jueves, 8 de junio de 2017

Ignacio

Uno se entera de toda esa historia del joven Ignacio Echeverría y se le revuelven las tripas. En las televisiones inglesas ni una sola referencia a él. Me supongo que hoy dirán algo para que no se les caiga la cara de vergüenza. Un chaval netamente europeo, como Erasmo. Asignarle otra nacionalidad sería rebajarle. 

En el mundo hay cada vez más yihadistas y podemitas, tal para cual, como nazis y comunistas, por una sola razón: que no es otra que cada vez hay más gente como Ignacio. Y es que la gente como Ignacio es la puntilla para todos los que quieren resolver su problema cambiando a los demás. En el fondo no es más que la eterna guerra civil entre la inteligencia y la estulticia. 

Una guerra que se sustancia en las infinitas batallas que se libran en el día a día. La valentía de la nobleza contra la cobardía de la ruindad. Lo que va de la academia al sindicato. Del esfuerzo a la triquiñuela. De la generosidad al rencor. Me lo sé al dedillo porque tengo memoria de mí y siento muy viva la vergüenza de haber militado tantas veces en el lado equivocado. Y por eso es que me escondo. 

Pero me queda el enorme consuelo de tener la casi certeza de que los Ignacios acabarán por ganar la partida. Y además por goleada. Y los necios se volverán todos al pueblo a profundizar en sus raíces. Que ya lo dijo el clásico: "dejadles, respondió a sus gritos, que tengan raíces y creencias y rencores, ya que no pueden tener otra cosa, pero que se vayan al pueblo".  En fin, ¡Gloria para Ignacio! Y sonrojo para el pueblo. 

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