lunes, 12 de junio de 2017

Miserere

Tengo un vecino que es de libro. Por los ochenta, con cuarenta o cincuenta kilos de más y un discurso cataclismático. Me lo encuentro a todas horas en el portal o sentado en los bancos del bulevar, justo aquí delante. Todo es verme y empezar a largar espumarajos por la boca. Se ve a la legua que es su forma de compensar el ánimo alicaído. Yo, claro, le sigo la corriente porque buena gana de fatigarse tratando de razonar con un desesperado y, además, porque ya hace tiempo que llegué a la conclusión de que la queja es el psicotrópico más eficaz y barato para la más extendida de todas las enfermedades mentales, esa que consiste en no poder ver el mundo si no es a través del propio ombligo. 

Claro, para poder ver por el propio ombligo hay que curvar tanto la columna vertebral que no es extraño que se lancen aullidos de dolor. Y no por nada sino porque al forzamiento extremo de los ligamentos intervertebrales se le añade la muy desagradable visión de lo que tenemos dentro, directamente en los intestinos, o sea, una putrefacción galopante. ¡Qué le vamos a hacer!

Y es que, como escribió el poeta, a trueco de quejarse, habían las desdichas de buscarse. Nos comemos un plato de caricos sin tomar la precaución de masticarlos pacientemente y luego vienen las insoportables flatulencias de la digestión. Y ya tenemos tema para pasar la tarde entonando el miserere, apurar cielos pretendo. La vida, sí, es una mierda a nada que uno se aparta del fragor de la batalla. De luchar a muerte contra los demonios que nos tiranizan desde dentro de nosotros mismos a nada que te distraigas. Nada nuevo, desde luego, que no nos hubiese advertido ya el padre Astete. 

Sea como sea, el caso es que mi orondo vecino descarga su onerosa mercancía sobre mí o cualquier otro que se le ponga a tiro. Y es que el hombre está jodido. Ayer, cuando yo salía, trataba él de entrar cabalgando el último modelo de artilugio para inválidos. Espere, le dije, que le aguanto la puerta. No, si no es para mí, se apresuró a informarme, es para mi mujer. Jo, pensé, encima tiene una mujer inválida. No me extraña nada que lleve tan cuesta arriba la vida. 

En cualquier caso, no hay cosa que más pida cada mañana a los dioses omnipotentes que el que me permitan tener siempre presente que no hay nada más detestable que el relato de lo que vemos cuando miramos a través de nuestro ombligo. Con lo elegante que es subirse a un altozano, como hizo Wellington en Arapiles, y desde allí dirigir la batalla. Como si fuese un juego.  

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