lunes, 19 de febrero de 2018

Turbación de placer


Nos íbamos acercando al pueblo después de una larga caminata por los cerros circundantes. Y ya hacía rato que se escuchaban de forma intermitente unos ladridos rabiosos. A la vuelta de la curva que descubre el caserío pude ver la causa de la algarabía. Había en una era vallada una perrita blanca en celo que mostraba sus preferencias por un perro negro tres veces mayor que ella frente a otro del mismo tamaño, de lanas y de color marrónamarillento. Así, cada vez que el negro iniciaba la operación de montaje el de lanas se ponía frenético a ladrar y en actitud de atacar. Obviamente hacía parar a los otros y entonces la perrita se ponía a resguardo detrás del negro cada vez que el de lanas intentaba husmearle el ojete. Como quizá hacía ya más de sesenta años que no veía cosa semejante, me puse a observar con la curiosidad infantil de cuando entonces por ver en qué terminaba el asunto. A los diez minutos ya me había cansado de mirar y seguí camino llevando la impresión de que aquello iba a terminar en match nulo. A estas alturas la dichosa biología ya le guarda pocas sorpresas a uno. 

La dichosa biología que tanto odian los amantes de la ingeniería social. Ellos quieren domesticarla, pero la otra no se deja. En llegando la hora de la verdad, que no es otra que la ocasión afianzadora del fornicio, todas las superestructuras mentales levantadas en Harvard o Oxford se desmoronan. Dice Calixto a Melibea:

"¡Oh angélica imagen; o preciosa perla ante quien el mundo es feo; o mi señora y mi gloria! Mora en mi persona tanta turbación de placer, que me hace no sentir todo el gozo que poseo!"

O sea, la turbación de placer hace perder el sentido. En eso estriba todo. Calixto, sin duda, se está viendo feo en el estanque y, en tal tesitura, no le queda más remedio que armar un estropicio morrocotudo si es preciso por tal de maquillarse. Porque podía haber ido a casa de Celestina a acostarse con Areusa por dos perras. Pero la cosa sexual en este caso es lo de menos. Lo demás es el prestigio que el desgraciado supone que le va a dar la posesión de lo más prohibido del mercado.  

Y la vida sigue y la espuma de los días cambia, pero lo que hay por debajo permanece incólume. Y por eso es que fracasen siempre las utopías, porque no incluyen en la ecuación que la perrita blanca prefiere al negro y el lanudo no lo soporta so pena de sucumbir. 

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