No es que me vaya a convertir en fan como cuando lo de "Dr. en Alaska", pero les puedo asegurar que toparme con "El huerto de Renato" ha sido como abrir una ventana para que entre aire fresco en esta habitación llena de miasmas que es el panorama informativo. Renato enseña a los extremeños a cultivar con método un huerto. Desde luego que no es un pringao, ni sus dotes pedagógicas le han caído del cielo. Se ve de lejos que detrás de su aspecto ruraloide hay un hombre refinado y con estudios en la materia. Que eso es lo que tiene la modernidad, el no fiarse de la tradición porque sí, sino expurgarla de fantasías y apoyarse en la ciencia para dotarla de la consistencia. Al respecto, Renato lo borda. Y entre col y col te mete un relato que viene muy a cuento: ayer nos leía un pedazo de las memorias de Nelson Mandela donde cuenta como se las apañaba para cultivar tomates en el patio de la prisión. Un detalle, desde luego, cargado de un intenso simbolismo: con voluntad hasta en el infierno se puede uno construir un pedacito de cielo.
Renato no está sólo en su aventura. Va con su madre y con Jordi. Su madre, si no para otra cosa sirve al menos para que no se olvide que de casta le viene al galgo. Ella instala una mesa con un hule a cuadros rojos y blancos en mitad del campo, con su infernillo de gas o su turmix, y se pone a enseñar recetas de comida sensata. Todo ecológico, eso sí, y al ser posible integral. Yo, desde luego, desde aquí me apunto a ese tipo de comidas que parecen inspiradas en el "Ornamento y Delito" de Loos, que les comentaba el otro día. Eso es para mí la verdadera modernidad, la ausencia total de mariconadas. Y por si no quieren llamarse a engaño, ni caer en el mosqueo, respecto a lo que mariconadas son, les recomiendo escuchar a Louis CK en "Live at de Beacon Theater". En fin.
Jordi, por su parte, es lo que podríamos considerar un ayudante de campo. Recorre el territorio visitando todo lo que tiene interés agropecuario en su acepción minifundista. El pequeño criador, el pequeño hortelano que innova es entrevistado y, por así decirlo, desmenuzado, para que el espectador pueda sacar conclusiones útiles si por fin se decide a ser feliz, como dicen los chinos, cultivando su huerto. Ayer visitamos una granja de gallinas azules extremeñas. Bueno, para que se hagan una idea era como cuando se crían caballos de carrera. Con su pequeño laboratorio de genética de andar por casa y todo eso. Las cosas, en cualquier caso, están pasadas por el conocimiento que se adquiere en las aulas. Y eso, indudablemente, es un paso de gigante.
En resumidas cuentas, que Renatos hay más que aquel Carosone de los guateques adolescentes. Ahora tenemos al del huerto que, se lo aseguro, viene de perlas para desintoxicar.
martes, 31 de octubre de 2017
lunes, 30 de octubre de 2017
Chocolate
Para acceder a él en bicicleta no queda más remedio que seguir la vía de servicio que entre polígonos industriales bordea la autopista. En día de fiesta el tráfico es irrelevante. Llegas así a Calabazanos y, a la altura del monasterio de las clarisas, por un paso elevado, vas al otro lado de la autopista. Entre naves y choperas llegas a otro paso elevado para salvar las vías del tren convencional. Luego, bordeas el inmenso complejo industrial SIRO y entre más naves y explanadas logísticas te vuelves a topar con otro paso elevado, esta vez para salvar las vías del AVE. Y ya casi has llegado a Baños de Cerrato, un pueblecito idílico que tiene a sus afueras una capilla visigótica de, por lo visto, méritos sin par. Bueno, como se pueden imaginar no faltaban por allí algunas mesnadas despistadas de turistas. Nos hicimos unas fotos.
De la capilla a Venta de Baños apenas hay dos kilómetros entre campos y afueras desmañadas. Venta de Baños ya no es aquel pueblo de casas panaderas rodeando el inmenso enclave ferroviario que conocí hace ya más de medio siglo. La estación sigue siendo almacén de convoyes arrumbados, pero, por lo demás, solo es paso de AVES apresurados y parada de media docenas de regionales al día. Y las casas panaderas se han convertido en bloques de viviendas, cada una de su padre y de su madre. Tiene su encanto, porque, además, el sistema de puentes elevados, túneles y demás artefactos para salvar obstáculos le hacen un lugar muy apropiado para filmar thrillers. No sé cómo no se han dado cuenta todavía.
Fuimos directos a una cafetería que tengo anotada en mi ruta del pincho de tortilla. Está en un lugar anodino, pero soleado y con una terraza en la que nunca faltan familias gitanas. Es curioso porque la propietaria estudio el COU en EEUU y una licenciatura en Valladolid. Nos lo contó, supongo, porque no fuésemos a creer lo que no era. Ella estaba allí no por imposición sino por elección, lo cual, como que no es poco en estos tiempos que corren. Luego estuvimos comentando los cuadros que tiene colgados en el interior que los había pintado su padre. Paisajes de choperas en otoño. Muy dignos, como se suele decir cuando uno no sabe qué decir pero quiere quedar bien. Restaurados ya, seguimos ruta.
Por el lado este de las vías fuimos a la busca de un paso elevado al oeste. Lo encontramos junto al edificio de la vieja estación.
El oeste es otro mundo. Como si fuese donde la gente va a solazarse. Muchos bares y cafeterías que, por supuesto, estaban a rebosar. Bordeando la alta pared de la estación recorrimos los dos kilómetros que separan el pueblo del monasterio de La Trapa. Allí, cruzamos las vías por un subterráneo y le pegamos un vistazo al monasterio. En la iglesia, del lado de clausura, había una viejecita orando que parecía de piedra. No me explico como habría podido llegar hasta allí. ¡Porque buenos son los trapenses! Desde luego, aquello no es el Escorial, pero tampoco le desmerece. Así que volvimos a salvar las vías por el subterráneo y girando a la izquierda salvamos la autopista por un elevado y fuimos a dar a una tienda muy cuca que chocolates La Trapa ha colocado allí, como un señuelo, a la vista de los que van y vienen por ese corredor frenético. Bueno, allí, en la terraza, al tibio sol de una tarde otoñal y con la música de fondo que proporciona la autopista, nos clavamos una taza de chocolate que de haber estado muertos a buen seguro nos hubiese resucitado.
Como estábamos hartos ya de salvar vías y autopistas, por arriba y por abajo, decidimos regresar buscando caminos por la gran extensión que hay entre la autopista y el canal. De entrada atravesamos las instalaciones de un polígono fallido. Se veía con pena que los cacos habían hecho su agosto saqueando el cobre de todas las casetas para los servicios eléctricos del gigantesco complejo. Después, seguimos por un camino para tractores que bordea la autopista hasta llegar a lo de Pipas Facundo que ya como quien dice se toca con el monasterio de las clarisas en Calabazanos. De allí a casa, por la vía de servicio.
Bueno, después de un día así, uno se explica mejor porque en este país se vive como se vive. Porque donde hubo no sólo se retuvo sino que, también, si se quiere, se puede mejorar, y mucho, el chocolate.
domingo, 29 de octubre de 2017
Tres generaciones
Una de las primeras cosas de las que se dio cuenta la humanidad pensante, que no toda lo ha sido ni lo es, fue que cuando alguien se instala en la opulencia tiene un alto porcentaje de probabilidades de idiotizarse. No por otra causa es que haya hecho fortuna la teoría de las tres generaciones que ya Aristófanes utilizó como argumento de una de sus comedias: padre tonelero, hijo millonario y nieto pordiosero. ¿Quién no conoce ejemplos al respecto para dar y tomar?
Así, con tales precedentes, a nadie debe extrañar que en el lugar del mundo que vivimos pasen cosas tan chocantes. Y es que vivimos con tal grado de opulencia que es de lo más natural, yo qué sé, por ejemplo que millones de personas vayan por las calles hablando con sus perros como si realmente los hubiesen parido ellos. Porque los consideran sus hijos y no tienen el menor empacho en reconocerlo. Y no pasa nada, oye, que a todo el mundo le parece la cosa más natural.
Lo de Cataluña, más de lo mismo. Digamos que una mitad de su población ha dado en vivir convencida de que la otra mitad no existe. Simplemente no les ven y actúan como tal. Y así años y años sin que prácticamente nadie haya puesto el grito en el cielo. Los cuatro que osaron ponerlo se tuvieron que marchar so pena de sucumbir. Realmente sorprendente, desde luego.
Bueno, no me quiero extender con ejemplos de gentes o colectivos que se han instalado fuera de la realidad de las cosas que, como saben, es la manifestación más evidente de la idiocia. Así todo, y para terminar, les voy a recordar por parecerme sumamente peligrosa, la reciente manifestación de los más altos dignatarios europeos exigiéndole a Rajoy que solucione el "poblema" catalino sin recurrir a la fuerza. En la cabeza de esos dignatarios parece haberse instalado la idea de que la Fuerza de los Estados en realidad es sólo una excusa para sacar a pasear la cabra por el Paseo de la Castellana el día de la Fiesta Nacional.
Y así corre el mundo y debemos estar preparados para lo peor porque si no ando equivocado estamos ya muy cerca de esa tercera generación que se viste con los harapos que quedaron de los excesos de la segunda.
Así, con tales precedentes, a nadie debe extrañar que en el lugar del mundo que vivimos pasen cosas tan chocantes. Y es que vivimos con tal grado de opulencia que es de lo más natural, yo qué sé, por ejemplo que millones de personas vayan por las calles hablando con sus perros como si realmente los hubiesen parido ellos. Porque los consideran sus hijos y no tienen el menor empacho en reconocerlo. Y no pasa nada, oye, que a todo el mundo le parece la cosa más natural.
Lo de Cataluña, más de lo mismo. Digamos que una mitad de su población ha dado en vivir convencida de que la otra mitad no existe. Simplemente no les ven y actúan como tal. Y así años y años sin que prácticamente nadie haya puesto el grito en el cielo. Los cuatro que osaron ponerlo se tuvieron que marchar so pena de sucumbir. Realmente sorprendente, desde luego.
Bueno, no me quiero extender con ejemplos de gentes o colectivos que se han instalado fuera de la realidad de las cosas que, como saben, es la manifestación más evidente de la idiocia. Así todo, y para terminar, les voy a recordar por parecerme sumamente peligrosa, la reciente manifestación de los más altos dignatarios europeos exigiéndole a Rajoy que solucione el "poblema" catalino sin recurrir a la fuerza. En la cabeza de esos dignatarios parece haberse instalado la idea de que la Fuerza de los Estados en realidad es sólo una excusa para sacar a pasear la cabra por el Paseo de la Castellana el día de la Fiesta Nacional.
Y así corre el mundo y debemos estar preparados para lo peor porque si no ando equivocado estamos ya muy cerca de esa tercera generación que se viste con los harapos que quedaron de los excesos de la segunda.
sábado, 28 de octubre de 2017
Lección de anatomía
No es frecuente que un octubre ya terminal nos regale un día tan perfecto para una excursión campestre. Fuimos hasta Becerril pedaleando por la Nava. Llegamos hacia las dos y media con el cansancio justo para no interferir con el apetito. Cruzamos el pueblo desierto camino de la Zilla. Había coches y furgonetas a la puerta. Más de los que suele ser habitual. El comedor estaba casi lleno, pero al fondo quedaba una mesa que rápidamente ocupamos a la espera de acontecimientos restauradores. En la televisión estaban retransmitiendo la asonada del Parlament Catalá. La gente miraba y callaba. De vez en cuando salía un comentario sarcástico de la mesa de al lado donde se ponían como el Quico un nutrido grupo de operarios del sector terceario. Como el servicio iba lento daba lugar a la contemplación del entorno. Justo enfrente me llamaba la atención un viejo documento encuadrado que sin duda alguien había utilizado en el pasado para forrar un libro. Cosas con pedigree, ya saben, que tanto valora el pueblo llano.
