Yo no sé a ciencia cierta cómo va la cosa, pero me imagino que la secuencia más natural sería sentir algo y a continuación reflexionar sobre lo sentido para tratar de desentrañar su verdadero significado. Así es que vemos, oímos, tocamos o saboreamos algo e inmediatamente en nuestra cabeza se produce un entrecruzar de cables que da como como resultado agrados o desagrados en diferentes intensidades, desde la casi indiferencia hasta la proximidad al delirio. A partir de ahí, elegimos: uno, la vía que les decía natural de reflexionar sobre lo sentido, pensar en definitiva, o, dos, la vía patológica de recrearse en lo sentido, el resentir que le dicen.
Porque no lo duden, resentir es una patología y de las más perniciosas respecto de eso que los franceses llaman tan acertadamente joie de vivre. Porque como es inevitable que entre nuestras sensaciones las haya desagradables, si insistimos en ellas y no somos capaces de darles salida por medio de la reflexión nos encontramos a la primera de cambio con una especie de cáncer del espíritu que nos condena al fracaso vital.
El otro día leí un artículo del mejor Félix de Azúa en el que aludía a este cáncer para veladamente diagnosticar de fascismo a las actuales ideologías que se autotildan de izquierdas. No pude estar más de acuerdo. Resentir es la esencia del vampiro. Es la ceguera ante el espejo que te impide reconocer que lo que te pasa es que eres un zote en matemáticas. Es, en definitiva, un querer vivir de la sangre de los otros sin ser consciente de ello.
No tengo ni idea de lo que la educación podrá conseguir a efectos de incitar a pensar en lo sentido. Supongo que bastante. Pero también pienso que desde la adolescencia, que es un puro resentir, hacia delante se va produciendo en las personas mentalmente sanas, que quizá no sean muchas, una natural propensión a repensar lo sentido antes de darle un significado. Y por eso será, siguiendo las teorías del mentado artículo de Azúa, que todavía exista gente con capacidad para votar a los partidos que se autodenominan de derechas. En fin, a la postre, puede que en eso vaya quedando toda la diferenciación política: resentir, no resentir; no pensar, pensar.
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