domingo, 11 de febrero de 2018

Ropa vieja

Comprendo que muchas veces es prácticamente imposible llegar a dar ni por aproximación con el porqué de que pasen ciertas cosas. Y no hay que ir muy lejos, sólo hay que sincerarse con uno mismo y rápidamente darás con unas cuantas costumbres o manías que por más que te empeñes en justificar no acabarás nunca de tenerlas todas contigo de que no se deban a cierta patología mental que no controlas. A mi me pasa entre otras muchas con los perros por los que cada día que pasa tengo más aversión. Así, cada vez que salgo de casa me llevo un berrinche viendo como están todas las columnas de los soportales llenas de inmundicia. Y me digo que soy estúpido por no pasar de ello, pero no puedo. Ya ven, lo limitado que estoy. 

Y esa es la cuestión, lo limitados que somos los humanos. Así, servidor, que aunque nunca paró mucho en ningún sitio sí el tiempo necesario para darse cuenta de ciertas cosas bastante deletéreas a las que no me fue posible encontrar más justificación que la de delirio colectivo. En el País Vasco me sobró un año de residencia para desmontar la simpatía que le tenía. Sólo con observar cómo se lanzaban las masas a la hora del aperitivo sobre unos pinchos que llamaban de ropa vieja ya me di cuenta de que allí la gente era peligrosa a causa de deficiencias estructurales. Ese mal rollo con la comida es cuando menos repugnante. O quizá, mejor, animalesco. Como de escasa evolución filogenética, para ser más exactos. 

Luego, en Cataluña también noté cosas muy raras, aunque me costó más reconocerlas quizá a causa de vivir allí en una gran metrópolis donde todo se diluye. Me costó entender de que iba aquella milonga del som y serem. Esa necesidad constante de ser reconocido. De hacer una y publicitar cien. No sé, quizá una especie de complejo de inferioridad de origen telúrico. Algo, en cualquier caso que se nota que amarga la vida de aquella pobre gente que no puede vivir sin estar en un estado perpetuo de comparación con los otros.

Bueno, estuve, y estoy, en otros sitios y podría contar una y mil cosas curiosas, pero siempre intrascendentes por su carácter meramente folklórico y chisgaravís, al estilo, para que me entiendan de lo que representa Revilluca en Cantabria, de soltera Provincia de Santander. Pero lo de esas dos regiones que les he comentado no es de preocupar sino de lo siguiente. De tomárselo muy en serio y pedir ayuda a las mentes más esclarecidas del mundo mundial para que nos ayuden a dilucidar de dónde les viene a esa pobre gente ese odio visceral a ese totum revolutum que ellos hacen con Madrid, España, el Partido Popular, Franco, la conquista de América, la tauromaquia y yo qué sé qué más que se les pueda ocurrir. 

Sí, es una patología rabiosa que ya pasa de castaño oscuro. Y ya tenemos comprobado de sobra que no se alivia con cataplasmas. Sin duda necesita algo más fuerte. Como electrosocs o cosa por el estilo. En cualquier caso, como dijo el clásico, en los principios si a un mal, aunque sea leve, se descuida, fuerzas del abandono va cobrando, que el remedio después después inutilizan. Así que no hay tiempo que perder.

Por cierto que he leído que el periódico La Vanguardia, alimentador del dragón donde les hubiese durante todos estos años, ha decido contratar toda una batería de opinadores del otro lado de la barrera de odio. No sé, pero quizá sea un indicio esperanzador de que la locura empieza a revertir. 

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