En la televisión seguía el rollo del Parlament. Todos los que por allí andaban, que eran los fieles a la causa, portaban un lacito amarillo pegado a la solapa. ¿Conocen ustedes algo que más le guste a la chusma que ponerse todos a una lacitos en la solapa? Porque es que, además, hay un color para cada buena causa. Para ellos, ponerse el lacito y, sin más esfuerzo, que es lo que en definiva cuenta, triunfar la buena causa, todo es una. Y así, de lacito en lacito, de cabeza al paraíso. En fin, qué le vamos a hacer si son como niños.
Por fin llegaron las patatas con callos. Es difícil describir, por no decir imposible, las sensaciones placenteras. Lo único, que el mundo alrededor se borra y el yo toma proporciones homéricas. El postre y el café lo tomamos en la terraza frente a la inmensidad silenciosa de la Nava. Sobrecogedor, desde luego.
Serían las cuatro cuando partimos en busca de una adecuación para echar la siesta. Justo a la salida del pueblo, cruzando el canal, hay un lugar ameno con mesas bajo los álamos gigantes. Nos tumbamos a dormir la mona. Los tractores que pasaban apenas conseguían desvelarnos. Y así hasta que la prudencia aconsejo no retardar más la partida. En lontanaza se veían, aquí y allá, las nubes de polvo que levantaban los tractores al arar la tierra seca. En Gascón hicimos otra tumbada en el césped del campo de fútbol. Cuando llegamos a la ciudad el sol estaba ya muy bajo y empezaba a refrescar.
Y eso fue todo.
viernes, 27 de octubre de 2017
Un Hombre
Desde que el progrerio internacional se dedicó en cuerpo y alma a desprestigiar a El Fari hemos entrado en una espiral de decadencia que no sé a dónde nos va a llevar. Así es que vemos nuestras calles llenas de hombres blandengues paseando al perrito y recogiendo sus caquitas. Ver eso y darle a uno ganas de morirse todo es una. Porque ya nadie alza la voz para poner las cosas en el sitio de donde nunca debieran haber salido. De esa relación de toma y daca con naturalidad que siempre fue la base de la estabilidad emocional de las personas.
El mundo en lo esencial siempre ha sido igual y hasta que los dioses no dispongan que se produzca una mutación profunda en la forma de interconexionarse las neuronas de los humanos las cosas van a seguir siendo igual por mucho que cuatro viragos intenten atormentarnos. Una tía buena siempre será una tía buena que se aprovechará todo lo que pueda de sus encantos. Y un tío con poder siempre será un tío que intentará por cualesquiera métodos beneficiárselas por aquello de que es la mejor manera que conoce de verse guapo en el estanque. Porque toda mujer busca seguridad para su prole y todo hombre impulsos a su ego. Es la forma de perpetuar la especie que ha elegido la naturaleza. Lo demás son mandangas.
Y ahora, claro, como han convertido a El Fari en un pelele, tenemos que desayunarnos todos los días con la noticia de que una tía, que estuvo muy buena y ya no lo está tanto, acusa a un poderoso de haber abusado de ella. En el plano sexual se entiende. Y mira tú por donde que nunca añaden a su acusación el recuento de beneficios materiales, y puede que también espirituales, que sacaron de aquellos presuntos abusos. Porque anda que, a estas edades, no ha tenido uno oportunidad de ver a tías buenas encaramadas en puestos de poder en donde sólo hacían destrozos. Pero eran la "prodigiosa criatura" del jefe y no había más que hablar.
Esto, desde luego, se nos ha ido de las manos. Y no poco tiene que ver en ello la consecución de uno de los sueños más perseguidos desde la noche de los tiempos: fornicar sin procrear. Precisamente tuvo que ser un hombre el que lo inventase. ¡Qué mala pata! Y, ahora, las tías buenas, que son prácticamente todas, se han subido a la parra porque ya no pende sobre ellas la espada de Damocles. Digamos que con sus juegos de seducción todo son ganancias. Ahora Medea ya no necesita matar a sus hijos porque puede meter a Jasón en la cárcel. Sólo necesita alzar la voz y ya tiene a todos los poderes del Estado de su parte. El reacionarismo progresista ha conseguido instaurar en el mundo el maniqueismo destructor: la violencia, por definición, sólo puede ser machista. Y las víctimas, mujeres. Y ahí se acaba todo el juego dialéctico.
En fin, no se me ocurre otra cosa para poner un poco de cordura en el mundo que reivindicar a El Fari. Porque él sí que sabía lo que debe ser un Hombre.
El mundo en lo esencial siempre ha sido igual y hasta que los dioses no dispongan que se produzca una mutación profunda en la forma de interconexionarse las neuronas de los humanos las cosas van a seguir siendo igual por mucho que cuatro viragos intenten atormentarnos. Una tía buena siempre será una tía buena que se aprovechará todo lo que pueda de sus encantos. Y un tío con poder siempre será un tío que intentará por cualesquiera métodos beneficiárselas por aquello de que es la mejor manera que conoce de verse guapo en el estanque. Porque toda mujer busca seguridad para su prole y todo hombre impulsos a su ego. Es la forma de perpetuar la especie que ha elegido la naturaleza. Lo demás son mandangas.
Y ahora, claro, como han convertido a El Fari en un pelele, tenemos que desayunarnos todos los días con la noticia de que una tía, que estuvo muy buena y ya no lo está tanto, acusa a un poderoso de haber abusado de ella. En el plano sexual se entiende. Y mira tú por donde que nunca añaden a su acusación el recuento de beneficios materiales, y puede que también espirituales, que sacaron de aquellos presuntos abusos. Porque anda que, a estas edades, no ha tenido uno oportunidad de ver a tías buenas encaramadas en puestos de poder en donde sólo hacían destrozos. Pero eran la "prodigiosa criatura" del jefe y no había más que hablar.
Esto, desde luego, se nos ha ido de las manos. Y no poco tiene que ver en ello la consecución de uno de los sueños más perseguidos desde la noche de los tiempos: fornicar sin procrear. Precisamente tuvo que ser un hombre el que lo inventase. ¡Qué mala pata! Y, ahora, las tías buenas, que son prácticamente todas, se han subido a la parra porque ya no pende sobre ellas la espada de Damocles. Digamos que con sus juegos de seducción todo son ganancias. Ahora Medea ya no necesita matar a sus hijos porque puede meter a Jasón en la cárcel. Sólo necesita alzar la voz y ya tiene a todos los poderes del Estado de su parte. El reacionarismo progresista ha conseguido instaurar en el mundo el maniqueismo destructor: la violencia, por definición, sólo puede ser machista. Y las víctimas, mujeres. Y ahí se acaba todo el juego dialéctico.
En fin, no se me ocurre otra cosa para poner un poco de cordura en el mundo que reivindicar a El Fari. Porque él sí que sabía lo que debe ser un Hombre.
jueves, 26 de octubre de 2017
Sofistas a la violeta
Entre mis autores predilectos destaca Luciano de Samosata. De pocos he aprendido tanto. ¿Por qué? Pues muy sencillo, porque te demuestra palmariamente que sabiendo escribir puedes lo mismo alabar que denostar cualquier cosa, dando, en ambos casos, sensación de verosimilitud. Es lo que los entendidos llaman un sofista. Y la parte avisada del pueblo llano, un embaucador. La parte idiotizada, que por desgracia, perdón, es la inmensa mayoría, un líder de opinión. Así que háganse ustedes idea de la gigantesca importancia que tiene enseñar a los niños a leer como Dios manda, es decir, entre líneas, o sea, distinguiendo el fondo de la forma, la morralla, o el adorno, de la esencia etc..
Y es que hoy he leído uno de esos artículos que suele escribir el periodista Sostres a propósito de su última incursión de cariz gastronómico. Me ha divertido de verdad porque ni Luciano cuando alabó a la mosca retorció con tanta habilidad y elegancia la mentira para disfrazarla de verdad. Así, empieza con un primer párrafo que parece sacado literalmente de "Ornamento y delito" de Adolf Loos. Por así decirlo, la vanguardia del racionalismo. ¡Fuera mariconadas! Las futilidades sólo sirven para distraer de lo que te concierne. En este caso, comer con gusto y aprovechamiento, o sea, sin tener que pasarse la tarde soñando con pantanos. El verdadero arte culinario que le dicen.
"Rice es un regreso a la tensión creativa que prescinde de cualquier ornamento que distraiga, de cualquier futilidad, para concentrarse en lo imprescindible, en lo que de verdad necesita ser dicho, en la tensión espiritual de la que el arte depende y de la que todo lo que no es arte carece. Las paredes blancas del restaurante, la cubertería simple, y cada plato reducido a la fuerza de su esencia, y nada más, revolucionan el modo en que la alta cocina ha tenido hasta ahora de relacionarse con su público e invitan a una reflexión sobre el exceso de afectación y circo con que tantas veces se ha banalizado este maravilloso mundo."
Hasta aquí, ningún reproche sino todo lo contrario. Para mí, "Ornamento y Delito" es religión y agradezco mucho que en este mundo barroco y dionisíaco en el que vivimos inmersos aparezca de vez en cuando un predicador del racionalismo apolíneo -perdón por el pleonasmo-. Pero es que el caso es que después del primer párrafo viene un segundo que parece contradecir punto por punto el primero: tartar de ostra ahumada con vainilla, albahaca y crema de puerros. Y luego habla de estériles atajos que no conducen a ninguna parte. Una verdadera tomadura de pelo si no fuese porque ya conocemos al autor y su gusto por epatar con alardes de la nada. ¡Que hay que tener mucho arte para saber conseguir eso! Y no menos para escapar a su seducción. Transcribo:
"Volveré a escribir de Rice antes de Navidad con referencias más precisas: sólo menciono ahora el tartar de ostra ahumada con vainilla, albahaca y crema de puerros como uno de los mejores platos que jamás he comido. Lo que importa por hoy es que todos ustedes entiendan que tienen en Miguel Sánchez Romera la más delicada, sincera y emocionante expresión de alta cocina que hayan podido experimentar: y sin tener que pagar ningún peaje ni perder el tiempo en estériles atajos que no conducen a ninguna parte. Eso sí: al comensal no se le trata como cliente sino como ciudadano vertebrado y libre y se le exige la misma concentración y disposición anímica que el talento que él puede exigirle al genio creativo."
En fin, no sé a ustedes, pero a mí que, como saben, soy adicto al pincho de tortilla, todo esto me suena a fin de época. Como "El Satiricón" de Petronio o cosa por el estilo. O por decirlo de forma más castiza, cosas de gente que mata moscas con el rabo porque está mortalmente aburrida. Un peligro, en definitiva, para el ciudadano vertebrado y libre que dice el autor.
miércoles, 25 de octubre de 2017
Onan
"Tomar carta de naturaleza" se dice de algo que viene a ser costumbre, que se considera lo normal, que es de sentido común, que es lo que más se aproxima a la verdad. Así, una vez que algo, una idea, una costumbre, una certeza, ha logrado alcanzar esa categoría ya se convierte en axioma sobre el que apoyarse para razonar con lógica. Hasta aquí todo sería maravilloso si no fuese porque de pronto llega el aguafiestas y pregunta por el porqué de que semejante costumbre o idea o certeza, haya tomado la casi sobrenatural categoría de carta de naturaleza. Porque es que hay que andarse con mucho cuidado en eso de sacarse axiomas de la manga ya que la historia demuestra que prácticamente todo el progreso de la humanidad se ha construido desmontando axiomas que sólo resultaron ser supersticiones.
