lunes, 28 de noviembre de 2016

La notoriedad


Dice mi querido amigo Montaigne que la advertencia de que nos conozcamos a nosotros mismos debe ser de muy importantes efectos, porque ese Dios de ciencia y luz hizo inscribirla en el frontón de su templo en Delfos como queriendo darnos a entender que eso es todo lo que nos tiene que aconsejar. Platón, por su parte, nos dice que la prudencia no es otra cosa que la ejecución de esa ordenanza. Y si van a casa de Jenofonte encontrarán allí a Sócrates que nunca se cansa de desmenuzar este concepto. 

Conócete a ti mismo. Sí, pero cómo. Las dificultades y las oscuridades de cada ciencia sólo son percibidas por quienes se adentran en ella. Porque, además, hace falta cierta inteligencia para darse cuenta de qué es lo que uno ignora y, también, hace falta empujar una puerta para saber que nos está cerrada. No es fácil, desde luego, superar esa platónica sutilidad que consiste en no preguntarse, tanto porque uno cree que sabe, como porque ignora lo que no sabe. Y así es, por este no entender nada de nada, que diría Sócrates, por lo que casi todo el mundo vive satisfecho de sí mismo pensando conocerse todo lo que es necesario e, incluso, un poquito más. Sin embargo, algunos, como yo sin ir más lejos, hemos hecho del aprendizaje de esta ciencia nuestra profesión. Y es tal la profundidad y variedad que en ella encuentro, que el único fruto de este esfuerzo no es otro que darme cuenta de la enormidad de todo lo que me falta por conocer.

Total, que así las cosas, y dado que la Gracia Divina ha resuelto concederme una manutención más que de sobra holgada, no encuentro yo en que otra ocupación pudiera obtener mayores réditos y satisfacciones que en la de empujar la puerta de mi alma por ver si cede siquiera un pequeño resquicio por el que atisbar algo de lo que hay por dentro. Porque a lo mejor así suena la flauta y descubro los íntimos mecanismos por los cuales hago y digo con tal frecuencia tantas tonterías de las que luego arrepentirse. Es decir, ese sentimiento humillante que tira la autoestima por los suelos a la vez que invita a levantarla por métodos expeditivos que por lo general son tonterías mayores que las que intentas olvidar.

Así las cosas, no me quiero engañar. Mi afán de notoriedad, pretendida terapia de una autoestima pachucha, sólo encuentra alivio en la evitación de los ámbitos en los que la notoriedad se cultiva. En la vida social, que, con cuentagotas, so pena de mayores sufrimientos. Y así tendrá que ser mientras la reflexión que debiera promover la soledad no dé con la carencia que me hace tan vulnerable. Tan hipersensible al sentido del ridículo. En fin, este camino sin fin cuyo fin ya se vislumbra.

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