Cuando era jovencito y turisteaba algo no tardé en caer en la cuenta del camelo del invento. Llegabas a una ciudad cualquiera de medio pelo, aparcabas a placer y no tardabas en divisar un edificio moderno y llamativo en lugar destacado que era el museo de arte contemporáneo. Como, entre que no sabías como matarla hasta la hora de comer y que todavía creías algo en la cosa de la cultura, pues te metías allí y te dabas una vuelta por las salas saturadas de cuadros. Indefectiblemente había una, por donde polulaban los escasos visitantes, que estaba dedicada a Picasso. Ibas a otra ciudad y lo mismo, más Picasso. Y otra y otra y otra. ¡Leches, qué tío, los hacía como churros!
Así que ya a muy temprana edad me la empezó a refanfiflar todo esta mitomanía camuflada tras la máscara del refinamiento cultural. Lo primero, que uno no entiende ni papa del asunto, lo cual que si hubiese algo detrás de lo que estás viendo te quedarías a uvas. Lo segundo, que ya por nacimiento sabía que el buen paño en arca se vende. Así que, algo que tanto abunda, por definición, no puede ser refinado.
La gente dice, y seguramente tiene razón, que lo del arte es una cuestión de sensibilidad. Vas allí, lo ves, y tienes una hemorragia de satisfacción. Desde luego que qué suerte. Lo que pasa es que a ver en donde pones el listón de lo que empiezas a considerar arte. Será que quizá más que placer estético lo que te da la pista es la inquietud del descubrir una nueva realidad. Una buena artesanía te puede proporcionar lo primero, pero lo segundo no está al alcance de cualquier mindundi. Hay que saber para inquietarse.
Ya lo decía el gran Alberto Pico, que los angelotes de Murillo, esa maravilla, donde mejor están es decorando la tapa de las latas de dulce de membrillo. En eso es a lo que viene a dar lo manido. Sin embargo, los sonetos metafísicos de Quevedo, de la misma época más o menos que los angelotes de Murillo, ahí siguen con todo su vigor inquietante. Coges, agarras y te pones a leerlos, y empiezas a reconocerte en matices en los que nunca te habías reconocido. Y a los dos o tres años repites la operación y vuelves a encontrarles una nueva veta. Supongo que es porque eso es arte.
El caso es que todo esto viene a cuento de ese revuelo que hay armado porque han mandado retirar unas fotografías pixeladas de unos supuestos presos políticos de una feria de arte. Para empezar no sé si lo de feria de arte no suena un poco oximorónico. Pero bueno, da igual. El caso es que lo han retirado e inmediatamente ha ido un magnate catalán y lo ha comprado por noventa y tantos mil euros. ¡Que ya es pasta! Y me pregunto: ¿es eso arte? ¿O burda provocación? ¿O la guerra por otros medios? ¿O simple y llanamente una forma tortuosa de mantener entretenida a la chusma? En fin, doctores tiene la santa secta de los exquisitos que lo tienen todo claro.
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