sábado, 5 de noviembre de 2016

Campo de malvas



En la cadena de televisión local de Palencia tienen por costumbre emitir todos los días a las ocho de la tarde una hora de lucha del bien contra el mal. Reconozco que estoy enganchado a esa hora y si algún día, por haber una emisión especial, falla, me siento fatal, como si el camello no se hubiese presentado al suministro cotidiano. Y es que si esa droga está bien cocinada produce un baile de emociones fuertes que, a la postre, dejan el sistema nervioso, sobre todo su parte parasimpática, como un campo de malvas meciéndose a las caricias de una suave brisa tardoprimaveral, por decirlo de la forma más cursi posible. 

Buena cocina la que vamos degustado: Poirot, Holmes, Maigret y, ahora, una serie italiana, Distretto di Polizia, que nos hace recorrer a diario las calles de la Roma menos turística en pos del mal. O, mejor, en pos de ese lado oscuro de la vida que al ser aflorado a la luz nos hace descubrir que más que nada es simple y pura patología mental de la que nadie está exento al cien por cien. Ni aun al noventa, bien sure.

El mal y la patología mental, esa especie de pleonasmo. ¿En dónde debería acabar la labor de la policía y empezar la de los psiquiatras? Sin duda, cuando el mal está encarcelado. Hasta entonces, nada más estúpido que la compasión. Y esa es la gran cuestión, que por puras necesidades de supervivencia nos vemos obligados a maltratar a los que ya lo han sido de origen por la madre naturaleza. Es difícil comprender estas cosas, pero más difícil todavía aceptarlas como tal una vez comprendidas. El mundo, la vida, es terriblemente injusta con los desgraciados en general y con los desgraciados mentales en particular, pero ¿cómo podría ser de otra manera si los locos es el espejo en el que más miedo nos da mirarnos? A saber lo que podríamos descubrir de nosotros mismos si lo hiciésemos. 

 En fin, en cualquier caso hay que reconocer que es tremendamente excitante seguir el curso del mal y ver como al final es vencido por el bien. Eso es lo que cuenta, una batalla más ganada en una guerra que en el fondo de nuestro ser sabemos perdida de antemano. Y no por nada, sino porque, todos sin excepción, a nada que sentimos el zarpazo del aburrimiento, salimos corriendo, totalmente poseídos por nuestras carencias mentales, a echar comida al dragón. 
 
Total, que por lo que sea, lo que no se puede negar es que el género policíaco engancha y de qué forma. Seguro que la adrenalina tiene algo que ver en ello.  

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