Yo, lo veo constantemente a mi alrededor y, sobre todo en mí, esa tendencia morbosa a dar a las conjeturas la mentada carta de naturaleza. Y, a partir de ahí, tirarse toda la mañana largando sin darse cuenta de que no se está diciendo cosa de sustancia. Como las cotorras que de un tiempo acá invaden nuestras ciudades -decían en Barcelona que las habían traído los argentinos, ¡qué metáfora!-. En fin, sea como sea, esa progresiva conciencia de estar intentando ahuyentar las ansiedades a golpe de encadenar suposiciones me va produciendo un mal rollo que cada vez aguanto peor.
Por lo demás, me pregunto que ¿qué sentido tendría la vida que me queda si no existiesen los pinchos de tortilla? ¡eh, ahí, una realidad incontestable! Y ya no te digo si lo pillas después de veinte kilómetros de pedaleo. Puro onanismo.
Yo, lo veo constantemente a mi alrededor y, sobre todo en mí, esa tendencia morbosa a dar a las conjeturas la mentada carta de naturaleza. Y, a partir de ahí, tirarse toda la mañana largando sin darse cuenta de que no se está diciendo cosa de sustancia. Como las cotorras que de un tiempo acá invaden nuestras ciudades -decían en Barcelona que las habían traído los argentinos, ¡qué metáfora!-. En fin, sea como sea, esa progresiva conciencia de estar intentando ahuyentar las ansiedades a golpe de encadenar suposiciones me va produciendo un mal rollo que cada vez aguanto peor.
Por lo demás, me pregunto que ¿qué sentido tendría la vida que me queda si no existiesen los pinchos de tortilla? ¡eh, ahí, una realidad incontestable! Y ya no te digo si lo pillas después de veinte kilómetros de pedaleo. Puro onanismo.
martes, 24 de octubre de 2017
A trote cuartelero
Estaba el otro día sentado en una de las chaise longue de cemento de estilo barcelonés que hay en el Paseo Marítimo de Santoña cuando, de pronto, veo a un grupo de adolescentes con su monitor que acompasaban su trote cuartelero al canto de consignas de cariz patriótico: ¡Viva España!/ ¡Viva la Guardia Civil!/ ¡Viva el Rey!/ ¡Viva la Constitución!
Mira que majos, pensé, ellos también quieren alimentar al dragón. Y luego, claro, los que adoctrinan son los otros. Y entre necios anda el juego. Y nunca nos vamos a librar de esto por la sencilla razón de que a Dionisos no hay quien le retenga en la cárcel. Tiene una habilidad mágica para escaparse y llevar tras sí a las masas a danzar al monte. Y al pobre Apolo, con su "Educación para la Ciudadanía", sólo le llueven reproches y que le den dos duros.
La verdad es que a veces se tiene la impresión de que se vive bajo el imperio de la estulticia. Por ejemplo, viendo ayer cómo Macrón reía ante las cámaras de todas las televisiones del mundo la gracia de que su perro hubiese meado en una esquina del salón en el que estaba despachando asuntos de Estado. Pero, luego, va uno a Santander y ve el gran espacio que han construido en el centro de la ciudad y se consuela. Y pienso que siempre va a ser así, el sentimentalismo rastrero de los políticos para encandilar a la chusma frente al racionalismo esforzado de los empresarios para darla de comer. Macrón contra Botín. Bajas pasiones contra cálculo infinitesimal, a esto se reduce el mundo.
¿Y tú, de qué lado estás?
Mira que majos, pensé, ellos también quieren alimentar al dragón. Y luego, claro, los que adoctrinan son los otros. Y entre necios anda el juego. Y nunca nos vamos a librar de esto por la sencilla razón de que a Dionisos no hay quien le retenga en la cárcel. Tiene una habilidad mágica para escaparse y llevar tras sí a las masas a danzar al monte. Y al pobre Apolo, con su "Educación para la Ciudadanía", sólo le llueven reproches y que le den dos duros.
La verdad es que a veces se tiene la impresión de que se vive bajo el imperio de la estulticia. Por ejemplo, viendo ayer cómo Macrón reía ante las cámaras de todas las televisiones del mundo la gracia de que su perro hubiese meado en una esquina del salón en el que estaba despachando asuntos de Estado. Pero, luego, va uno a Santander y ve el gran espacio que han construido en el centro de la ciudad y se consuela. Y pienso que siempre va a ser así, el sentimentalismo rastrero de los políticos para encandilar a la chusma frente al racionalismo esforzado de los empresarios para darla de comer. Macrón contra Botín. Bajas pasiones contra cálculo infinitesimal, a esto se reduce el mundo.
¿Y tú, de qué lado estás?
lunes, 23 de octubre de 2017
Cuota prometeica
No reconocer que las cosas en general son ahora inmensamente mejores que en el pasado es una soberana imbecilidad. El mundo que dejo a mis hijas es mejor que el que me dejaron mis padres que, a la vez, ha sido mejor que el que a ellos les dejaron los suyos. Y no es que piense que siempre haya sido o vaya a ser así. Me he interesado lo suficiente por la historia como para saber que ha habido notables retrocesos en épocas y lugares diversos. Y que, incluso en los lugares en los que se avanza, puede haber ciertos aspectos en los que se retrocede. Pero esto bien se lo podemos achacar a la inevitable cuota prometeica: a los dioses les disgusta que cada vez nos parezcamos más a ellos.
Sí, a la cuota prometeica y no a otra causa es a la que hoy día debemos la mayoría de nuestros quebraderos de cabeza. Cuota son esas moscas cojoneras que leyeron dos libros y mantuvieron dos conversaciones con personas a las que no tenían derecho. Cuota es la epidemia de ansiedad subsecuente al aumento exponencial del tiempo libre. Cuota es la epidemia de iluminados subsecuentes a la epidemia de ansiedad. Cuota es, en fin, el abuso desmesurado del consumo como sucedáneo fiable de las inevitables demandas del espíritu.
Pero el mundo paga y todavía le quedan remanentes para seguir invirtiendo en progreso. Progreso que no puede ser otro que el conocimiento en general y el de sí mismo en particular. La comprensión de la complejidad del mundo y, también, lo desagradable que puede llegar a ser adquirir la habilidad necesaria para verse en los espejos que son los otros. Si, señoras y señores, incluso cuando vemos a los nacionatas catalanes, por poner un ejemplo muy actual, debemos vernos a nosotros mismos tantas veces inmersos en un mar de sentimientos zarrapastrosos. Y destructivos por demás.
Bueno, lo dicho, que hay poco de lo que quejarse. Y menos con esa descerebrada vehemencia que le echan algunos. Y, por lo demás, qué bueno sería que cada vez más gente se vaya enterando de qué va El Baile de los Vampiros de Polansky, porque es que, desengáñense, los vampiros no son los otros: lo somos todos en tanto, y en cuanto, no nos damos cuenta hasta qué punto lo estamos siendo. En fin, cuota y nada más.
martes, 17 de octubre de 2017
Debauchery
Yo no sé ustedes, pero yo siempre que me he visto al borde del abismo he conseguido salvarme por el simple procedimiento de hacer minucioso recuento de todos los errores cometidos. A veces uno está tan empecinado, o enganchado a cualquier droga, que sólo ve lo inmediato y la forma de resolverlo si es problema o de satisfacerlo si es deseo. Las consecuencias, caso de pensar en ellas, se solventa con el clásico "largo me lo fiáis" donjuanesco. Hasta que llegas al borde, claro, y entonces, necesidad obliga. Recuento, contrición de corazón, propósito de la enmienda... lo de satisfacción de obra que decía el Padre Astete ya es otro cantar: sólo la puntita para salir del trance y, una vez salido, de regreso al monte que para algo somos cabras.
Así funciono yo, y así funciona el mundo. Y no parece que vaya a poder cambiar en tanto no suframos una mutación que mate a todo el Dionisos que llevamos dentro... lo cual, por otra parte, sería horroroso. ¡Imagínense un mundo sin romerías! Aunque tampoco es que hagan falta tantas como hay ahora.
Digo estas cosas, porque tengo la impresión de que se aprecia una especie de pudrición en el ambiente que exige reconsiderar la historia y reconocer las culpas de quien las tuviese manifiestas. Y no voy a tratar del asunto de Cataluña del cual sólo falta para ser solucionado que los dos grandes partidos españoles se pongan mano con mano a recitar, bien alto para que todo el mundo les oiga, los morrocotudos errores que cometieron por tal de desplazarse el uno al otro del gobierno de la nación. Satisfacieron, ambos, sus deseos de hoy al alto precio de las consecuencias de mañana. Y ya va siendo hora de que canten su palinodia. O nos despeñaremos.
Pero fíjense ustedes en lo que está pasando con los incendios que asolan el noroeste de la Península. Ni por asomo se le ocurre a un político, o sus apéndices, los periodistas, que pudiera haber una parte de causa, siquiera mínima, en la mala política forestal. No, la causa, al cien por cien, son los chivos expiatorios. Y nosotros nos vamos de rositas. Y lo más grave es que acaban creyendo que se van a poder ir. Porque es que, además, en la mayoría de las ocasiones se van y, al que Dios se la da, San Pedro, se la bendice.
Demasiadas romerías sin duda. La gente va a ellas, se emborracha y, de vuelta a casa, tira una colilla encendida por la ventanilla. Y qué mala suerte que caiga sobre la tea que la mala política forestal colocó allí. O cualquier otro desgraciado hecho fortuito: un loco incendiario. Me da igual, si la política forestal fuese la correcta, que no lo es, que a la vista está, ni los locos incendiarios tendrían mucho que hacer.
En fin, espero que la acumulación de errores tenga la suficiente masa crítica como para que Apolo tome cartas en el asunto y ponga el adecuado contrapunto a esta debauchery Dionisiaca que nos está empujando al precipicio del empezar a tortas.
Así funciono yo, y así funciona el mundo. Y no parece que vaya a poder cambiar en tanto no suframos una mutación que mate a todo el Dionisos que llevamos dentro... lo cual, por otra parte, sería horroroso. ¡Imagínense un mundo sin romerías! Aunque tampoco es que hagan falta tantas como hay ahora.
Digo estas cosas, porque tengo la impresión de que se aprecia una especie de pudrición en el ambiente que exige reconsiderar la historia y reconocer las culpas de quien las tuviese manifiestas. Y no voy a tratar del asunto de Cataluña del cual sólo falta para ser solucionado que los dos grandes partidos españoles se pongan mano con mano a recitar, bien alto para que todo el mundo les oiga, los morrocotudos errores que cometieron por tal de desplazarse el uno al otro del gobierno de la nación. Satisfacieron, ambos, sus deseos de hoy al alto precio de las consecuencias de mañana. Y ya va siendo hora de que canten su palinodia. O nos despeñaremos.
Pero fíjense ustedes en lo que está pasando con los incendios que asolan el noroeste de la Península. Ni por asomo se le ocurre a un político, o sus apéndices, los periodistas, que pudiera haber una parte de causa, siquiera mínima, en la mala política forestal. No, la causa, al cien por cien, son los chivos expiatorios. Y nosotros nos vamos de rositas. Y lo más grave es que acaban creyendo que se van a poder ir. Porque es que, además, en la mayoría de las ocasiones se van y, al que Dios se la da, San Pedro, se la bendice.
