jueves, 15 de febrero de 2018

Plenitud

Tengo estos días un profe de guitarra mexicano cuya dicción recuerda una barbaridad nada más ni nada menos que a la de Octavio Paz. Pero es que, además, está formado en el Berklee College of Music de Boston, lo cual, para un músico, viene a ser como el MIT para un ingeniero. En definitiva, que nunca daremos suficientes gracias a los dioses por regalarnos esta contemporaneidad que nos permite a los pringaos acceder a las sublimes delicias de, como quien dice, el Olimpo. Porque, que nadie se engañe al respecto, la única sensación de plenitud olímpica posible cuando ya estás medianamente constituido como individuo es en esos momentos en los que tomas conciencia de algo nuevo y sofisticado por medio, siempre, del esfuerzo intelectual. Aprender, en definitiva, lo único que daría sentido a la vida en caso de que lo tuviese. De ahí que un buen profesor sea lo más aproximado que conocemos a la idea que tenemos formada de los dioses. 

Aprender, me digo, quizá sea tan placentero porque es la aportación más definitiva que podemos hacer a nuestra gran, y quizá única, tarea que es la perpetuación de la especie. Más, si cabe, que el copular, desde luego, que, por sí solo, sin ciencia que lo regule, es el arma más letal que conocemos a efectos de extinción. 

Así es que sea lo que sea, el caso es que lo hagamos con cierto esfuerzo porque, de lo contrario, difícilmente tomaremos conciencia de lo aprendido. Y es que es esa conciencia la que cierra el círculo y desata la producción de serotonina que es la droga asociada a la plenitud.  

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