Leía el otro día que estando una turista comprando algo en una tienda de Córdoba se puso a hablar con el dueño y éste la preguntó de dónde venía. Soy catalana, dijo ella. ¡Ah, Cataluña!, exclamó él, está bien aquella tierra, pero le falta clima.
Nunca he escuchado un diagnóstico más preciso para explicar la matraca. Yo ya les había adelantado algo de esto con mi particular matraca sobre el asunto, pero nunca hubiese caído en esa definición magistral. Y es que todo viene de ahí, de la falta de clima. El clima que etimológicamente viene de inclinación. La del sol para ser exactos.
Si le falta inclinación el sol te da de lleno y te torra la cabeza. Y empiezas a creerte lo que no eres y creas mal ambiente. El ambiente, otra de las acepciones de clima y quizá la más adecuada para entender la cuestión que nos ocupa.
El mal ambiente por no saber protegerse de los excesos del sol. Nada de patios. Nada de Séneca. Nada de finos y palmas. Sólo el dichoso anem per feina, caiga la que esté cayendo. Y así no hay quién al que no se le avinagre la vida.
Y esa es la cuestión, el avinagramiento que sólo puede encontrar consuelo en la maldad. Lo decía, con precisión andaluza también, Susana Díaz, que lo único que busca Puigdemont es hacer daño a España. Podía matar a su mujer, que también es típico de los avinagrados, o ir a una escuela a disparar, pero da la casualidad de que de pequeño le regalaron un enemigo de postín y ya nunca necesitó ninguno más.
En fin, el clima. O el ambiente. Eso sí que es cultura. Yo para empezar haría obligatorio para todos los alumnos catalanes un par de años en escuelas y familias de cualquier otra región de España. Que aprendiesen que no todo en esta vida tiene por qué ser hacer panes de las piedras. Que hay piedras que están muy bien como están y además dan sombra y de la fresca. Buen clima en definitiva.
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