Una famosilla de tres al cuarto -ni idea de a qué se dedica- ha dicho que lo del orgullo gay es una horterada y todos los periódicos importantes del país se han apresurado a resaltarlo en su primera página. Para que luego digan que estamos en la era de la postverdad. Ni mucho menos, son las verdades como puños las que parten el bacalao como nunca lo hicieron quizá por la aureola de heroicidad que conllevan.
En realidad siempre ha sido lo mismo. El mecanismo más poderoso de acumulación de capital siempre ha consistido en alienar a las masas con un supuesto tan falso como agradable a primera vista. Por eso, atreverse a desvelar el engaño es asegurarse la enemiga no solo de las masas alienadas que suplen sus carencias individuales con fantasías morunas sino, sobre todo, del cúmulo de empresarios del ramo que ven peligrar su chiringuito de mierda. Así es que cualquiera que vaya y diga que el rey va desnudo se la está jugando a base de bien porque por un lado está desmontando las fantasías morunas que son el sustento de la autoestima de los iletrados y por otro porque es un torpedo en la línea de flotación de una parte sustancial del PIB.
Lo que pasa es que todas esas fantasías morunas, u horteradas para ser más precisos, no son neutras en lo que hace a la convivencia. Generalmente se sustancian en la imposición de los alienados sobre los libres. De los del orgullo gay sobre los ciudadanos de bien sean o no sean maricones, que de todo hay y a nadie le tiene por qué importar lo más mínimo por donde le gusta meterla a cada cual siempre y cuando no quiera dar tres cuartos al pregonero que es la cosa de peor gusto que existe.
Sí, la pobre gente iletrada se lo traga todo porque también tiene su corazoncito y como cualquier hijo de vecino también quiere ser alguien. Así, si lo que se lleva es ser una loca, pues me hago la loca. Si es tener perro, pues me agencio uno y sostengo que me encanta recoger caquitas del suelo. Si hay que tatuarse, hasta en el prepucio si hace falta para destacar. Si hay que ir en bicicleta, pues que no me falte detalle para parecer Bahamontes. Lo que sea con tal de no reconocer la propia desnudez, no vaya a ser que me de por ponerme a estudiar y me quede más solo que la una.
Así que de postverdad nada, señores. Nunca el mundo letrado fue tan consciente de que ni dios, ni patria ni rey. Lo que pasa es que también sabe que para tener la fiesta en paz hay que dejar que corran las fantasías morunas, u horteradas, entre los desfavorecidos por la diosa Atenea. Ya dice la canción que hay que querer al tonto del pueblo. Por caridad, pero también por razón suficiente.
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