Releyendo estos días lo que escribí hace veintitantos años, una especie de memorias, me estoy dando cuenta de todo lo que he cambiado sin haber cambiado nada. Como si hubiese sido una hoja prematuramente desgajada del árbol que ha andado de aquí para allá a donde los vientos la llevaban. Y ahora, ya arrumbada en un rincón espera paciente su transformación en compost para cerrar el ciclo de la naturaleza. Y es que lo que se dice dueño de mis actos me parece que más bien poco. Más bien como si fuese un robot defectuoso que ha conseguido sobrevivir gracias a los fastuosos servicios de mantenimiento que son la marca de la época. Cien años antes que hubiese vivido y ya me hubiera muerto cien veces.
Nada más ridículo que soñar en como hubiesen podido ser las cosas si las cosas hubiesen sido de otra manera. Fueron tal cual fueron y también fue mi seguramente distorsionada percepción de ellas la que intenté plasmar en esas memorias. Y ahora, releyéndolas, caigo en la cuenta de que la vida no ha sido más que un continuo sucederse las angustias y alegrías en función de si estabas atrapado o te habías conseguido liberar. Y por qué me digo, entonces, esa fatalidad para caer en una detrás de otra en todas las trampas. Y también para escapar, qué duda cabe. ¿Fue tiempo todo él tirado por la borda? ¿O es que acaso eso tiene importancia?
Quizá, a la postre, lo único que cuente es si aportaste algo positivo al común de los mortales. Y eso, ¡ay!, nos está vedado conocerlo. Para nuestra desgracia no hay vanidad que pueda aligerar el peso de la culpa. De recuerdos recurrentes que apesadumbran. Aunque, a D. G., también eso se va apagando con el tiempo para dejar que predomine el tenue resplandor de los rescoldos de aquellas lejanas alegrias. Es como si de fábrica viniésemos ya con un balance final positivo.
En fin, voy a ver si dejándome de mandangas consigo que la guitarra me suene un poco antes de palmarla. Es la única esperanza que me queda de que la derrota no haya sido total.
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