a los de cola. Porque sabido es que no hay sitio por donde más se vaya la fuerza que por la boca. 

Pero el caso es que el que mucho habla, al menos, crea lenguaje. Y así ha sido que los argentinos han dado al mundo la palabra milonga como sinónimo de no estar diciendo cosa de sustancia cuando parece que se está desatando el nudo gordiano de la incomprensión. El aparente triunfo absoluto de la razón cuando sólo es el de los sentimientos. La típica impostura, en definitiva, del querer vivir del cuento. 

Pues bien, circula por ahí una milonga que cada vez que la escucho me parto de risa. Y es esa que canta que la generación de nuestros hijos va a ser la primera que va a vivir peor que la de sus padres. Discúteselo tú a una pandilla de tertulianos y acabarás con la yugular como un bebedero de patos. Los niños ya no tienen empleos de por vida. Les es difícil quedarse a vivir en la ciudad que les vio nacer. No se podrán comprar un piso hasta que sean viejos. Una batería de razones incuestionables que, eso sí, parecen todas salidas del argumentario de un manual del perfecto muerto viviente. Para esos tertulianos parece ser que los de la generación de los padres actuales, la mía, han pasado por la vida chupándose el dedo. 

Hay que ser muy imbécil, la verdad para no darse cuenta hasta que punto la generación de nuestros hijos es privilegiada con respecto a la nuestra. Para empezar tienen que realizar un esfuerzo mucho menor para tener el mundo a su alcance. El mundo a su alcance, es decir el acceso al conocimiento. Los medios de aprendizaje que tienen hoy los chavales son los equivalentes a los nuestros multiplicados por cien. El que no aprende hoy es porque es un necio y tiene por padres a unos verdaderos insensatos. La gente normal, desde luego, en mayor o menor medida, aprovecha las oportunidades y no por otra cosa es que el mundo de ahora es mil veces mejor que el de mi infancia. ¡Pero, por Dios, si los jóvenes de ahora ni siquiera saben lo que son los sabañones!

Milongas y más milongas de tanto mirarse el ombligo. De tanto no saber reconocer que estás muerto cuando no te estás esforzando por aprender algo nuevo. De tanto echar la culpa a los demás de lo que sólo tú la tienes. De tanto creer, en definitiva, que el niño de papá y mamá es el rey del universo. 

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