Demasiadas romerías sin duda. La gente va a ellas, se emborracha y, de vuelta a casa, tira una colilla encendida por la ventanilla. Y qué mala suerte que caiga sobre la tea que la mala política forestal colocó allí. O cualquier otro desgraciado hecho fortuito: un loco incendiario. Me da igual, si la política forestal fuese la correcta, que no lo es, que a la vista está, ni los locos incendiarios tendrían mucho que hacer.
En fin, espero que la acumulación de errores tenga la suficiente masa crítica como para que Apolo tome cartas en el asunto y ponga el adecuado contrapunto a esta debauchery Dionisiaca que nos está empujando al precipicio del empezar a tortas.
lunes, 16 de octubre de 2017
En el mundo
Dice Savater: coraje para vivir, generosidad para convivir y prudencia para sobrevivir. Bueno, es una versión quizá mejorada de aquellas virtudes cardinales que enseñaba el Padre Astete: prudencia, justicia, fortaleza y templanza. La diferencia, en cualquier caso, entre una y otra versión es que la de Savater me pilla mayor y por eso entiendo más o menos lo que quiere decir. Lo del Padre Astete lo repetía como un lorito y me ponían un diez y eso era todo.
Ahora lo entiendo y, por tal, me veo compelido a reconsiderarme. ¿He tenido coraje para vivir? ¿Generosidad para convivir? ¿Prudencia para sobrevivir? Bueno hasta aquí he llegado y aquí estoy. ¿Pero en qué condiciones? ¿Quién he sido y quién soy? ¿Podré mejorarme en cualquier caso? Porque todo lo demás es a matter of small moment.
Esa es la cuestión. En la vida, una de dos, o tienes la sensación de que estás mejorando o es un verdadero asco. Sí, ¿pero cómo? Porque, ¿qué es el coraje? ¿Y la generosidad? Por no hablar de la prudencia que en gran medida se contradice con las anteriores. Paco de Lucía decía que él fue de izquierdas hasta el momento en que se dio cuenta de que tenía dos millones de pesetas en el banco. Pero, claro, Paco era un genio y los genios no paran de mejorar en el reconocimiento de lo que verdaderamente son. Y esa es quizá la clave de todo: reconocerse sin dramatizar. Incluso con divertimento.
Mi sobrino Álvaro, que está en el mundo, me pasó el dato: Louis C. K.. Anoche, que andaba un tanto pachucho del espíritu, harto de mi propia mediocridad por así decirlo, decidí que necesitaba un chute consistente so pena de craquer que dicen los franceses. Así que recurrí al dato: revisité entero LOUIS CK/ LIVE AT THE BEACON THEATER. Me reí tanto de mí mismo que quedé más relajado que después de siete sesiones de masaje tailandés. Somos como somos y lo único que puede mejorarnos es reconocerlo entre carcajadas. Porque nada ni nadie nos va a cambiar. Así que yo le corregiría a Savater: para vivir, reconocerse; para convivir, discrección; para sobrevivir, cascársela. Y todos contentos.
Ahora lo entiendo y, por tal, me veo compelido a reconsiderarme. ¿He tenido coraje para vivir? ¿Generosidad para convivir? ¿Prudencia para sobrevivir? Bueno hasta aquí he llegado y aquí estoy. ¿Pero en qué condiciones? ¿Quién he sido y quién soy? ¿Podré mejorarme en cualquier caso? Porque todo lo demás es a matter of small moment.
Esa es la cuestión. En la vida, una de dos, o tienes la sensación de que estás mejorando o es un verdadero asco. Sí, ¿pero cómo? Porque, ¿qué es el coraje? ¿Y la generosidad? Por no hablar de la prudencia que en gran medida se contradice con las anteriores. Paco de Lucía decía que él fue de izquierdas hasta el momento en que se dio cuenta de que tenía dos millones de pesetas en el banco. Pero, claro, Paco era un genio y los genios no paran de mejorar en el reconocimiento de lo que verdaderamente son. Y esa es quizá la clave de todo: reconocerse sin dramatizar. Incluso con divertimento.
Mi sobrino Álvaro, que está en el mundo, me pasó el dato: Louis C. K.. Anoche, que andaba un tanto pachucho del espíritu, harto de mi propia mediocridad por así decirlo, decidí que necesitaba un chute consistente so pena de craquer que dicen los franceses. Así que recurrí al dato: revisité entero LOUIS CK/ LIVE AT THE BEACON THEATER. Me reí tanto de mí mismo que quedé más relajado que después de siete sesiones de masaje tailandés. Somos como somos y lo único que puede mejorarnos es reconocerlo entre carcajadas. Porque nada ni nadie nos va a cambiar. Así que yo le corregiría a Savater: para vivir, reconocerse; para convivir, discrección; para sobrevivir, cascársela. Y todos contentos.
domingo, 15 de octubre de 2017
De Cataluña vengo
No es por jorobar ni por echar más leña al fuego, pero no se me ocurre que pueda haber mejor metáfora. El mejor amigo del hombre, comiéndoselo. Los cagones, huyendo y subidos a los árboles. Y el director de La Vanguardia que viene corriendo a llamar al orden al energúmeno que ha criado a sus pechos.
sábado, 14 de octubre de 2017
Com´egli arde
"Chi puo dir com´egli arde, em picciol fuoco."
(El que puede decir como arde sólo vive una pequeña pasión)
Ayer estuve viendo en un televisión británica un reportaje sobre el lanzamiento de un satélite que va a monitorizar la calidad del aire a todo lo largo y ancho del planeta. El satélite ha sido fabricado por la filial británica de una empresa pública europea y ha sido lanzado al espacio por un cohete ruso. Y todo ha salido impecable.
Bueno, a instancias de los periodistas los operarios de la empresa dijeron que sí, que estaban preocupados por lo que la salida de Gran Bretaña de la Comunidad Europea podría suponer para ellos, pero, la verdad, no daban la impresión de que esa preocupación les quitase el sueño. Eran cientos en una nave gigantesca enfrascados cada uno en lo suyo que parecía endemoniadamente complicado. No, la verdad es que no creo que les quedase mucho tiempo y neuronas para ocuparse de las cosas pequeñitas de este mundo.
Y en eso reside todo el misterio de la buena vida, compañeros y compañeras, en vivir enfrascado en una tarea apasionante. De lo contrario ya saben lo que toca, el estar todo el puto día con que si éste tal, el otro cual, lo que que hay que hacer y lo que no hay que hacer, y venga a dar por el saco con huecas opiniones al que se pone a tiro.
En fin, ya lo decía mi padre, más estudio y menos cascársela.
(El que puede decir como arde sólo vive una pequeña pasión)
Ayer estuve viendo en un televisión británica un reportaje sobre el lanzamiento de un satélite que va a monitorizar la calidad del aire a todo lo largo y ancho del planeta. El satélite ha sido fabricado por la filial británica de una empresa pública europea y ha sido lanzado al espacio por un cohete ruso. Y todo ha salido impecable.
Bueno, a instancias de los periodistas los operarios de la empresa dijeron que sí, que estaban preocupados por lo que la salida de Gran Bretaña de la Comunidad Europea podría suponer para ellos, pero, la verdad, no daban la impresión de que esa preocupación les quitase el sueño. Eran cientos en una nave gigantesca enfrascados cada uno en lo suyo que parecía endemoniadamente complicado. No, la verdad es que no creo que les quedase mucho tiempo y neuronas para ocuparse de las cosas pequeñitas de este mundo.
Y en eso reside todo el misterio de la buena vida, compañeros y compañeras, en vivir enfrascado en una tarea apasionante. De lo contrario ya saben lo que toca, el estar todo el puto día con que si éste tal, el otro cual, lo que que hay que hacer y lo que no hay que hacer, y venga a dar por el saco con huecas opiniones al que se pone a tiro.
En fin, ya lo decía mi padre, más estudio y menos cascársela.
viernes, 13 de octubre de 2017
Mareas
Parece que ya retrocede la marea. Y, como ha sido de las vivas, la bajamar está dejando al descubierto más cosas de las que creíamos que había bajo el agua. Ruinas de antiguas ciudades y cosas así. Nada que nos vaya a cambiar la vida, en definitiva.
Ayer leía en no sé dónde que Nosequién, una tía lista sin duda, ha dicho que la finalidad del feminismo es que se deje de hablar de feminismo. Realmente interesante, porque desde luego vemos cada cosa por ahí...
Ayer leía en no sé dónde que Nosequién, una tía lista sin duda, ha dicho que la finalidad del feminismo es que se deje de hablar de feminismo. Realmente interesante, porque desde luego vemos cada cosa por ahí...
bueno, en el Valladolid de mis tiempos de estudiante se afirmaba: "palentina, puta fina", lo cual, no sonaba denigratorio en absoluto sino todo lo contrario, porque en el computo de prestigios contaba entonces mucho más el touch the class que la profesión en sí. Pero me estoy desviando del asunto de las mareas.
Eso les quería decir, que la esencia de las mareas es avanzar y retroceder. Y al final no hubo nada. Porque estaban hace cinco días todas las grandes cadenas internacionales con el rollo catalino y en un visto y no visto desapareció de las pantallas como por arte de birli-birloque. Es probable que las encuestas de audiencia estuviesen indicando que al asunto se le había ido el tirón antes de lo pensado. Y así fue que, de pronto, inundó los noticiarios la psicopatía sexual de un productor de La Meca del cine. Todo el mundo se anda rasgando las vestiduras ahora, y me parece bien, porque un tipo con poder haya utilizado ese poder para intentar, al menos, tirarse a sus subordinadas entre comillas. Un asunto más viejo que los pedos y, como los pedos, sin más solución que aprender a ser discreto con las efusiones. Pero, bueno, al tío le están crucificando sin que ni por asomo aparezca un Cirineo que le eche un cable. Porque vivimos tiempos de consensos sin fisuras ni matices y a la sacrosanta inocencia virginal de las mujeres toca ahora que no la cuestione ni Dios. ¿Armas de mujer? Ya te digo, un invento machista. Y, si no, que se lo digan a Angelina Jolie que está entre las víctimas del monstruoso acosador.
Ya ven, en estos tiempos que corren de cualquier cosa se hace una marea que luego baja y a otra cosa mariposa. ¿Feminismo? ¿De qué me habla usted? Ahora estamos con lo de la consustanciación del espíritu humano en las especies con rabo. ¿Se puede o no se puede aspirar a que en un próximo futuro los cánidos resuelvan integrales trigonométricas? Según un tipo que tiene un blog -Yo mono- en El Mundo, sí, sin ningún lugar a dudas. Y yo digo, pour quoi pas, al fin y al cabo, todavía no hemos alcanzado esa pleamar. El asunto todavía puede dar mucho de sí antes de que la gente se canse de olfatear ojetes.
