He visto que en varios periódicos anuncian a grandes titulares que el abuelo de Trump era proxeneta. Bueno, la periodista de la que parte la noticia dice que en realidad, proxeneta no, simplemente tenía hoteles y salones, como los de las películas del oeste, en los que había chicas de meter. Pero da igual que fuera lo que fuese porque la labor de zapa ya está hecha. Remontarse por los linajes lo mismo sirve para un roto que para un descosido en el mundo de los iletrados. Siempre sale de todo y, si no, que me lo digan a mí que lo mismo tengo uno que dejó construidos bellos puentes en los ríos de la Rioja que otro que fue propietario del famoso cabaré Las Columnas en la calle Las Cortes de Bilbao. El ying y el yang, que le dicen.
La realidad de todo esto que está pasando es que el tal Trump no tiene precio. Entre los miedos que mete a los unos y las esperanzas a los otros hay caldo de cultivo para miles de historias con gancho. En definitiva: los medios se forran sin tener que estrujarse el coco. De lo que vaya a pasar, sólo Dios lo sabe, porque las circunstancias moldeadoras de la realidad son tan imprevisibles como el clima: más allá de una semana todo son conjeturas. Acuérdense, no ya de Reagan, si no del mucho más cercano Bush Jr. que a los cuatro días de llegar le tiraron las Torres Gemelas y lo que iba ser aislacionismo se convirtió en mandar soldados a todas las cocinas del mundo.
Pero hay una cosa que sí sabemos que está pasando y es que hay una revolución en curso de proporciones desconocidas. Ahora no son decenas ni centenas de millones los seres humanos que quedan descolocados: son miles de millones. Uno de entre los más destacados artífices de esta nueva epifanía, Elon Musk, ha sugerido que sería bueno dar un sueldo a todo el mundo para paliar los estragos de la digitalización. Y esto es, en definitiva, lo que tienen que gestionar Trump y sus colegas de todos los colores del arco iris, el entretenimiento, y las frustraciones por tanto, de miles de millones. Miles de millones alimentados, calentados y vestidos, escupiendo su hastío hacia el cielo. Pulsión suicida colectiva, para que nos entendamos. Que nos guíe hacia el precipicio el que parece más dotado para ello: el más loco.
En fin, no creo yo que de todo esto tan vistoso vaya a salir nada que no sea un periodo corto de cierta volatilidad en los mercados. Ya lo dijo Nosequién, que las tragedias de antaño son las comedias de hogaño. Antes se mandaban a las levas de soldados a morir a tiros en las playas de Normandía y, ahora, se manda a las levas de turistas a morir de hastío en las playas de levante. Los métodos varían, pero el resultado siempre es el mismo: apartar a la gente que sobra para que no estorbe.
Interesante momento en cualquier caso y no para rasgarse vestiduras creo yo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario