He salido temprano a pedalear. La temperatura no podía ser más adecuada y la brisa que soplaba de nordeste unas veces me ayudaba y otras me obligaba en función de los meandros del camino. Serían las diez o así cuando he recalado en La Behetría de Becerril. He pedido un miserable café -¡Dios, que ganas tengo de alzarme el entredicho que me tengo puesto a los pinchos de tortilla!- y he salido a la terraza a tomarlo. Mientras lo bebía, y dado que la conversación que mantenía la gente era sobre el equipo de fútbol local, me he puesto a leer un Diario Palentino que había por allí. Aparte de los inevitables folklores el periódico le dedica hoy especial atención a la sequía. El tema de los forrajes es una verdadera tragedia para esta gente. Las pocas hectáreas que se han podido malregar han bajado la producción de 4000kg a 500kg. Así la floreciente industria ganadera de la región no tiene ni para un diente y ha habido que recurrir a la importación. El típico viaje de ida y vuelta, aquí, tan acostumbrados a exportar a espuertas. Todas esas desecadoras de forraje diseminadas por la provincia, por supuesto, en el dique seco. Así, entre unas cosas y otras, las cuentas de la leche no salen y el recitado de lamentos no tiene fin. Claro, en el norte de Europa sigue lloviendo y como consecuencia de la liberación de los mercados al que dios se la da se tiene que aguantar y producir a perdidas porque en el computo general ni se nota que a ti te vaya mal. Bueno, cosas que pasan y que por supuesto no influyen en la afluencia a los bares de la comarca ni tampoco a la creciente categoría de los coches del paisanaje.
Salía ya de Becerril cuando he visto a una especie de gnomo que andaba como perdido en medio de la inmensidad. Me ha mirado de tal modo que no podido hacer otra cosa que parar a intercambiar unas palabras. Quizá tuviese cien años y no más de 1,30 de estatura. Con la gorra calada, un diente señoreando en solitario la cavidad bucal y sobre todo la mirada entre inquisitiva y desplicente. ¡Qué, aprovechando el buen día!, le he dicho. Me ha contestado con un sí seco. Hoy se puede respirar porque estos días pasados... Sí, me ha contestado, han sido unos días serios. Y no quiere llover, he continuado. Será que no hace falta, ha dicho esbozando una sonrisa burlona.
En resumidas cuentas que he seguido viaje con el viento favorable y pensando en el "será que no hace falta". Y es que nos hemos acostumbrado a que las cosas sean de una determinada manera y tendemos a creer, no pensar, que así tienen que ser a mayor gloria de nuestra codicia. Quizá la madre naturaleza esté cansada de que le echemos tantas mierdas encima y ha decidido que la única forma de pararnos es inutilizarse por medio de la sequía. No sé, porque es difícil hasta para el más sabio encajar unas cuantas piezas de este endemoniado puzzle que nos sustenta, pero, por dios, algo puede tener que ver el que tenga el cuerpo comido por las picaduras y el que este año no se hayan arrojado pesticidas en la región. En fin.
El caso es que antes vi en la tele a Swarzeneguer que ha venido a París para hablar con Macron de las cosas de la naturaleza doliente. Me ha recordado Reagan por lo bien y claro que se expresa. Ha dicho que así no se puede seguir. Que tenemos que aprender a vivir de otra manera. Etc., etc.. Seguro que al gnomo de Becerril le hubiera hecho mucha gracia de haberlo escuchado.
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