domingo, 11 de junio de 2017

Una niña angelical

Será por lo que sea, pero llega un soleado y caluroso domingo de junio y lo que menos me apetece es atender a la propuesta de agarrar el coche para ir a la playa. Es más, la sola idea de tener que cumplir con ese rito me horroriza. El coche, la playa, San Lorenzo en la parrilla, se me antoja la idea más aproximada del infierno. Y el caso es que me pregunto, y trato de recordar, cuando fue que empecé a darme cuenta de que era la inercia la que me empujaba hacia ese destino pulguriento. Porque de niño, e incluso de adolescente, disfrutaba lo indecible, como si estuviese en una novela de los mares del sur. Pero estoy casi seguro de que ya en la juventud un poco ajada precisaba de la mariguana para mantener la ilusión operativa. Luego, en los inicios de la madurez, peor que ir a misa. Y sin embargo, aunque ocasionalmente, seguía asistiendo a esa celebración de los muertos vivientes, que diría Poirot. Pura inercia, pienso, o seguir la corriente, o huir de peores remedios, quién sabe. 

La playa digo y no sé en realidad a que me estoy refiriendo porque esa secuencia de progresiva desafección me sirve para multitud de aquellas, Fabio, en otro tiempo hermosas promesas de plenitud. Quizá no sea más que la propia vulgaridad de la vida que se va haciendo patente incluso a las mentes más abstrusas. Poco a poco el tamiz del interés se va haciendo más tupido y deja pasar menos cosas. Casi ninguna, la verdad y no es cosa de ponerse ahora a hacer recuento porque ya lo hicieron otros y está en los textos sagrados.

Así que hoy, con la primer luz del día me levanté, cerré las ventanas y bajé las persianas. De tal guisa la casa conserva todo todo el día el frescor de la madrugada y yo puedo andar por ella como si fuese un día normal de primavera. Incluso con una rebequita sobre los hombros para no estornudar demasiado que es que a estas edades cualquier aire se te lleva por delante. Un día, en definitiva, enteramente para mí a pesar de la ira de los dioses que quisieran verme seducido por su oferta de insustancialidades prometedoras. ¡Por dios, con todo el tiempo malgastado que tengo que recuperar! Más que Proust si cabe.    

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