La famosa frase atribuida a Sartre de que el infierno son los otros nunca había tenido tanta confirmación de veracidad como desde que existen los foros de internet. Podríamos pensar que con la práctica de los años esos sentimientos de rencor, odio, mala educación o, simplemente, pequeñez mental que se exhiben en tales foros se debieran haber ido diluyendo en un debate razonable y sosegado que aportase alguna luz a los problemas que escuecen a la sociedad, pero nada más lejos de la realidad: el enconamiento crece como la espuma y la filosofía del invento se reduce a dar la impresión de que el que más empuja más la mete.
Hace mucho que suelo pasar de fijarme en tales foros, salvo cuando hacen referencia a un par de temas que por motivos radicalmente diversos me afectan. Por un lado no soporto el uso que se hace de los perros y la infinita tolerancia social hacia el cúmulo de inmundicias que dejan en las calles y, sobre todo, en las mentes de sus mejores amigos, o amigas. Pero, en fin, voy a dejar de lado este asunto porque argumentar contra Hitler y su representante en la tierra, el Sr. Walt Disney, es dar testimonio de enajenación demoníaca.
Así que vayamos con el otro asunto: la bicicleta. El otro día estaba abriendo la puerta del garaje, ya de regreso de mi habitual gira matutina, cuando se me acercó una señora muy peripuesta y empezó a hacerme recomendaciones de todo tipo para que no me pasase nada en la carretera. Al final me dijo que era vecina mía y sentiría mucho que tuviese un percance, supongo que mortal. Claro, la cuestión estriba en que, en cierta medida, la muerte de un ciclista, tan mitificada por el cine en este país, está, a la hora de crear la tan rentable exacerbación emocional colectiva, robando protagonismo en los medios a lo que se conoce como violencia de género en los ambientes conservadores o machista en los socialdemócratas. En fin, digamos que la gente se cansa de unos fantasmas y hay que crear otros para que tomen el relevo, porque lo que no puede ser de ninguna manera es dejar a la gente a palo seco en la cosa de las emociones. Podrían ponerse a pensar entonces e imagínense el cataclismo que se pudiera producir.
El caso es que la convivencia en las calles y carreteras de las bicicletas y los coches es tensa a más no poder por razones de velocidad. Las unas frenan a los otros y eso a los otros les resulta insoportable. Son demasiados años ya señoreando el medio sin contrapartidas como para que no se haya producido una mutación neuronal en el sentido de aquí mando yo por derecho cuasi divino. Así, la mala leche que la sola visión de un ciclista produce en los conductores tiene mucho más que ver con el instinto animal que no con la razón humana. Difícil ecuación por tanto para ser resuelta con la simple buena voluntad de las almas cándidas. Yo, la verdad, siempre suelo pedalear en solitario y apurando los arcenes hasta la extenuación, pero observo y veo la fatuidad con la que van los ciclistas cada vez más numerosos en pelotones que ocupan toda la media calzada como si fuesen un peso pesado a velocidad de tortuga. Un coche que se les tope por delante en una carretera transitada o con curvas se ve condenado a ir a treinta kilómetros/hora como mucho hasta sabe dios dónde. Una verdadera tortura, desde luego, para alguien que no puede dejar de sentir que le han robado algo parecido a la libertad. Y, precisamente, todo eso es lo que rezuma en los foros. Y menos mal que existe tal válvula de escape porque si no...
Bueno, no veo yo que esto vaya a tener otra solución que la del desgaste emocional. Ésta de la bicicleta en manada, como la de los perros, son modas que pasarán. Y volverán por sus fueros los llaneros solitarios. Y en las ciudades ya se están poniendo medidas para la inevitable convivencia de los unos y las otras. Y el mundo entonces ya habrá encontrado otros leitmotivs para la imprescindible exarcerbación emocional de las masas iletradas.
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