En resumidas cuentas, volvemos a Shopenhauer:
" Al tormento de nuestra existencia contribuye no poco también el hecho de que el tiempo nos urge continuamente, no nos deja tomar respiro y está detrás de cada uno como el severo maestro con la palmeta. El tiempo no es agobiante ya sólo para aquel que se ha abandonado al aburrimiento."
jueves, 12 de octubre de 2017
De Chichos y Chunguitos
En realidad todo lo malo que pasa en este país que le dicen España es la consecuencia de tener una de las peores progresías del mundo. Lo sé a ciencia cierta porque yo también cojeé de esa pata de banco. Pero, a D. G., corrí mundo y topé con circunstancias que me abrieron los ojos. Pasaba yo por entonces una consulta de pulmón y corazón en un ambulatorio de San Adrián de Besos lo que me permitía intimar con la población charnega. De aquellos contactos extraje la conclusión de que mi yo más profundo sólo iba a aflorar si asistía a las clases de guitarra flamenca que daba Juan Trilla en el sótano de su tienda de instrumentos musicales del barrio de Horta. El alma de este país, quiera o no quiera la chusma progresista, es flamenca. Sin saber algo de flamenco uno anda por aquí a ciegas. Y, si no, escuchen a Falla, Albeniz, Granados, Rodrigo, etc., ¿de dónde se creen que les viene la inspiración?
Y mientras tanto la chusma progresista seguía entusiasmada con el Sr. Vibrator y demás cantautores de mierda. Que si paso a paso se hace camino al andar y demás gilipoyeces. Claro, cómo no van a estar encantadas las señoras con el Sr. Vibrator. Si eso las pone locas. Pero el pueblo llano, el que está realmente vivo, ese sabe de que va y va a ir el rollo y lo explicita con meridiana claridad en sus canciones. Todo, absolutamente todo, lo que concierne al ser humano está en ellas.
Los Chunguitos, los Chichos, dos prodigios de la intuición que otro gallo nos cantara si el puto progresismo no hubiese dedicado todos sus esfuerzos a ridiculizarlos. Cojan, por ejemplo, el tema de actualidad por antonomasia, ¿es que acaso no está ya prefigurado con pelos y señales en "¡Ay qué dolor!" de los Chunguitos y "Quiero ser libre" de los Chichos? Cojan, agarren, vayan a youtube y escuchen esas canciones. Les aseguro que si lo hacen se sentirán liberados inmediatamente de toda tensión patriótica. Porque el mundo siempre fue así: unos que se quejan de que otros hacen la maleta sin decir adiós y otros que la hacen porque se sienten prisioneros en un celda. Son cosas del espíritu que no tienen enmienda hasta que se desmorona la producción de hormonas. ¡Y qué le vamos a hacer!
Y mientras tanto la chusma progresista seguía entusiasmada con el Sr. Vibrator y demás cantautores de mierda. Que si paso a paso se hace camino al andar y demás gilipoyeces. Claro, cómo no van a estar encantadas las señoras con el Sr. Vibrator. Si eso las pone locas. Pero el pueblo llano, el que está realmente vivo, ese sabe de que va y va a ir el rollo y lo explicita con meridiana claridad en sus canciones. Todo, absolutamente todo, lo que concierne al ser humano está en ellas.
Los Chunguitos, los Chichos, dos prodigios de la intuición que otro gallo nos cantara si el puto progresismo no hubiese dedicado todos sus esfuerzos a ridiculizarlos. Cojan, por ejemplo, el tema de actualidad por antonomasia, ¿es que acaso no está ya prefigurado con pelos y señales en "¡Ay qué dolor!" de los Chunguitos y "Quiero ser libre" de los Chichos? Cojan, agarren, vayan a youtube y escuchen esas canciones. Les aseguro que si lo hacen se sentirán liberados inmediatamente de toda tensión patriótica. Porque el mundo siempre fue así: unos que se quejan de que otros hacen la maleta sin decir adiós y otros que la hacen porque se sienten prisioneros en un celda. Son cosas del espíritu que no tienen enmienda hasta que se desmorona la producción de hormonas. ¡Y qué le vamos a hacer!
miércoles, 11 de octubre de 2017
Foción
Leyendo, hace ya muchos años, las Vidas Paralelas de Plutarco di con un personaje que ya nunca más se me fue de la cabeza. Quizá porque para mi representa a la perfección el triunfo de la razón sobre los sentimientos. O las emociones como se dice ahora. Se trata de Foción, un arconte de Atenas cuya casa todavía era visitada en el siglo XIX por los escasos viajeros que se dejaban caer por allí, eso sí, todos bastante cultos. Les voy a dar tres apuntes sobre el personaje para que se hagan una idea: puedo presumir, decía, de haber sido el mejor general que ha tenido Atenas porque todos mis soldados han muerto en la cama de viejos; si el pueblo me aplaude es que me estoy equivocando y si me critica es que estoy acertando; si a mi hijo adolescente le da por beber y ser un vivalavirgen se lo mando a los espartanos que, aunque estoy en guerra con ellos, sé qué son austeros y superdisciplinados. Claro que hay que tener en cuenta que Foción había sido un alumno destacado de la Academia. Y es que, unas cosas traen otras. En fin, como sea, que el caso es que en el siglo XX parece que se perdió la memoria de este personaje, derribaron su casa en las faldas de la acrópolis y, hoy día, seguramente habría que buscar con candil un turista entre los millones que pasan por Atenas que preguntado por Foción supiese de que iba el rollo. En estos tiempos que corren, los del motor de explosión, lo de distinguirse por la prudencia no es cosa que cotice ni siquiera entre los alumnos de las Academias... sobre todo si son de periodismo.
Les cuento esto porque tengo la impresión de que en esta tragicocómica etapa política que estamos atravesando las cosas podrían ser mucho, o muchísimo, peor si no estuviese a los mandos de la nave un Foción redivivo. Imagínense la de sangre que hubiese podido correr ya si hubiese hecho un mínimo caso de la famélica legión de los cargados hasta la coronilla de razones poderosas. Cada día en cada periódico, que son muchos, y tertulias televisivas, que son más, le ponen las peras al cuarto con motivo de su supuesta inacción. Pero él sabe que son precisamente esas críticas la prueba fehaciente de sus aciertos. Y, de momento, cualquiera que se pare a pensar llegará a la conclusión de que obras son amores y todo lo demás mandangas. Las empresas se van de Cataluña aprovechando la que pintan calva. Porque lo más probable es que muchas de ellas ya hace tiempo estuviesen deseando irse de donde Dionisos ha impuesto su ley demoledora. Viendo ayer a los dos lideresos del procés sentados en el Parlament uno no podía dejar de pensar que estaban haciendo la muy laboriosa digestión de una sobredosis de carn d´olla. Tenían una pinta fatal, como de ir a darles cualquier cosa en cualquier momento. ¡Como para vender esa imagen en el mundo!
Sí, para mi que Rajoy está haciendo las cosas como se deben hacer y que todos salimos ganando con ello, lo cual no quita para que el coro gallinaceo acabe intoxicando al populacho y que, al final, le decapiten, como le pasó a Foción por otra parte. Es ley de vida que se acabe odiando al que te la salva. Su presencia es la prueba fehaciente de tu irrelevancia, lo cual, evidentemente, es insoportable.
Les cuento esto porque tengo la impresión de que en esta tragicocómica etapa política que estamos atravesando las cosas podrían ser mucho, o muchísimo, peor si no estuviese a los mandos de la nave un Foción redivivo. Imagínense la de sangre que hubiese podido correr ya si hubiese hecho un mínimo caso de la famélica legión de los cargados hasta la coronilla de razones poderosas. Cada día en cada periódico, que son muchos, y tertulias televisivas, que son más, le ponen las peras al cuarto con motivo de su supuesta inacción. Pero él sabe que son precisamente esas críticas la prueba fehaciente de sus aciertos. Y, de momento, cualquiera que se pare a pensar llegará a la conclusión de que obras son amores y todo lo demás mandangas. Las empresas se van de Cataluña aprovechando la que pintan calva. Porque lo más probable es que muchas de ellas ya hace tiempo estuviesen deseando irse de donde Dionisos ha impuesto su ley demoledora. Viendo ayer a los dos lideresos del procés sentados en el Parlament uno no podía dejar de pensar que estaban haciendo la muy laboriosa digestión de una sobredosis de carn d´olla. Tenían una pinta fatal, como de ir a darles cualquier cosa en cualquier momento. ¡Como para vender esa imagen en el mundo!
Sí, para mi que Rajoy está haciendo las cosas como se deben hacer y que todos salimos ganando con ello, lo cual no quita para que el coro gallinaceo acabe intoxicando al populacho y que, al final, le decapiten, como le pasó a Foción por otra parte. Es ley de vida que se acabe odiando al que te la salva. Su presencia es la prueba fehaciente de tu irrelevancia, lo cual, evidentemente, es insoportable.
martes, 10 de octubre de 2017
Cuadros
Ayer fuimos por la nava hasta Becerril. Llegamos bastante hambrientos, cosa que después de veintitantos kilómetros pedaleando tampoco tiene tanto de particular. Nos dirigimos a La Cilla, el único restaurante que hay en el pueblo. Y se llama La Cilla porque esta ubicado en la cilla del monasterio derruido que tiene al lado. La cilla es al monasterio lo que el pósito al municipio: un silo para guardar el grano. Los monjes cobraban el diezmo a sus arrendatarios y lo guardaban en la cilla. El municipio cobraba sus impuestos en grano y lo guardaba en el pósito. Así tanto unos como otros tenían el grano almacenado y con ello la seguridad del sustento y, por ende, el poder.
La Cilla tiene un menú de quince euros, lo cual como que no es para todos los días. La comida está bien, pero sobre todo el vino. Nos pusieron un rioja de crianza de los que bebas lo que bebas no notas reseco por la tarde. El dueño nos dio palique, primero, para abrir boca, con lo de Cataluña, después describiendo su glotonería, luego con lo del vino y por fin, a instancias mías, con los cuadros que tiene colgados en la pared. No es que yo sepa ni poco ni mucho del asunto, que Dios me libre, pero para mí que tanto las bodegones al óleo como unas acuarelas de escenas campestres estaban bastante bien. O como se dice ahora, eran muy dignos. Por lo visto los había pintado el director de una de las sucursales bancarias del pueblo que acabó pagando con esos cuadros su afición a meter la mano donde no debía. El mundo es ansí, y qué le vamos a hacer.
Lo que sí me parece curioso y puede que sea un signo patognomónico de todo lo que ha cambiado este país para bien es la calidad de los cuadros que hay colgados en las paredes de los restaurantes de los pueblos. Como por arte de magia han desaparecido aquellos cervatillos que abrevaban en el riachuelo de un paisaje otoñal. El otro día en Casa Manolo de Medina también quedé sorprendido por los cuadros. Me dijeron que eran de un artista local. Por no hablar de los que hay en La Concordia de Monzón que ya les he comentado alguna vez. En resumidas cuentas que esto ya no es lo que era y, lo mismo que los cuadros, todo lo demás.
Por lo demás, como siga sin llover, ni cillas ni pósitos ni leches en vinagre. A este paso no va a haber agua ni para el gota a gota de las viñas. Y ya me dirán qué hacemos entonces aquí sin vino.
La Cilla tiene un menú de quince euros, lo cual como que no es para todos los días. La comida está bien, pero sobre todo el vino. Nos pusieron un rioja de crianza de los que bebas lo que bebas no notas reseco por la tarde. El dueño nos dio palique, primero, para abrir boca, con lo de Cataluña, después describiendo su glotonería, luego con lo del vino y por fin, a instancias mías, con los cuadros que tiene colgados en la pared. No es que yo sepa ni poco ni mucho del asunto, que Dios me libre, pero para mí que tanto las bodegones al óleo como unas acuarelas de escenas campestres estaban bastante bien. O como se dice ahora, eran muy dignos. Por lo visto los había pintado el director de una de las sucursales bancarias del pueblo que acabó pagando con esos cuadros su afición a meter la mano donde no debía. El mundo es ansí, y qué le vamos a hacer.
