viernes, 2 de febrero de 2018

Cebolleteo

Cuanto más observo al ser humano más me parece que su conducta se adapta como un guante a las leyes de la física. La entropía y todo eso. Lo venía pensando el otro día mientras pedaleaba por la nava al comprobar que los coches que iban a toda mecha por lo general iban conducidos por gente joven, sobre todo mujeres. Son esos mismos jóvenes que, luego, cuando llego al bar de turno a repostar, me los encuentro a la puerta -por lo del fumeque- de cháchara. Y allí continuan cuando ya me voy. Pues bien, la ley que regula semejante comportamiento nunca falla: a menos tener que hacer, más prisa se tiene. Y así todo por la irreprimible tendencia que tienen los espacios vacíos a llenarse con lo que sea. Y no digamos ya el vacío existencial que ese es una bomba de hidrógeno siempre a punto de estallar. 

El vacío existencial, efectivamente, es una circunstancia de la vida que propicia la reacción en cadena. Tontería tras tontería hasta dar en el desideratum. Es la mecánica cuántica de la vida. Sin ella nada sería posible. Si no fuese por ese desatarse la estulticia no se concebiría el mercado que nos ilusiona con sus promesas de plenitud. Promesas infinitas que se traducen en puestos de trabajo con su inevitable correlativo, el calentamiento global... si es que eso es algo. 

A mi todo esto, ya, me la trae al pairo. Nada, por otra parte de lo que deba estar orgulloso o pesaroso. Porque no es más que un plegarse una vez más a las leyes de la física. Es la falta de apetito tras la saciedad. La confortable sensación de haberlo experimentado todo, de haber estado en todas las partes, de haber comprendido de una vez por todas que hay tanta o más agonía en algunas de las cosas que puedo hacer en casa que en escalar el Everest. 

¡Uf! No saben de la que me he librado. Sí, desde luego, más vale tarde que nunca. Porque ahora, ya, me privo de muy buenas ganas de el andar por ahí cebolleteando que, no nos engañemos, es mayormente lo que hacen los viejos que andan todo el día por ahí. Porque esto del jubileo es, en definitiva, el cese de las únicas experiencias que sirven a efectos de maduración que son las ligadas a la responsabilidad. Y sin nuevas experiencias, pues ya saben, cebolleteo al canto. Contar una y otra vez lo de aquellos maravillosos años. ¡Por Dios, qué tostón!

En fin, no sé, porque quizá el problema es que hay demasiada gente que nace jubilada y no sabe por tanto lo que es una experiencia de verdad. Y de ahí este cebolleteo que nos asola. 

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