Recuerdo que una vez vi una película en la que las masas ingentes de población vivían hacinadas en barrios zarrapastrosos, se alimentaban con píldoras que se fabricaban en parte con las proteínas que se extraían de los cadáveres todavía calentitos de la gente vieja que acudía a morir voluntariamente mientras escuchaba la Pastoral de Beethoven, o por el estilo, y contemplaba en una pantalla gigante paisajes fastuosos de montañas nevadas. Bueno, no es que aquello fuese para tirar cohetes, pero la realidad es que impactaba, prueba de lo cual es que, ahora, cada vez que enciendo el ordenador o el móvil lo primero que aparece es uno de esos paisajes de los que supuestamente se espera que te quiten el hipo y que por contra lo que hacen es traerme al recuerdo aquella dichosa película y con ello mi ya próximo final. Algo así como si ya me estuviesen empujando. Por cierto que en el ordenador tienen la deferencia de preguntar de vez en cuando si te gusta lo que estás viendo y yo indefectiblemente contesto que no. Entonces, lo cambian por otro que es exactamente más de lo mismo. No sé qué esperan conseguir.
Aunque, para ser exactos, sí que lo sé: quieren hacernos la vida agradable dando la impresión de que es a cambio de nada. Algo así como la cuadratura del círculo. O sea, trampa saducea. Porque detrás de eso lo que en realidad hay es propaganda de la industria turística. Sitios a los que cualquiera que no esté enfermo querría ir. Y de hecho, van. Aunque en la foto nunca salen, y no por nada, sino porque se ha corrido la especie de que la presencia humana lo afea todo. Son las típicas contradicciones que, luego, las mentes simples resuelven pensándose viajero, o sea, yo solo ante la inmensidad, frente a la chusma turística que va en masa y deja tras sí un reguero de kleenexs con los que se secaron el chipichí.
En fin, como si para ver cosas bonitas se necesitase ir al quinto coño. He vivido en mil sitios y todos te daban la oportunidad de pasear por sitios maravillosos a menos de una hora de casa. El domingo sin ir más lejos, fuimos a Dueñas, a un cuarto de hora en coche, y anduvimos por sus alrededores, campos cultivados y bosque de encinas y robles albares, e incluso nos perdimos un poco y nos pusimos nerviosos porque el sol ya declinaba. O sea, con su emoción y tal.
En resumidas cuentas, si tan apegados están al buen gusto, me pregunto por qué en vez de esa vulgaridad de montañas nevadas, que ya apestan, no nos sorprenden con, por poner un ejemplo, la belleza prístina de la fórmula de la Identidad de Euler. Al fin y cabo, como dijo Nomeacuerdoquién: Ratio et prudentia curas, non locus effusi late maris arbitrer, aufer. (Es razón y sabiduría lo que disipa nuestras penas y no los lugares desde los que se divisa la extensión de los mares.)
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