Lo que sí me parece curioso y puede que sea un signo patognomónico de todo lo que ha cambiado este país para bien es la calidad de los cuadros que hay colgados en las paredes de los restaurantes de los pueblos. Como por arte de magia han desaparecido aquellos cervatillos que abrevaban en el riachuelo de un paisaje otoñal. El otro día en Casa Manolo de Medina también quedé sorprendido por los cuadros. Me dijeron que eran de un artista local. Por no hablar de los que hay en La Concordia de Monzón que ya les he comentado alguna vez. En resumidas cuentas que esto ya no es lo que era y, lo mismo que los cuadros, todo lo demás.
Por lo demás, como siga sin llover, ni cillas ni pósitos ni leches en vinagre. A este paso no va a haber agua ni para el gota a gota de las viñas. Y ya me dirán qué hacemos entonces aquí sin vino.
lunes, 9 de octubre de 2017
Voluntarismo
Andaba estos días de atrás intentando encontrar distracción por medio de esa actividad que llaman voluntariado. Cualquier cosa menos fácil. Todo lo útil está copado y lo que ofrecen está contaminado por la ideología. Así que voy a descartar esa posibilidad y voy a tratar de reacomodarme en este pseudoaburrimiento de actividades paraintelectuales. Decir la mía sobre Cataluña y cosas por el estilo como aprender a tocar la bamba.
El caso es que ayer nos acercamos a Medina de Rioseco. Siempre tuve simpatías por ese pueblo, quizá porque oí hablar de él a mi madre desde la tierna infancia. Teníamos parientes allí y, una vez, cuando estudiaba en Valladolid, fuimos a visitarles. Pero no lo voy a contar. Lo que sí, el recuerdo que tenía mi madre de una vez que de jovencita fue allí por fiestas y de como un torero que le brindó el toro a su hermana, luego, durante la lidia, fue cogido por ese mismo toro y allí mismo que expiró su alma. Recuerdos de familia, y qué le vamos a hacer si siempre nos rondó la truculencia.
El caso, digo, es que Medina tiene el recreo y toa la hostia de una culta población. Las familias se amontonaban en las terrazas que hay en el corrillo al inicio de la calle porticada para tomar el aperitivo. Los niños, como es ahora habitual, lucían como principitos. Los padres, los abuelos, todos endomingados. Más buena vida imposible. Fiesta Mayor perpetua. Fuimos a comer a Casa Manolo.
Manolo es a Medina lo que Arzac a Donosti en todo menos en las dosis. Lo único que recuerdo de una vez que llevé a mi novia de entonces a comer a lo de Arzac es que el tipo vino a preguntarnos si éramos felices. No sé que le diría porque más que comida nos había dado una frugal colación. Pero ayer me desquité. Manolo, con un gran corazón de colores sobre su corazón de verdad, vino a explicarnos la composición y textura de cada plato y, al final, nos contó pormenorizada la historia de su familia incluidos proyectos para las próximas vacaciones. Así que salimos de allí dando tumbos y sin más pretensiones que la de encontrar un sitio para tumbarnos, cosa que, una vez conseguida, sirvió de poco, porque es tal la sequedad del ambiente que las moscas se te tiran a todos los orificios en busca de cualquier indicio de humedad. En fin, menos mal que no cuesta desistir de cualquier empeño.
Por lo demás, parece ser que la pestilencia catalana encontró ayer algún alivio, pero a mí no me engañan. Las bubas del espíritu sin sangría no remiten... y con ella, por poco tiempo. Sentirse venido a menos, sin duda, debe ser terriblemente doloroso.
El caso es que ayer nos acercamos a Medina de Rioseco. Siempre tuve simpatías por ese pueblo, quizá porque oí hablar de él a mi madre desde la tierna infancia. Teníamos parientes allí y, una vez, cuando estudiaba en Valladolid, fuimos a visitarles. Pero no lo voy a contar. Lo que sí, el recuerdo que tenía mi madre de una vez que de jovencita fue allí por fiestas y de como un torero que le brindó el toro a su hermana, luego, durante la lidia, fue cogido por ese mismo toro y allí mismo que expiró su alma. Recuerdos de familia, y qué le vamos a hacer si siempre nos rondó la truculencia.
El caso, digo, es que Medina tiene el recreo y toa la hostia de una culta población. Las familias se amontonaban en las terrazas que hay en el corrillo al inicio de la calle porticada para tomar el aperitivo. Los niños, como es ahora habitual, lucían como principitos. Los padres, los abuelos, todos endomingados. Más buena vida imposible. Fiesta Mayor perpetua. Fuimos a comer a Casa Manolo.
Manolo es a Medina lo que Arzac a Donosti en todo menos en las dosis. Lo único que recuerdo de una vez que llevé a mi novia de entonces a comer a lo de Arzac es que el tipo vino a preguntarnos si éramos felices. No sé que le diría porque más que comida nos había dado una frugal colación. Pero ayer me desquité. Manolo, con un gran corazón de colores sobre su corazón de verdad, vino a explicarnos la composición y textura de cada plato y, al final, nos contó pormenorizada la historia de su familia incluidos proyectos para las próximas vacaciones. Así que salimos de allí dando tumbos y sin más pretensiones que la de encontrar un sitio para tumbarnos, cosa que, una vez conseguida, sirvió de poco, porque es tal la sequedad del ambiente que las moscas se te tiran a todos los orificios en busca de cualquier indicio de humedad. En fin, menos mal que no cuesta desistir de cualquier empeño.
Por lo demás, parece ser que la pestilencia catalana encontró ayer algún alivio, pero a mí no me engañan. Las bubas del espíritu sin sangría no remiten... y con ella, por poco tiempo. Sentirse venido a menos, sin duda, debe ser terriblemente doloroso.
domingo, 8 de octubre de 2017
Deseosos compulsivos
Algo me debía pasar hace unos meses porque, de pronto, y sin haber tenido una previa reflexión al respecto, me llegué a la tienda de coches de segunda mano más próxima a mi casa y sin pensarlo dos veces compré un coche por mil quinientos euros. Quitando que su interior huele a tabaco rancio, que cuando la carretera no es lisa suena a cacharrería, que no tiene aire acondicionado ni dirección asistida, todo lo demás funciona a las mi maravillas. Sube los puertos como una flecha, tiene una luz increible, gasta poco y da una sensación de estabilidad mayor que la de cualquiera de los que tuve en el pasado. Pues bien, sigo sin saber para qué le necesito y, sin embargo, desde que le tengo, no puedo dejar de fijarme en coches más modernos que disponen de todo lo que le falta al mío. Y sé que no podré parar de mirarlos hasta que no le cambie por uno de ellos. Es como una maldición que me ha caído por haber sucumbido al primer impulso consumista. Si le necesitase otro gallo me cantara, pero como no es el caso parece como si los diosecillos de la justificación me estuviesen tomando el pelo. ¡Qué sí, hombre, que con este otro aparcarías mucho más fácil e irías más cómodo en verano! Además, ¿para qué quieres el dinero?
Siempre fui consciente de la barrera que separa la necesidad del deseo. Lo que pasa, o me pasa, es que esa barrera es como el Gato de Cheshire, es decir, que aparece y desaparece en función, supongo, de mi estado de ánimo, aunque, cuando desaparece, porque me encuentro fuerte, su enigmática sonrisa sigue ahí, encaramada en alguna rama escondida de mi psique. Como bien entendió Alicia, al Gato no se le puede decapitar porque sólo tiene cabeza.
Viene a cuento esto que les digo porque acabo de leer un artículo sobre "necesitadores compulsivos". En realidad, debiera haberse titulado "deseosos compulsivos", porque es gente que nunca sacia su deseo de tener. Y, a la postre, es la vanidad de tener lo último de lo último lo único que puede apuntalar su autoestima maltrecha. Algo así como el anclaje en la adolescencia. Y en la mendicidad, porque el dinero no siempre puede comprar aquello a lo que el deseo descontrolado acaba aspirando: la voluntad de los demás.
Así, el deseoso compulsivo, sin apenas darse cuenta, pasa del comprar al pedir. Y del pedir a la rabieta si no se lo dan. Y así corre el mundo, lleno de enrabietados por no haber recibido una buena azotaina cuando empezaron a dar síntomas de que el mal era serio.
En fin, voy a ver si aguanto y no cambio el coche por otro mejor. Aunque no creo que pueda porque voy por la calle y en cada coche nuevo veo la sonrisa del Gato de Cheshire. ¡Qué perversa incitación! Y qué pobre de mí.
Siempre fui consciente de la barrera que separa la necesidad del deseo. Lo que pasa, o me pasa, es que esa barrera es como el Gato de Cheshire, es decir, que aparece y desaparece en función, supongo, de mi estado de ánimo, aunque, cuando desaparece, porque me encuentro fuerte, su enigmática sonrisa sigue ahí, encaramada en alguna rama escondida de mi psique. Como bien entendió Alicia, al Gato no se le puede decapitar porque sólo tiene cabeza.
Viene a cuento esto que les digo porque acabo de leer un artículo sobre "necesitadores compulsivos". En realidad, debiera haberse titulado "deseosos compulsivos", porque es gente que nunca sacia su deseo de tener. Y, a la postre, es la vanidad de tener lo último de lo último lo único que puede apuntalar su autoestima maltrecha. Algo así como el anclaje en la adolescencia. Y en la mendicidad, porque el dinero no siempre puede comprar aquello a lo que el deseo descontrolado acaba aspirando: la voluntad de los demás.
Así, el deseoso compulsivo, sin apenas darse cuenta, pasa del comprar al pedir. Y del pedir a la rabieta si no se lo dan. Y así corre el mundo, lleno de enrabietados por no haber recibido una buena azotaina cuando empezaron a dar síntomas de que el mal era serio.
En fin, voy a ver si aguanto y no cambio el coche por otro mejor. Aunque no creo que pueda porque voy por la calle y en cada coche nuevo veo la sonrisa del Gato de Cheshire. ¡Qué perversa incitación! Y qué pobre de mí.
sábado, 7 de octubre de 2017
Such astonishing picture
Uno a veces piensa que lo ha visto todo y, por ello, tiene una cierta tendencia a tirar ya la toballa. Ir aquí o allá, para qué si va a ser más de lo mismo. Al final, unas veces por condescender a una propuesta que me hacen, otras por la simple excusa de que hacer ejercicio ayuda a tener apetito y dormir mejor y, en último extremo, por seguir a Erasmo cuando asegura que hace mal el que no sale todos los días a dar una vuelta, el caso es que raro es el día que no me aventuro por los procelosos mares de lo conocido.
Y, así andaba el otro día, dando una vuelta con María por la parte de Villamuriel y Calabazanos cuando se nos echó encima la hora en que se acostumbra ir a comer tengas o no tengas ganas. Yo me quería volver a casa por ver si en el ínterin hacía un poco de ganas, pero María había preguntado a un viejo matrimonio que andaba por allí paseando por un lugar para comer y le habían dicho que en "El Bodegón" lo podíamos hacer divinamente. Cedí y allí que nos fuimos. Bueno, la comida, la atención y demás, una verdadera porquería. Como de los años cincuenta del siglo pasado cuando lo acogedor recordaba a las cuadras y a los mandos de la cocina estaba la suegra del propietario recién venida del pueblo. Hasta los operarios que allí comían lo hacían con un aire como de indiferencia por la vida. Muy triste todo la verdad, y raro a más no poder que en un pueblo tan importante no haya otro sitio para comer, pero así es como diría Ángel el Proscrito. Y en esas estaba yo filosofando para mis adentros cuando de pronto mi vista cayó sobre una fotografía que había en un rincón del lúgubre recinto. ¡Cóño, pero cómo no me he dado cuenta antes de esta joya! La fotografía en cuestión, de unos setenta por sesenta o así, representaba a un bebé sonrosado con un gorrito de rey sentado sobre una paella a punto para ser comida. ¿A quién se le ha podido ocurrir esta chocante composición? Y de inmediato recordé aquella expresión tan común, que no sé si lo seguirá siendo, de "está como para comérselo" que se decía ante la vista de un bebé haciendo monerías.
