Escribe hoy Savater un bello artículo en EL PAÍS un poco en la línea de aquel anuncio que afirmaba lo bueno que sería que las vacas diesen leche con neskuit. Nos cuenta las reacciones que tenían los miembros de una tribu de Sudan del Sur que desconocían los espejos al ver las fotos que les hizo Leni Riefenstahl. Así soy yo, se maravillaban, porque al no tener espejos nunca se habían visto la cara a sí mismos. Pues bien, se lamenta el autor de que no haya una polaroid capaz de fotografiarnos la cara del alma. Así podríamos reconocernos mucho mejor en lo que de verdad somos. Es decir, la aspiración socrática por excelencia.
Conocerse a sí mismo es sin duda la más noble aspiración de la naturaleza humana. Tan noble como de muy difícil si no de imposible consecución, mucho me temo. Porque ¿cómo se hace eso? Quizá lo más aproximado sea la imagen de nosotros mismos que nos devuelven los demás. Pero ahí existen también dificultades insuperables. Empezando por la del amor propio que es una especie de filtro sutil entretejido de razones que aceptan o rechazan a gusto del consumidor.
Sin embargo, uno mira por ahí y ve vidas que se dirían más cumplidas que otras. Vidas pausadas, discretas y productivas. Y se adivina en ellas una como seguridad de origen, como si les viniese de marca el reconocimiento y aceptación de sí mismos en lo que realmente son. No han necesitado, por tanto, desperdiciar todos esos esfuerzos y tiempos en la reparación de una identidad que les hiere de continuo. El dichoso apuntalamiento de la autoestima que descalabra las más de las vidas.
Sí, cualquiera que haya andado un poco por los bosques sabe que el mayor peligro en ellos es toparse con animales heridos. Porque su instinto de supervivencia les empuja a atacar. Una vez más es lo que va del instinto a la razón que en vez de a atacar invitaría a huir. O a pedir misericordia. Pero qué le vamos a hacer si cada vez se venera más a los animales. Como si en sus comportamientos se quisiese ver un modelo para la salvación de la especie humana.
En fin, que no hay polaroid que valga cuando natura non da lo que Salamanca non presta.
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