miércoles, 30 de noviembre de 2016

Divagando



Tierra de Campos

Sólo amo la naturaleza cuando está domesticada. Animales irracionales, los menos y al ser posible en el establo o en el plato. De los racionales, no más de diez por kilómetro cuadrado. Árboles, todos los que quieran si son para dar madera, sombra y fruto. Los campos, roturados y regados. Las malas hierbas, ornamentando las cunetas. 

Es un sueño que hago realidad muchas mañanas cuando agarro la bicicleta y abandono la ciudad. Pedaleo contra el frío y en escasos minutos ya sólo me vigilan las rapaces, esa policía de los dioses. Libre de urgencias, llego al primer reparo y busco por si hay una taberna. Si la encuentro, me introduzco en ella y pido una pitanza. Y mientras doy cuenta de ella dejo que me cuenten como fueron las últimas cosechas. 

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Amanecer en Calle Mayor

Me tiene muy intrigado cual puede ser la causa de la atracción que tiene esa antena solitaria para las cigüeñas. Apenas empieza a caer la tarde y ya se ocupa. Bastante después, empiezan a llegar otras que se ubican por las prominencias de los alrededores. Aquí y allá, un montón de ellas en posición siempre de inferioridad respecto de la pionera. De pronto, aparece planeando una que va directa al meollo. Se arroja sobre la pionera por ver si la desplaza. Pero nunca lo consigue. Y se larga desolada a perderse en el horizonte apagado. Luego, quizá, otra, o la misma, lo vuelve a intentar. Pero el poder está agarrado a su silla con garfios de hierro. Si hubiesen migrado, me digo, como es su obligación, se evitarían conflictos entre ellas. Pero la molicie que les procura la urbe les ha hecho caprichosas. Metáforas animales, en cualquier caso. Ya hay demasiadas. 

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