Pensé hacer una foto del invento y también interesarme por su historia, pero la camarera tenía una expresión tan entre lo antipático y lo hostil que desistí de indagar y me conformé con imaginar los posibles escenarios -como se dice ahora- que hubiesen podido dar lugar a such astonishing picture. Porque, desde luego, no creo que, ni por lo más remoto, la foto de marras pueda ser un velado homenaje a aquella "humilde propuesta" que, allá por el XVIII, hizo un tal Jonathan Swift para acabar con la hambruna que asolaba su país.
Y, así andaba el otro día, dando una vuelta con María por la parte de Villamuriel y Calabazanos cuando se nos echó encima la hora en que se acostumbra ir a comer tengas o no tengas ganas. Yo me quería volver a casa por ver si en el ínterin hacía un poco de ganas, pero María había preguntado a un viejo matrimonio que andaba por allí paseando por un lugar para comer y le habían dicho que en "El Bodegón" lo podíamos hacer divinamente. Cedí y allí que nos fuimos. Bueno, la comida, la atención y demás, una verdadera porquería. Como de los años cincuenta del siglo pasado cuando lo acogedor recordaba a las cuadras y a los mandos de la cocina estaba la suegra del propietario recién venida del pueblo. Hasta los operarios que allí comían lo hacían con un aire como de indiferencia por la vida. Muy triste todo la verdad, y raro a más no poder que en un pueblo tan importante no haya otro sitio para comer, pero así es como diría Ángel el Proscrito. Y en esas estaba yo filosofando para mis adentros cuando de pronto mi vista cayó sobre una fotografía que había en un rincón del lúgubre recinto. ¡Cóño, pero cómo no me he dado cuenta antes de esta joya! La fotografía en cuestión, de unos setenta por sesenta o así, representaba a un bebé sonrosado con un gorrito de rey sentado sobre una paella a punto para ser comida. ¿A quién se le ha podido ocurrir esta chocante composición? Y de inmediato recordé aquella expresión tan común, que no sé si lo seguirá siendo, de "está como para comérselo" que se decía ante la vista de un bebé haciendo monerías.
Pensé hacer una foto del invento y también interesarme por su historia, pero la camarera tenía una expresión tan entre lo antipático y lo hostil que desistí de indagar y me conformé con imaginar los posibles escenarios -como se dice ahora- que hubiesen podido dar lugar a such astonishing picture. Porque, desde luego, no creo que, ni por lo más remoto, la foto de marras pueda ser un velado homenaje a aquella "humilde propuesta" que, allá por el XVIII, hizo un tal Jonathan Swift para acabar con la hambruna que asolaba su país.
viernes, 6 de octubre de 2017
¡Horda maldita!
La verdad es que la cosa no puede estar más divertida. A D. G. tenemos a los catalanes para que cada cierto tiempo la monten parda, con sus camisas (pardas) y demás, y todo el mundo se sienta en la obligación de decir la suya a cada cual más necia. Porque quitando los tres o cuatro periodistas presentables que hay en el país la inmensa legión de ellos están apuntados al mantra de que Rajoy no hace una al derechas y, de paso, le dicen lo que tiene que hacer sin perder un minuto.
Personalmente, me tranquiliza mucho el que sea Rajoy, un hombre viejo, el que dirige la orquesta. Sin estridencias va encajando las piezas descompuestas y al final todo quedará como si no hubiese pasado nada aunque, eso sí, en el fondo de las almas anidaran sensaciones encontradas. Porque, como me dijo una vez mi madre con precisión poética: lo mejor de la vida,/ es después de una guerra/ cuando la has ganado. Tenía experiencia al respecto.
Así que por mi parte, paso de todo este enrenou, que también se puede decir xivarri o aldarull, y que no es más que mucha gente haciendo el capullo. O el chusma para ser más preciso. Y sigo dedicándome a lo que me concierne que no es ni más ni menos que tratar de entenderme a mi mismo para no desesperarme. Y por eso es que le estoy dando la enésima vuelta a "Les Paradis artificiels" del amigo Baudelaire. ¡Dios mío, con todo el vino que he bebido y la mariguana que he fumado! Opio, lo confieso, apenas tengo experiencia más allá de algún lingotazo de láudano cuando me levantaban por la noche para ir a ver a algún enfermo al Pabellón 21. ¡Qué tiempos aquellos!
Ahora, a estas alturas, me doy cuenta de hasta qué punto es comprometido cambiar la percepción de la realidad por el expeditivo procedimiento de ingerir sustancias psicoactivas. Una percepción que pasa como por arte de birli-birloque de la natural incertidumbre a la certeza total de que has conseguido encajar todas las piezas del puzzle que es la realidad. En definitiva, te crees en posesión de una gran inteligencia que te sitúa por encima del común de los humanos. Luego, al despertar, la resaca, que es una gran melancolía. Tristeza y desinterés total por un mundo que no te merece. Necesito otra dosis.
Encajar todas las piezas y, de rebote, sentirse superior. Sé de eso hasta la exasperación. Y también de sus nefastas consecuencias. Las fobias, las paranoias y demás tormentos de por vida. Estar mal por haber querido estar demasiado bien: el paradigma de la necedad.
No sé, pero me gustaría poder estar convencido de que no sé nada de nada. Y, sin embargo, no puedo. En el fondo, y en la superficie, me pasa igual que a esos periodistas que critico, que necesito pensarme sabio para no desmoronarme.
¡Oh expulsados del cielo, horda maldita!
exclamó en el umbral horripilante,
¡¿dónde vuestra jactancia se acredita?!
Personalmente, me tranquiliza mucho el que sea Rajoy, un hombre viejo, el que dirige la orquesta. Sin estridencias va encajando las piezas descompuestas y al final todo quedará como si no hubiese pasado nada aunque, eso sí, en el fondo de las almas anidaran sensaciones encontradas. Porque, como me dijo una vez mi madre con precisión poética: lo mejor de la vida,/ es después de una guerra/ cuando la has ganado. Tenía experiencia al respecto.
Así que por mi parte, paso de todo este enrenou, que también se puede decir xivarri o aldarull, y que no es más que mucha gente haciendo el capullo. O el chusma para ser más preciso. Y sigo dedicándome a lo que me concierne que no es ni más ni menos que tratar de entenderme a mi mismo para no desesperarme. Y por eso es que le estoy dando la enésima vuelta a "Les Paradis artificiels" del amigo Baudelaire. ¡Dios mío, con todo el vino que he bebido y la mariguana que he fumado! Opio, lo confieso, apenas tengo experiencia más allá de algún lingotazo de láudano cuando me levantaban por la noche para ir a ver a algún enfermo al Pabellón 21. ¡Qué tiempos aquellos!
Ahora, a estas alturas, me doy cuenta de hasta qué punto es comprometido cambiar la percepción de la realidad por el expeditivo procedimiento de ingerir sustancias psicoactivas. Una percepción que pasa como por arte de birli-birloque de la natural incertidumbre a la certeza total de que has conseguido encajar todas las piezas del puzzle que es la realidad. En definitiva, te crees en posesión de una gran inteligencia que te sitúa por encima del común de los humanos. Luego, al despertar, la resaca, que es una gran melancolía. Tristeza y desinterés total por un mundo que no te merece. Necesito otra dosis.
Encajar todas las piezas y, de rebote, sentirse superior. Sé de eso hasta la exasperación. Y también de sus nefastas consecuencias. Las fobias, las paranoias y demás tormentos de por vida. Estar mal por haber querido estar demasiado bien: el paradigma de la necedad.
No sé, pero me gustaría poder estar convencido de que no sé nada de nada. Y, sin embargo, no puedo. En el fondo, y en la superficie, me pasa igual que a esos periodistas que critico, que necesito pensarme sabio para no desmoronarme.
¡Oh expulsados del cielo, horda maldita!
exclamó en el umbral horripilante,
¡¿dónde vuestra jactancia se acredita?!
miércoles, 4 de octubre de 2017
Cirugía
Viendo anoche al Rey por la televisión pensé que todavía quedan tipos con clase. Seguramente buscó el consejo de los mejores porque es díficil que una persona sola pueda construir una pieza de semejante perfección. El gesto acomodado a la palabra, ni uno de más, ni una de menos. Una pieza de oratoria que sin duda pasará a la historia. Y, también, un pistoletazo de salida. A partir de hoy comenzará el baile y, si no, amárrense los machos porque temblarán los bolsillos.
En fin, no es que me quiera dar pote, porque si quieren se lo puedo demostrar porque lo tengo escrito con minuciosidad. Me refiero a todo lo que argumentan estos días los más sesudos comentaristas. Cuando Felipe González indultó a Pujol, cuando Aznar echó a Vidal Cuadras, cuando se fueron catorce mil maestros en un año y nadie dijo nada, cuando se permitió que un catalán pudiese ser jefe de servicio en Almería, pero no un almeriense en Tarragona, cuando muchos de mis conocidos catalanes, gente pudiente, tenían trucados los contadores de la luz, cuando los médicos salían de la consulta y entregaban una lista de lo que habían recetado a los representantes de los laboratorios... la cuenta de síntomas de la enfermedad no tiene fin y como siempre les digo que dijo el clásico, cuando a un mal en sus comienzos no se le ataca, fuerzas del abandono va cobrando que luego hacen muy difícil el remedio... esperemos que no imposible.
Pero sí, uno tiene la sensación de haber llegado a un punto sin retorno. Esto, ya, solo lo puede remediar la cirugía. Cortar por lo sano que se dice. Y, la verdad, en los setenta y cinco años que tengo nunca tuve una sensación semejante de que pintan bastos. Quizá es que ya tocaba porque ¿qué es una vida que no conoce lo que es la guerra en propia carne? Así que estén preparados porque a lo mejor hay que empezar a contar muertos. Es el inevitable tributo que los humanos siempre acaban pagando al Dios de la Estulticia. En fin, los que no estamos ya para filas podemos al menos rezar para intentar aplacarle.
En fin, no es que me quiera dar pote, porque si quieren se lo puedo demostrar porque lo tengo escrito con minuciosidad. Me refiero a todo lo que argumentan estos días los más sesudos comentaristas. Cuando Felipe González indultó a Pujol, cuando Aznar echó a Vidal Cuadras, cuando se fueron catorce mil maestros en un año y nadie dijo nada, cuando se permitió que un catalán pudiese ser jefe de servicio en Almería, pero no un almeriense en Tarragona, cuando muchos de mis conocidos catalanes, gente pudiente, tenían trucados los contadores de la luz, cuando los médicos salían de la consulta y entregaban una lista de lo que habían recetado a los representantes de los laboratorios... la cuenta de síntomas de la enfermedad no tiene fin y como siempre les digo que dijo el clásico, cuando a un mal en sus comienzos no se le ataca, fuerzas del abandono va cobrando que luego hacen muy difícil el remedio... esperemos que no imposible.
