Yo no tengo días malos porque no soy mujer, ha dicho Mr. Putin. Que se lo digan si no a la Sra. May que ayer tuvo un día fatal. A la pobre, con su espondiloanquilopoyesis o lo que sea que parece que siempre está a punto de sacar, no le ha servido de nada el pase de modelitos con el que ha pretendido amenizarnos durante los últimos días. Es lo que tiene el género, que nunca se le va el pelo de la dehesa por muchas leyes que se dicten al respeto. Así, Mr. Putin tiene un par y la Sr. May una colección de Cocó Chanél.
Ahora bien, la naturaleza no tiene ley que no engendre sus excepciones. Así, ayer, no le salvó su enorme par a Mr. Trump de tener un día de perros. Es quizá por el inevitable contrapunto de la magnificencia, que se pierde la perspectiva de las cosas de comer. Fue un hermoso espectáculo de violencia de género en su sentido más autentico el que nos retransmitieron ayer desde Capitol Hill. Dos toros, a cada cual con su par más grande, enzarzados en una lucha de final incierto... pero yo que Trump tendría las maletas a mano.
Por lo demás que cada loco siga con su tema. Que no por eso las mujeres van a dejar nunca de usar trucos para tratar de acentuar su lordosis lumbar ni los hombres de pirriarse por esa lordosis tan sugerente. Porque ya lo dijo el filósofo: la esperanza siempre acaba venciendo a la razón. Y no importa para ello lo descabellada que sea la propuesta. Si es, como suele pasar, la única tabla que vemos en la inmensidad del océano, nos agarraremos a ella con uñas y dientes. Que la tabla esté podrida no importa para nada, que lo único que cuenta es lo que dura dura.
En fin, lo dicho, que todo día malo tiene sus vísperas, pero también sus lecciones. Y los hay que las atienden y también a quienes se la bufa. Quizá sea porque, como dicen los gitanos, lo nuestro es genético.
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