sábado, 24 de febrero de 2018

Colmillos


Al releer las memorias que escribí ya va para el cuarto de siglo, en ocasiones, cuando se trata de teorizaciones sobre la realidad circundante, no me queda más remedio que revolverme contra mí mismo por aquella bisoñez de la que hacía gala. Sí, sin duda veinticinco años dan bastante de sí a efectos de evolución a nada que uno se ponga a ello, es decir, a leer los Ensayos de Montaigne o Las Cartas Morales a Lucilio de Séneca o, más simplemente, a ir limando los colmillos hasta que su pequeñez sea tal que ya no te impiden verte con nitidez en todos los espejos que se te ponen delante.

En eso, pienso, consistió la evolución, en verme en los espejos sin desgarrarme por ello. Ya no necesito culpables para todo lo desagradable que me pasa. Sólo soy yo con mis limitaciones frente al mundo. Por así decirlo, ya me gané el derecho a reírme de mí mismo. Porque soy de traca.

Y en esas estamos, tratando de limar ahora las propias limitaciones, si es que ello es posible, por ver si así no tiramos por la borda lo que queda. ¡Ardua tarea! Condenada vida que no permite un respiro. 

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