Pero sí, uno tiene la sensación de haber llegado a un punto sin retorno. Esto, ya, solo lo puede remediar la cirugía. Cortar por lo sano que se dice. Y, la verdad, en los setenta y cinco años que tengo nunca tuve una sensación semejante de que pintan bastos. Quizá es que ya tocaba porque ¿qué es una vida que no conoce lo que es la guerra en propia carne? Así que estén preparados porque a lo mejor hay que empezar a contar muertos. Es el inevitable tributo que los humanos siempre acaban pagando al Dios de la Estulticia. En fin, los que no estamos ya para filas podemos al menos rezar para intentar aplacarle.
martes, 3 de octubre de 2017
Agorerismo
Ayer, mientras íbamos hacia Santander en coche por la autopista vimos a lo lejos pasar trenes abarrotados de coches. Por lo menos dos, o puede que tres. Y cada uno lleva 250, que los Proscritos de Alar se entretuvieron en contarlos. Van al puerto de Santander donde les meten en barcos con destino hacia sabe Dios dónde. En el ínterin paramos a repostar en La Puerta de La Montaña de Becerril de Carpio. Aquello es una fiesta permanente. Da igual que sea un sábado de agosto que un lunes de octubre. La explanada esta llena de camiones de todas las procedencias y con todo tipo de mercancías. La barra del bar no da abasto y en el outlet adjunto hay chollos para todos los gustos. Digno de verse. Después recalamos a comer en Aguilar, en el Monasterio de Santa María. Increíble lo que te dan allí por quince euros. Luego, volvimos a la autopista por un aire impregnado de olor a vainilla. Aquellas fábricas de galletas son cosa notable de ver, como lo que hasta hace poco pensábamos que sólo existía en América. Por la autopista, llegar a Santander es un paseo agradable. Allí, aparcar está chupado, siempre y cuando, claro está, no padezcas del mal catalán. Encuentras aparcamientos subterráneos hasta debajo del cielo del paladar. Además, sin turistas aquello parece hasta interesante. Hicimos la gestión para la que habíamos ido con una precisión exquisita. Como si hubiese sido en lo que siempre hemos supuesto de los países Bálticos. Y emprendimos la retirada bajo un cielo grisáceo que al llegar a Reinosa ya estaba completamente despejado y con una luna llena que facilitaba mucho la conducción nocturna. En Reinosa fuimos a lo de Vejo que lleva allí cien años y sigue sin defraudar. Cenamos como príncipes por menos de veinte euros y seguimos camino tutelados por la luna y sin apenas tráfico que nos perturbase. A las diez y media ya estábamos cada uno en su casa palentina.
Y eso fue todo ayer, un día que, según la mayoría de las crónicas periodísticas, el país, esta España Nuestra que decía Cecilia, tenía la obligación de estar desmoronándose para no dejar en mal lugar a los cronistas agoreros que son casi todos. Eso, el agorerismo como consuelo de los dejados de la mano de Dios. Porque si estás jodido y encima vas y lees que todo está divinamente pues, de inmediato, te jodes doblememente. Es ley de la naturaleza y buenas ganas de querer cambiarlo. !Como si se pudiese!
Y eso fue todo ayer, un día que, según la mayoría de las crónicas periodísticas, el país, esta España Nuestra que decía Cecilia, tenía la obligación de estar desmoronándose para no dejar en mal lugar a los cronistas agoreros que son casi todos. Eso, el agorerismo como consuelo de los dejados de la mano de Dios. Porque si estás jodido y encima vas y lees que todo está divinamente pues, de inmediato, te jodes doblememente. Es ley de la naturaleza y buenas ganas de querer cambiarlo. !Como si se pudiese!
lunes, 2 de octubre de 2017
A final de curso
Era hacia la media tarde y, como cada día a esas horas, andaba zanganeando con mis cosas cuando, de pronto, empiezo a escuchar un runrún cada vez más cercano que se contrapunteaba con un guirigay de bocinas. Dejé lo que estaba haciendo para asomarme al balcón: era una concentración motera que, en este caso, se engalanaba con gran profusión de banderas rojigualdas. ¡Vaya, la cosa se empieza a animar!, pensé. Y una sensación desagradable empezó a recorrerme la columna vertebral.
Bueno, tengo que decirles que en aquel momento no hacía ni tres minutos que había acabado de leer un artículo de Fernando Aramburu titulado "El arte de estar solo". No es que hubiese aprendido algo nuevo de él, pero a veces uno necesita confirmarse en lo que ha venido sospechando toda su vida: que todo lo que hay de valor en este mundo ha salido de los momentos de soledad buscada. Ese lugar, dice el autor, a fin de cuentas, al que uno acude por su propio pie en procura de reposo, de reflexión, y a entablar coloquios con su conciencia.
Y no es que no crea que de la relación con los demás no se saca nada de provecho. Ni mucho menos. Aunque sólo sea porque los demás suelen ser el espejo en el que con mayor facilidad se refleja la parte más detestable de nuestro yo. Pero no sólo eso, con ser tan importante, luego está el intercambio de ideas, el paso de información y el simple alimento de la palabra afectuosa que ya de por sí es fuente de energía vital. Pero no me engaño, en la vida todo es economía, y para poder dar primero has tenido que acumular. Y si no sabes acumular o das más de lo que acumulas te quedas sin nada, sin espíritu, y te conviertes en parte del hormiguero donde el individuo no cuenta por sí mismo, sino en función del dinamismo impersonal de la masa, sigue diciendo el autor.
La masa. Y el poder. Espero que lo que estamos viendo estos días sirva para algo. ¡Tanto sagrado corazón de Jesús! ¡Tanto Dionisos! -perdón por el pleonasmo- ¡Tanto exaltar lo contingente frente al mérito, la suerte frente al sacrificio! ¡Tantas ganas de agradar! Y luego pasa lo que pasa, que el mundo se llena de hormigueros y tenemos un problema como el de Houston. ¡Ale, todo a tomar por el saco!
No me gustan nada las masas. Y menos si son de moteros. Y no te digo nada ya si van blandiendo banderas. Si toda esa chusma amase un poquito al Estado de Derecho que les hace Ciudadanos mejor que se quedasen en casa un ratito mirando a ver qué puede hacer para ser mejor. Leer un libro, ver un vídeo de la Khan, yo qué sé, cualquier cosa que le distancie siquiera unos segundos de su apestoso ombligo.
En fin, lo de siempre. Masa y poder. Apariencias y realidades. Me dice María, que es maestra, que dos niños desastrosos en una clase de veinte se llevan todo el protagonismo y dan la sensación de que son todos. Pero, al final del curso, son sólo esos dos los que suspenden.
Bueno, tengo que decirles que en aquel momento no hacía ni tres minutos que había acabado de leer un artículo de Fernando Aramburu titulado "El arte de estar solo". No es que hubiese aprendido algo nuevo de él, pero a veces uno necesita confirmarse en lo que ha venido sospechando toda su vida: que todo lo que hay de valor en este mundo ha salido de los momentos de soledad buscada. Ese lugar, dice el autor, a fin de cuentas, al que uno acude por su propio pie en procura de reposo, de reflexión, y a entablar coloquios con su conciencia.
Y no es que no crea que de la relación con los demás no se saca nada de provecho. Ni mucho menos. Aunque sólo sea porque los demás suelen ser el espejo en el que con mayor facilidad se refleja la parte más detestable de nuestro yo. Pero no sólo eso, con ser tan importante, luego está el intercambio de ideas, el paso de información y el simple alimento de la palabra afectuosa que ya de por sí es fuente de energía vital. Pero no me engaño, en la vida todo es economía, y para poder dar primero has tenido que acumular. Y si no sabes acumular o das más de lo que acumulas te quedas sin nada, sin espíritu, y te conviertes en parte del hormiguero donde el individuo no cuenta por sí mismo, sino en función del dinamismo impersonal de la masa, sigue diciendo el autor.
La masa. Y el poder. Espero que lo que estamos viendo estos días sirva para algo. ¡Tanto sagrado corazón de Jesús! ¡Tanto Dionisos! -perdón por el pleonasmo- ¡Tanto exaltar lo contingente frente al mérito, la suerte frente al sacrificio! ¡Tantas ganas de agradar! Y luego pasa lo que pasa, que el mundo se llena de hormigueros y tenemos un problema como el de Houston. ¡Ale, todo a tomar por el saco!
No me gustan nada las masas. Y menos si son de moteros. Y no te digo nada ya si van blandiendo banderas. Si toda esa chusma amase un poquito al Estado de Derecho que les hace Ciudadanos mejor que se quedasen en casa un ratito mirando a ver qué puede hacer para ser mejor. Leer un libro, ver un vídeo de la Khan, yo qué sé, cualquier cosa que le distancie siquiera unos segundos de su apestoso ombligo.
En fin, lo de siempre. Masa y poder. Apariencias y realidades. Me dice María, que es maestra, que dos niños desastrosos en una clase de veinte se llevan todo el protagonismo y dan la sensación de que son todos. Pero, al final del curso, son sólo esos dos los que suspenden.
domingo, 1 de octubre de 2017
Paco y Miguel
Ayer por la tarde pasé uno de esos pocos ratos inolvidables que tiene cualquier vida. Estuve viendo el documental "La búsqueda" que Francisco y Casilda Sánchez Varela hicieron sobre la vida de su padre Paco de Lucía. El final me produjo una explosión sentimental que me tuvo media hora sorbiéndome los mocos. Y no es que su muerte me cogiese desprevenido porque viendo como fumaba y el innegable deterioro físico que se va apreciando a lo largo su estresante recorrido por la vida nada de extraño tiene su súbito deceso.
Hace días, como ya les comenté, también disfruté lo indecible viendo "A la sombra de las cuerdas", el documental sobre la atormentada vida de El Niño Miguel. En definitiva, Paco y Miguel, dos prodigios de la naturaleza para los que el azar trazó caminos que, por lo menos en apariencia, fueron radicalmente divergentes. La vida cumplida del uno, la adversa del otro. Aunque es posible que, a la hora de la verdad puede que no se trate más que de formas de sobrellevar el tormento que inevitablemente acompaña al genio: Mefistófeles todo el rato pasando cuentas.
Sea como sea, les haré una confesión: no tengo ni idea de como podría sobrellevar esta vida absolutamente anodina que vengo arrastrando desde la noche de los tiempos si no fuese por la afición que le he ido cogiendo a la guitarra y todo lo que hay alrededor de ella. Sobre todo el mundo del flamenco como escuela de vida. Pasión, esfuerzo, meticulosidad o, en definitiva, como diría el abate Sostres, tensión espiritual, lo único que puede dar sentido al vivir.
Hace días, como ya les comenté, también disfruté lo indecible viendo "A la sombra de las cuerdas", el documental sobre la atormentada vida de El Niño Miguel. En definitiva, Paco y Miguel, dos prodigios de la naturaleza para los que el azar trazó caminos que, por lo menos en apariencia, fueron radicalmente divergentes. La vida cumplida del uno, la adversa del otro. Aunque es posible que, a la hora de la verdad puede que no se trate más que de formas de sobrellevar el tormento que inevitablemente acompaña al genio: Mefistófeles todo el rato pasando cuentas.
Sea como sea, les haré una confesión: no tengo ni idea de como podría sobrellevar esta vida absolutamente anodina que vengo arrastrando desde la noche de los tiempos si no fuese por la afición que le he ido cogiendo a la guitarra y todo lo que hay alrededor de ella. Sobre todo el mundo del flamenco como escuela de vida. Pasión, esfuerzo, meticulosidad o, en definitiva, como diría el abate Sostres, tensión espiritual, lo único que puede dar sentido al vivir.
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