Estaba el otro día tomando un café con leche en la taberna de Villamartín y no me quedaba más remedio que escuchar a unos Estentores que hablaban de pillar liebres. Que si pasan por el majuelo, que si ya apenas hay, que si el año pasado sólo ocho en todo el pueblo, me maravillaba lo que les daba de sí un tema para mí tan aburrido. Me recordaron mucho a los Proscritos de Alar. Para ellos los animales no sólo suponían alimento sino, sobre todo, elementos de confrontación con los que poner a prueba y calibrar las capacidades de supervivencia en un medio hostil. Convertían los paseos por el campo en un continuo rastreo de señales de vida oculta al común de los mortales. Nada muy diferente a lo que hace un semiólogo cuando tiene un texto de Eurípides entre las manos. Cada cual, así, tratando de despojar el lenguaje de los signos de todos sus disfraces para dar con su auténtico significado.
Estaba pensando en estas cosas porque no puedo ser insensible al machaque de los medios de comunicación con lo que se ha dado en llamar cultura del animalismo. Insisten hasta la saciedad los animalistas, como hacen los que quieren convencerse a sí mismos de algo, que los animales tienen conciencia y por tanto sienten y sufren. Pues mira tú qué bien. Y después de tan sabia constatación, ¿qué? Efectivamente los animales reconocen a sus dueños y señores, huyen de los peligros, chillan si les golpeas, rastrean a sus presas como los Proscritos y los semiólogos y, por lo demás, nunca podremos saber a ciencia cierta la concepción que tienen del futuro más allá del inmediato, pero tenemos más que fundadas sospechas de su absoluta ceguera al respecto, que no otra es la gigantesca distancia que nos separa de ellos a los humanos, más o menos, supongo, la misma que a los humanos nos separa de la idea que nos hemos construido de Dios.
Así los cosas, lo verdaderamente importante, creo yo, a la hora de considerar nuestra relación con los animales es el hambre que tienes en el momento que te pones a pensar en ellos. Ayer, sin ir más lejos, después de pedalear veinte kilómetros entre la niebla y con un frío glacial, llegué al kan de Dueñas con hambre de diez semanas. El camarero, amable a más no poder, me dijo que la paella estaba buena. Pues paella, le dije. Luego, me recomendó costillas. Pues costillas. Efectivamente la paella estaba muy buena, con todos sus animalitos marinos. Luego me trajo un cacho de costillar que no cabía en el plato, con sus patatas fritas, claro está. Me rechupé los dedos con los dos platos y, desde luego, en ningún momento tuve el menor movimiento de conmiseración hacia los animales que me estaba comiendo. Sólo disfrutaba con la plena satisfacción del deseo más primario, el de garantizarse la supervivencia. Una verdadera fiesta, desde luego.
Después, saciado como iba, a la altura del Soto Alburez me paré a contemplar las evoluciones de una pareja de rapaces que planeaban sobre la vega con una facilidad, o elegancia, olímpica. Puede que fuesen águilas ratoneras, o quizás reales. Nunca me paré a saber identificar esas cosas por parecerme un conocimiento irrelevante para mí. Lo que sí me gustó ver, porque me hizo pensar, fue la conmoción de la fauna del entorno que las rapaces habían producido. Hasta las gallinas de un corral que por allí había desaparecieron de la vista por arte de birli-birloque. Naturaleza en estado puro a la hora de comer: aquí te pillo, aquí te zampo. En eso consiste todo: el pez gordo se come al chico.
Por eso me dan mucha pena los animalistas. Y el Papa Francisco también. Hermano lobo, ¡ya te digo! Quizá a la que pasen unos millones de años la especie haya mutado hacia el espíritu puro, pero en tanto llega esa utopía celestial sólo un trastorno mental severo te puede hacer inmune, cuando tienes hambre, a las delicias de un costillar de cerdo a la brasa.
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