sábado, 3 de febrero de 2018

Lodos

Uno se mira hacia atrás y más que ira siente vergüenza y hasta ganas de trágame tierra. ¡Dios, hasta qué punto me apunté a los tópicos más absurdos! Y también más destructivos. Claro que alivia en cierta medida mi desconsuelo el convencimiento de haber recibido una educación nefasta, digase de sacristía, maniquea, acrítica, la cual, por cierto, la pongo toda ella, sin paliativos, en el haber de mis padres. Mis pobres padres de los que, supongo, el cáncer de la ignorancia lo traían en el linaje. 

Duele, sí, verse retratado en cantidad de los supuestos de la peor juventud de la actualidad. De esa que dispara a diestro y siniestro porque ve a su padre por todos los lados. Sobre todo en lo que va bien, porque eso es, precisamente, lo que le quita el sustento a su odio de sí mismo. Sí, de joven, por lo que sea, es natural que uno se odie a sí mismo y se autoengañe fabricando enemigos.  Así si algo va bien, sólo lo puede soportar si le encuentra un lado negro. La conspiranoia es la quintaesencia de la lucidez. Detrás de todo éxito hay un malvado sacrificando inocentes. 

Bueno, en mi descargo tengo que decir que nunca llegué a tanto como militar en el partido comunista. Pero sí que frecuente aquellos ambientes subnormales en los que se hacía honra del desprecio a lo propio. Señoritos que vivíamos a pedir de boca nos cagábamos en Franco y suspirábamos por todas aquellas majaderías que venían del lado donde la gente las pasaba canutas. Y menos mal que por fin cayó en nuestras manos, en las de algunos al menos, "la función del orgasmo" de Wilhelm Reich y empezamos a comprender por donde nos estaba apretando el zapato. 

En cualquier caso, qué terrible es madurar cuando apenas tienes raíces. Los clásicos, sí, para saber que vienes de un mundo de luces y sombras en el que nadie, en ninguna parte, tiene más de unas y menos de otras. Todos nos hemos construido a trompicones. Y lo de Franco, por cierto, ya va siendo hora de que se observe con perspectiva, porque, ¡madre mía!, qué necio maniqueísmo nos estamos gastando al respecto. Así, cuando el Rey, o cualquier autoridad moral, va y dice en sus discursos que todo lo que tenemos ahora se debe a estos cuarenta años de democracia lo que está haciendo en realidad es alimentar el cáncer maniqueo. Y de ahí estos lodos... 

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