sábado, 10 de junio de 2017

La montaña de sí mismo

Allá por los años ochenta del siglo pasado cayó en mis manos un libro sobre teoría de los sentimientos de un autor mejicano. Recuerdo que le di muchísimas vueltas. Me fascinaba el lenguaje que utilizaba porque me parecía sumamente poético, lo cual, tratándose de sentimientos podríamos decir que es lo suyo. ¿Porque cómo vas a emplear un lenguaje matemático para describir una cosa tan escurridiza?

En cualquier caso, supongo, tanto la poesía como las matemáticas comparten la intuición y la precisión, pero, claro, la una no precisa de la demostración y la otra sí. Aunque, la demostración de la verdad de la poesía quizá sea su perdurabilidad en el tiempo. Así, parafraseando a Borges, podríamos decir que el lenguaje que usamos es un fósil de la poesía. En fin, teorías para las que en absoluto estoy capacitado. 

Así todo, continuo con el asunto porque también tengo derecho a opinar y si me callo me aburro. Porque, en realidad, que es la literatura en su acepción más noble sino poesía. Una buena novela lo es sobre todo por la calidad de su lenguaje. El tema que trate puede tener su importancia, pero es el lenguaje que se emplea el que da verosimilitud y profundidad al tema. Hay que acertar con las palabras y hay que ser económico con ellas para describir lo que solo se percibe con el sexto sentido, el común. El menos común de los sentidos como todo el mundo sabe. 

En definitiva, desvelar a golpe de dardo certero una realidad que escapa al común de los mortales por falta de sexto sentido. Eso es lo que pienso que es más o menos la poesía. Y andaba hoy con estas cosas porque he leído, otra vez, un artículo de Savater que cada vez me parece ir más al fondo de si mismo para contarnos el mundo. El mundo de sus sentimientos que parecen estar al presente señoreados por lo aquel autor mejicano que les comentaba llamaba una dulce tristura, es decir, la melancolía. Como una especie de regodeo en la propia desgracia que de no ser tratada por el poeta sería un verdadero pestiñazo. Savater, siempre por lo general tan certero, lo es ahora todavía más, cuando intenta subir la montaña de sí mismo.

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